Rainer Maria Rilke: Elegías de Duino, Cuarta elegía
- Buchwald

- 27 jun
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¡Oh, árboles de la vida, ¿cuándo, invernales?!
No estamos de acuerdo. No estamos sincronizados
como las aves migratorias. Vencidos y atrasados,
nos lanzamos de golpe a los vientos
y caemos en un estanque indiferente.
Florecer y marchitarse nos es a la vez.
Y en algún lugar aún caminan los leones y no conocen,
mientras son magníficos, impotencia alguna.
Pero nosotros, cuando pensamos en una sola cosa,
ya sentimos el despliegue de la otra. La enemistad
nos es lo más cercano. ¿Acaso los amantes
no avanzan siempre hacia los límites, el uno en el otro,
ellos, que se prometieron vastedad, caza y hogar?
Allí, para el dibujo de un solo instante,
se prepara con esfuerzo un fondo de contraste,
para que podamos verlo; nos lo dejan
muy en claro. No conocemos el contorno
del sentir, sino solo aquello que lo forma desde fuera.
¿Quién no se sentó angustiado ante el telón de su corazón?
Cuando se levantó: la escenografía era la despedida.
Fácil de comprender. El jardín conocido
y que se tambaleaba suave: recién entonces llegó el bailarín.
Él no. Basta. Y aunque finja ligereza,
está disfrazado y se convierte en burgués
y entra a su casa pasando por la cocina.
No quiero estas máscaras medio llenas,
prefiero la marioneta. Ella está llena. Quiero
soportar el relleno y el alambre y su
rostro hecho de apariencia. Aquí. Estoy delante.
Aunque se apaguen las luces, aunque se me
diga: “Nada más”, aunque desde el escenario
venga el vacío con una gris corriente de aire,
aunque de mis silenciosos antepasados ya ninguno
esté sentado a mi lado, ninguna mujer, ni siquiera
el niño con su ojo marrón, bizco:
yo me quedo, a pesar de todo. Siempre habrá algo para mirar.
¿No tengo razón? Vos, a quien la vida te supo
tan amarga por mi culpa, probando la mía, padre,
la primera y turbia infusión de mi deber,
probando una y otra vez, mientras yo crecía,
y, ocupado con el resabio de un futuro tan extraño,
examinabas mi mirada empañada,
padre mío, vos que, desde tu muerte, a menudo
tenés miedo dentro mío, en mi propia esperanza
y abandonás la serenidad, esa que tienen los muertos, reinos
de serenidad, por mi pequeña porción de destino,
¿no tengo razón? Y ustedes, ¿no tengo razón?,
que me amaron por el inicio breve
de mi amor hacia ustedes, del que siempre me apartaba
porque el espacio en su rostro,
mientras yo lo amaba, se transformaba en espacio cósmico
en el que ustedes ya no estaban... Si me dan ganas
de esperar ante el teatro de marionetas, no,
de mirar tan fijamente que, para compensar mi mirada
al final, deba irrumpir allí como actor,
un ángel que tire del fuelle.
Ángel y marioneta: por fin hay espectáculo.
Así es como se une lo que nosotros continuamente
dividimos, por el solo hecho de existir. Así es como surge
por fin, de nuestras estaciones, el ciclo
de todo el devenir. Por encima de nosotros
así es como actúa el ángel. Mirá, los moribundos,
¿no deberían sospechar cuán lleno de pretextos
está todo lo que hacemos aquí? Todo
es algo que no es ello mismo. ¡Oh, horas de la infancia!
cuando, detrás de las figuras, había algo más que el
simple pasado y no estaba el futuro ante nosotros.
Crecíamos, es cierto, y a veces nos urgía
ser adultos, en parte por amor a quienes
no tenían más que eso, el ser adultos.
Y, sin embargo, en nuestro andar solitario,
estábamos contentos con lo duradero y permanecíamos allí,
en el espacio intermedio entre mundo y juguete,
en un lugar que desde el principio
había sido fundado para un puro acontecer.
¿Quién muestra a un niño tal como es? ¿Quién lo coloca
en las estrellas y pone en su mano la medida
de la distancia? ¿Quién hace la muerte del niño
a partir de pan gris, que se endurece, o la deja
dentro de la boca redonda como el corazón
de una hermosa manzana?... Los asesinos son
fáciles de comprender. Pero esto: contener la muerte,
toda la muerte, incluso antes de la vida,
de manera tan delicada y sin resentimiento,
es indescriptible.
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