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Robert Musil: Cuando papá aprendió a jugar al tenis (1931)

  • Foto del escritor: Buchwald
    Buchwald
  • hace 4 días
  • 11 min de lectura

Cuando papá aprendió a jugar al tenis, mamá llevaba un atuendo que le llegaba hasta los tobillos. Consistía en una falda acampanada, un cinturón y una blusa con cuello doblado y estrecho que reflejaba la mentalidad de una mujer que empezaba a liberarse de las ataduras de la época; pues también la chomba de tenis de papá tenía un cuello de esos que impiden respirar. Ambos solían llevar unas botitas de cuero marrón con una suela de goma de tres centímetros de alto; y era una cuestión controvertida si mamá debía llevar, además, un corset que le llegase hasta las axilas o si con uno más corto bastaba. En aquella época, el tenis todavía era una aventura inimaginable para esta generación actual tan sobreprotegida. Oh, esos emotivos comienzos, cuando todavía no se sabía que en las pistas continentales no crecía el césped ni cuidándolo con la diligencia de un peluquero que prueba todo tipo de remedios para intentar frenar la caída capilar de su cliente. Sin embargo, se podían lograr triunfos inesperados en aquellas pistas de césped si la pelota caía en una topera o el contrincante se tropezaba con una mata.


Por desgracia, estas románticas praderas de tenis pronto fueron reemplazadas por modernas pistas duras, lo que hizo que el deporte adquiriera mayor seriedad. Desaparecieron esas primeras figuras que, con concentración absoluta y agilidad gimnástica, lanzaban la raqueta en una volea, y, con sorprendente rapidez, se perfeccionaron los mismos golpes que se emplean hoy, excepto por algunas mínimas variaciones que se introdujeron mucho más tarde. También las destrezas del juego se desarrollaron muy pronto, solo que entonces todavía no se llamaban táctica y estrategia, probablemente porque se les tenía demasiado respeto a los tenientes y a los logros intelectuales. No obstante, aquello era demasiado modesto: uno se asombra del genio del hombre primitivo, que inventó de la nada el fuego, la rueda, la cuña o la piragua; y nosotros, queridos hijos, fuimos primi-genios de los golpes de tenis, sus padres –aunque debo reconocer que esto, a uno, le sirve de muy poco, y que solo te das cuenta en el juego de la Historia–. El espíritu de cada época produce sus propias herramientas. Ciertamente, lo que vino después de nosotros fue un gran crecimiento tanto en el nivel del juego como de los deportistas de élite, pero fuimos nosotros los que recibimos el privilegio de este siglo; justificación suficiente, creo yo, para relatar algunas de aquellas anécdotas.


Para quedarnos un momento más en el tenis, quiero decir que: hace menos de una década, todavía se podían percibir, en este deporte, ciertas huellas de su moral inicial. Pasar de otra cancha deportiva a una pista de tenis era –si uno tenía cierto ojo para la vestimenta– como pasar de una plaza iluminada y abierta a un bosque tupido de árboles altos. En el tenis, las faldas todavía llegaban hasta el gemelo y las mangas hasta las muñecas, mientras que, en otros deportes, la indumentaria ya se había reducido al tamaño de un papel carta o, incluso, al de una entrada de teatro. En lo que respecta a los caballeros, en la actualidad, ellos siguen enfundados en esos estuches blancos, y solo las damas están perdiendo algo de tela en brazos y piernas. Probablemente, la naturaleza conservadora del tenis esté relacionada con el hecho de que durante mucho tiempo fue un deporte de la “alta sociedad”, que jugaba por diversión y no consideraba la desnudez como un nuevo espíritu de época, sino como un secreto guardado en el ropero, que solo podía lucirse en contadas ocasiones, pues siempre permanecía igual. Existe otro deporte de la alta sociedad que preservó de manera similar su identidad conservadora: la esgrima, ese arte practicado por caballeros vestidos de seda negra que parece un espectáculo más propio del siglo XVIII que de la era moderna, y por eso mismo, tiene mucho menos prestigio deportivo. La esgrima era un deporte caballeresco, o sea, no era un deporte, y sigue siéndolo en parte. A pesar del elevado grado de armonía corporal que exige, no puede sino contemplar cómo ha perdido el alma de su alma en favor del boxeo y el jiu-jitsu.


