Walter Benjamin: SueƱos
- Buchwald
- 15 ago 2023
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DESAYUNADOR
Una tradición popular desaconseja contar los sueƱos en ayunas. Efectivamente, quien despierta sigue bajo la influencia del sueƱo. Lavarse la cara trae a la luz solo la superficie del cuerpo y sus funciones motoras visibles; mientras que en las capas mĆ”s profundas, tambiĆ©n durante el aseo matinal, el crepĆŗsculo gris del sueƱo persiste, incluso se afianza en las primeras horas solitarias de vigilia. Quien rehĆŗye al contacto con el dĆa, ya sea por miedo a los hombres o por retiro espiritual, no querrĆ” comer y rechazarĆ” su desayuno. AsĆ evita la ruptura entre el mundo de la noche y el del dĆa. Una precaución que solo se justifica si un intenso trabajo, cuando no una oración, amenaza con consumir al sueƱo; de otra manera llevarĆa a una confusión de ritmos vitales. En este estado, la narración de los sueƱos es funesta porque parte del ser humano permanece conjurada con el mundo onĆrico, y al traicionarlo con sus palabras, tendrĆ” que esperar su venganza. Dicho de otra manera: se traiciona a sĆ mismo. Uno ha perdido la protección de la ingenuidad onĆrica y, al tocar sin autoridad su sueƱo, queda expuesto. Pues solo desde otra orilla, a plena luz, desde la distancia de la memoria, es permitido hablar del sueƱo. Este otro lado de lo onĆrico solo se puede alcanzar por medio de una purificación anĆ”loga a lavarse por las maƱanas pero, sin embargo, completamente diferente: la que pasa por el estómago. Quien ayuna narra sus sueƱos como si lo hiciera desde el sueƱo.
VestĆbulo
Visita a la casa de Goethe. No recuerdo haber visto cuartos en el sueño. Era una sucesión de pasillos revocados como en la escuela. Dos visitantes inglesas, ya mayores, y un custodio me acompañan. El custodio nos pide que firmemos el libro de visitas que estaba abierto sobre el alféizar de una ventana, en el extremo mÔs alejado de uno de los pasillos. Cuando me acerco y comienzo a pasar las pÔginas, encuentro mi firma ya registrada con una letra infantil, grande y desprolija.
Comedor
En un sueƱo me vi en el estudio de Goethe. No tenĆa ningĆŗn parecido con el de Weimar. Era sobre todo chico y solo tenĆa una ventana. El escritorio estaba apoyado de un lado sobre la pared de enfrente a la ventana. El poeta, ya muy anciano, escribĆa en Ć©l. Yo estaba de costado contra la pared cuando se interrumpió y me regaló un pequeƱo jarrón, una vasija griega. Lo hice girar entre mis manos. En la habitación hacĆa muchĆsimo calor. Goethe se levantó y me acompañó al cuarto contiguo, en donde se habĆa preparado una mesa larga para mi familia. Pero parecĆa estar calculada para muchas mĆ”s personas de las que eran. Probablemente tambiĆ©n habĆa lugar para mis antepasados. Me sentĆ© junto a Goethe en la cabecera derecha. Terminada la cena, Ć©l se levantó con dificultad, y con un gesto le pedĆ que se apoyara en mĆ. Cuando le toquĆ© el codo comencĆ© a llorar de emoción.
OBRAS SUBTERRĆNEAS
En un sueƱo vi un terreno vacĆo. Era la plaza del mercado de Weimar. Se estaban haciendo excavaciones arqueológicas. Yo tambiĆ©n escarbaba un poco en la arena. Entonces apareció la punta de una iglesia. ContentĆsimo pensĆ©: un santuario mexicano de la Ć©poca del preanimismo, de Anaquivitzli. Me despertĆ© riendo. (Ana = į¼Ī½Ī¬ [arriba]; qui= wie [como]; witz [chiste] = iglesia mexicana [Ā”!]).
Cielo. En un sueƱo salĆa de una casa y miraba el cielo nocturno. Emanaba un intenso resplandor. Estrellado como estaba, las imĆ”genes de las constelaciones estaban materialmente presentes. Un león, una virgen, una balanza y muchas otras. Un apretado grupo de estrellas miraba fijamente la tierra. En ningĆŗn lado estaba la luna.