Arthur Schnitzler: La corbata verde
- Buchwald

- 23 may
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Un joven caballero llamado Cleofás vivía retirado, cerca de la ciudad. Una mañana, lo invadió el deseo de socializar. Entonces, como ya estaba acostumbrado, se vistió como corresponde, se puso una corbata verde nueva y se dirigió al parque. La gente lo saludó con cortesía, opinaron que la corbata verde le hacía resaltar el rostro y, durante varios días, hablaron de la corbata verde del señor Cleofás con gran reconocimiento. Algunos intentaron imitarlo y se pusieron corbatas verdes como la suya –aunque, claro, eran de una tela más ordinaria y estaban anudadas sin ninguna gracia.
Poco después, el señor Cleofás volvió a dar un paseo por el parque con un traje nuevo, pero con la misma corbata verde. Algunas personas sacudieron la cabeza con aire incrédulo y dijeron: “Otra vez la corbata verde... ¿Será que no tiene otra?” Los más ansiosos exclamaban: “¡Nos va a volver locos con su corbata verde!”.
Cuando el señor Cleofás volvió a mezclarse entre la gente, tenía puesta una corbata azul. Algunos vociferaban: “¿Pero quién se cree que es? Aparece de la nada con una corbata azul”. Los más ansiosos, sin embargo, clamaron con fuerza: “¡Estamos acostumbrados a verlo con una corbata verde! ¡No tenemos porqué aguantar que hoy aparezca con una azul!”. Claro, unos pocos, los más punzantes, dijeron: “A nosotros no nos va a convencer de que esa corbata es azul. El señor Cleofás lleva puesta una corbata y, por lo tanto, es verde”.
La vez siguiente, el señor Cleofás apareció vestido como corresponde, como acostumbraba: llevaba una corbata de un violeta hermoso. Cuando lo vieron venir de lejos, la gente exclamó con sorna: “¡Ahí viene el señor de la corbata verde!”.
Un grupo de personas, cuyos medios no les permitían otra cosa que enrollarse hilo de embalaje al cuello, declaraba que el hilo de embalaje era lo más elegante y distinguido, y odiaban a todos los que llevaban corbata, especialmente al señor Cleofás, que siempre iba vestido como corresponde y llevaba corbatas más bonitas y mejor anudadas que cualquier otro. Una vez, el más ruidoso de entre esa gente, al ver venir al señor Cleofás, gritó por el camino: “¡Los caballeros de corbata verde son unos impúdicos!”. El señor Cleofás no le hizo caso y siguió su camino.
Cuando el señor Cleofás volvió a pasear por el parque, el caballero ruidoso del hilo de embalaje en el cuello gritó: “¡Los caballeros de corbata verde son unos ladrones!”. Y muchos gritaron con él. Cleofás se encogió de hombros y pensó que la situación de los caballeros que ahora llevaban corbatas verdes debía de ser ya extrema. Cuando volvió por tercera vez, toda la multitud, encabezada por el caballero ruidoso del hilo de embalaje, gritó: “¡Los caballeros de corbata verde son unos asesinos!”. En ese momento, Cleofás se dio cuenta de que muchos ojos estaban puestos sobre él. Recordó que él también, a menudo, vestía corbatas verdes, se acercó al tipo del hilo de embalaje y le preguntó: “¿A quién se refiere usted exactamente? ¿Me está incluyendo a mí?”. Le respondió: “Pero, señor Cleofás, ¿cómo puede pensar eso...? ¡Si ni siquiera lleva puesta una corbata verde!”. Y le estrechó la mano asegurándole su más alta estima.
Cleofás lo saludó y se marchó. Pero cuando se hallaba a una distancia prudencial, el hombre del hilo de embalaje aplaudió con fuerza y gritó: “¿Vieron cómo se sintió aludido? ¡¿Quién puede dudar ahora de que Cleofás es un impúdico, un ladrón y un asesino?!”.
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