Por lo tanto, han cambiado muchas cosas desde que papá aprendió a jugar al tenis, aunque estos cambios afectan más al modo de valorar los ejercicios físicos que a los ejercicios en sí. Es cierto que todavía no existía el vínculo entre la tecnología motriz y la sangre fría humana, pero las características fundamentales de los “deportes físicos” ya se habían establecido, con algunas excepciones como el golf y el hockey, que todavía no eran conocidos, y dejando de lado el perfeccionamiento técnico, que no tardaría en llegar. Los cambios estilísticos “revolucionarios” de deportes como la equitación o el atletismo ya habían acontecido en aquella época; incluso el estilo crol (introducido más adelante en la natación) se parecía más, en cuanto a técnica de brazos y respiración, a la natación de velocidad que se practicaba entonces, de lo que ésta última se parecía al pausado abuso del agua en la generación de los abuelos.


Lo que ha convertido el deporte en deporte no es, pues, el cuerpo, sino la mente. Pero antes de hablar de esta famosa mente, tengo que contar una historia que empieza muy lejos de ella, pero que rápidamente nos llevará hasta allí. Es bien sabido que Viena es la segunda ciudad de habla alemana más grande; pero, como gran parte de la población vienesa vive en Berlín –donde, como escritor, ingeniero, actor y camarero, se gana gran reconocimiento por su contribución a la idiosincrasia del norte de Alemania–, no siempre queda suficiente en casa, lo que fuera de allí no se sabe demasiado. Sin embargo, aun así, se llegó a una idea muy reveladora tanto para la historia de la cultura como para la del deporte: no solo desde hace un año se lleva adelante la construcción de un estadio olímpico, sino que también se sacrifica en su favor lo que queda del Prater. Permítanme explicar lo que significa esto. El Prater es una de las siete maravillas del mundo que un vienés expatriado enumera cuando siente nostalgia por su tierra, a saber: el agua de los Alpes, la repostería, el pollo frito, el Danubio azul, los heuriger (tabernas de los viñedos), la música y el Prater. Lo cierto es que, cuando alguien dice “Schönberg”, el vienés piensa en el distrito postal W30 o en la línea 8 del autobús urbano; en lo que respecta a la música, solo conoce a Johann Strauss o a Lehár; tampoco el Danubio es azul, sino marrón; y el agua potable de Viena tiene mucha cal. Pero en el caso del Prater el ideal y la realidad coincidían. Se trataba de un vasto parque natural situado en las inmediaciones de la gran ciudad, repleto de espléndidas praderas, arbustos y árboles; un paisaje en el que el hombre se sentía un invitado; era como un regalo, pues esta vegetación tenía al menos cien años más que la que estamos acostumbrados a ver. En definitiva, era uno de esos lugares que hoy se declararía “protegido” en cualquier parte del mundo, para que recordemos que hay algo más allá del lanzamiento de peso o de los autos, para que recordemos la sensación de pasear sin apuro, contemplar e imbuirnos de un entorno que nos evoca pensamientos que no son fáciles de describir. Parece que esto era sabido en la época de las pelucas empolvadas, porque, aunque el Prater era entonces un coto de caza imperial en el que se celebraban monterías a caballo, hay numerosa evidencia de que estas se llevaban a cabo con cierto respeto por la naturaleza. Durante el prolongado dominio de Francisco José, momento que contribuyó enormemente a nuestra manera actual de vivir y vestirnos, al menos se tenía cierto reparo por los cambios y solo se permitían esas actividades en sus márgenes, lo que aplicaba incluso al aristocrático Jockey Club y al Club de carreras de trotones. Pero, desde que tenemos el control sobre nosotros mismos –y aquí está la clave–, el Prater ha desaparecido casi por completo, lo que, por supuesto, no nos impedirá seguir hablando de él sin darnos cuenta de que ya no existe. En su lugar, hay instalaciones deportivas de todo tipo, rodeadas por vallas y molinetes de acceso. Y es exactamente como tenía que ser, porque podrían haberse encontrado espacios mucho más apropiados para esto, pero ninguno tan sofisticado, que representara un triunfo tan importante sobre la naturaleza, ninguno en el que las absurdas pretensiones atribuidas al ejercicio físico –la revitalización del hombre– se pudieran expresar de manera más ingenua, ostentosa e instintiva que en este entorno.  


No se puede luchar, entonces, contra el hecho de que hoy vivimos en una “cultura” del cuerpo. Pero ¿cómo hemos llegado a eso? Debo admitir que yo mismo he practicado mucho deporte. Ya en mi juventud, después de clases, todos los días me iba o bien al club de tenis a someterme a un duro entrenamiento o bien a recibir una paliza voluntaria de media hora por parte del maestro di scherma, y otra paliza de quince minutos por la noche; luego también estaban los asaltos de esgrima contra las figuras más destacadas del club, entre las cuales había esgrimistas muy reconocidos. He participado en torneos de esgrima y tenis, sabía hacer la vertical y saltos mortales tanto dentro como fuera del agua y, en numerosas ocasiones, he estado a punto de ahogarme practicando natación, remo y vela. Creo que son ejemplos suficientes para poder decir que el espíritu de la época entró conforme en mí. Pero si me pregunto qué me aportaba todo eso, no puedo responder así nomás. Fundamentalmente creo que era una fuerza ciega la que realmente me empujaba, como si no pudiera resistirme una vez que conocía la actividad; aunque es probable que también ejerciera cierta influencia sobre mí aquella vanidad inexperta de la juventud que hace que uno no solo halle placer en un cuerpo sano, sino una sensación de prodigio, porque ese saco mágico alberga todavía todos los éxitos del mundo, sin que ninguna decepción los haya empañado todavía. Tampoco hay que olvidar la fascinación inherente a todo proceso de aprendizaje una vez que nos entregamos a él. Si ya hemos sacrificado cien horas de sudor, estaremos dispuestos a sacrificar ciento y una, y, de ese modo, reseteamos el contador: es la manera que tiene nuestro cuerpo de engañarnos para que sigamos entrenando.


Aparte de estas ilusiones, no se puede negar que la práctica deportiva presenta algunos estímulos intelectuales reales, que previenen de que se convierta en una simple neurosis. No me quiero extender mucho, ya que se trata de un tema que se saca a relucir bastante: el deporte nos confiere destrezas como el valor, la resistencia, la calma o la seguridad que, aunque no son aplicables a todas las circunstancias de la vida, es inevitable adquirirlas; de la misma manera que el equilibrista adquiere el equilibrio sobre una cuerda tendida a un metro de altura. Aprendemos a concentrarnos y a diversificar nuestra atención, como alguien que supervisa varias ruecas a la vez. Aprendemos a escuchar a nuestro cuerpo, a interpretar los tiempos de reacción, las inervaciones, el crecimiento y los movimientos descoordinados. Aprendemos a observar y analizar lo que ocurre a nuestro alrededor, y a establecer con rapidez conexiones mentales, como lo hace –aunque a otro nivel– un malabarista. Aprendemos a identificar las pequeñas fallas que anuncian el cansancio. Aprendemos a convivir con esa peculiar sensación de estar a caballo entre el exceso y la falta de dedicación, ambos igualmente nocivos; entre la influencia generalmente adversa de las emociones sobre el rendimiento y la naturaleza casi milagrosa de los ejercicios especialmente bien ejecutados, en los que el éxito parece haber llegado antes, incluso, que el esfuerzo. Y aunque todo esto se puede aprender también en otra parte, por ejemplo, recogiendo papas, el deporte nos lo enseña de una manera bastante asequible y atractiva. A esto hay que sumar el incentivo que proporciona la competencia, la astucia, el enfrentamiento entre los contrincantes, la intimidación y la certeza de la victoria; y muchas otras cosas que en el deporte se denominan pomposamente: táctica y estrategia.


¡Qué detallada sería (aunque podría hacerse) la explicación del milagro por el cual se predice, durante la carrera de aproximación, con qué pie se va a hacer la batida! Nuestra esencia más íntima resplandece desde las tinieblas de nuestro cuerpo cuando hacemos deporte, y no solo estas tinieblas resplandecen; aunque me gustaría saber cuántos deportistas reflexionan sobre esto hoy en día. ¡No tienen ninguna necesidad! Ya hablé del triunfo del deporte sobre la naturaleza, y del mismo suceso ahora infiero también su triunfo sobre el arte, suponiendo qué ocurrirá si el último árbol que queda en pie en el Prater se hace miembro del club deportivo; pues las asociaciones de artistas ya han hecho la notable propuesta de talar estos miembros que no hacen más que vegetar, y reemplazarlos, al menos por ahora en el estadio, por un “monumento de los árboles”. “Planificación artística” lo llaman, y argumentan diciendo que el arte no debe ser, en este caso, solo de exposición, sino tener un fin superior: la creación de la vida. Me reservo mi opinión al respecto. El mundo del arte está en grave peligro, lo que puede justificar muchas cosas; pero no menos grave es nuestra incapacidad para dar forma a un acto que podamos reconocer como expresión de nosotros mismos. Por ello, llevamos una generación modelando en vano la figura humana con rodillos y martillos a vapor. Y si el arte, que nos debe conferir un cuerpo, no encuentra nada más bello ni profundo que los cuerpos de los profesionales atléticos –o de los atletas en general–, hablamos, sin duda, de un triunfo importante del deporte sobre el intelecto.


Seguro que esto jamás lo habría pensado en aquellos tiempos en los que me dedicaba ingenuamente a exigirle a mi cuerpo. De hecho, a la mente no la exigía en absoluto, con el objetivo de estar mentalmente fresco para el día siguiente. Cuando boxeaba, casi no pensaba en nada, y si me comportaba como un animal, era porque exactamente así me quería comportar. Incluso hoy sigo pensando que es muy sano desconectar la cabeza, siempre y cuando haya cabeza. ¡Aunque en otras circunstancias, a la larga, puede ser una práctica bastante peligrosa! Pero de qué sirve seguir hablando de la mente del deportista cuando el secreto reside en que el espíritu deportivo no se ha desarrollado a través de la práctica, ¡sino de la observación! Durante años, los ingleses se han dedicado a romperse mutuamente los huesos a puño limpio ante un reducido círculo de aficionados, pero esta práctica no se consideró un deporte hasta la invención del guante de boxeo, que permitió prolongar este espectáculo hasta quince asaltos y, con eso, comercializarlo. Los corredores de velocidad y de resistencia, los saltadores y los jinetes han existido durante siglos, pero no se los podía considerar más que “estafadores” porque su público no estaba “estructurado” deportivamente. Veintidós hombres luchan por alcanzar una pelota con la mesura propia de alguien que se toma muy en serio su profesión; mientras un par de miles, de los cuales la mayoría jamás ha tocado un objeto de este tipo, externaliza el fervor que los jugadores no muestran. Así nace el espíritu deportivo. Nace de una abundante producción de periodismo deportivo, de las instituciones, escuelitas e institutos superiores de deporte y de investigación detallada; nace como consecuencia de la existencia de ministros de deportes y del prestigio que han adquirido los deportistas –condecorados, incluso, con la Legión de Honor y, a veces, con titulares en medios de prensa–; nacen del hecho irrefutable de que ninguno, o muy pocos, de los involucrados en el mundo del deporte lo practican, y, en ocasiones, hasta lo detestan. A menos que obtengamos algún beneficio de algo, terminamos cediendo ante él. Se siente una especie de vacío en el que el deporte se precipita. En realidad, no sabemos muy bien qué es exactamente lo que se está precipitando, pero como todo el mundo habla de eso, algo debe ser: así es como siempre se impone aquello que consideramos un valor sagrado.


Qué injusto es que todavía no se haya incluido en esta cultura a los malabaristas o, en general, a todos los artistas circenses y de espectáculos de variedades; y, sobre todo, ¡¿qué problema moral albergará la era deportiva venidera en lo que respecta a la unión entre el espíritu lucrativo y la destreza física de los carteristas?!



Traducción de Isabel Hoffmann

 

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