top of page

Rudolf Steiner: La cuestión de la tierra desde el punto de vista de la triformación

  • Foto del escritor: Buchwald
    Buchwald
  • 28 mar
  • 29 Min. de lectura

Stuttgart, 16 de junio de 1920


Rudolf Steiner: ¡Mis muy estimados y estimadas presentes! Hoy quisiera hablar sobre la triformación del organismo social de modo que, a través de los puntos de vista que abordaré, se pueda arrojar algo de luz sobre lo que se ha denominado recientemente la cuestión de la tierra a partir de hechos económicos. Si es que queremos avanzar de manera fructífera, desde la idea de la triformación, es necesario que comprendamos que ciertas discusiones e inquietudes anticuadas deben terminarse. Es que justamente esas discusiones y ajetreos se desplegaron a partir de las condiciones que nos condujeron al declive.


La cuestión de la tierra es algo que les interesa a muchos sectores, porque el precio, así como la posibilidad de adquisición y aprovechamiento del suelo, están estrechamente ligados al destino humano y a sus condiciones de vida. No es menos cierto que el valor del suelo se refleja inevitablemente en lo que uno debe pagar por su vivienda y en los precios de los alimentos; esto es algo que cada individuo percibe de forma inmediata. Basta reflexionar un poco para encontrar que lo que emana del suelo tiene, en términos económicos, efectos sobre todas las demás relaciones. Dependiendo del precio de la tierra que determine el costo de sus alimentos, deberá ser remunerado el individuo en la profesión en la que se encuentre y así sucesivamente. Pero no solo estas cuestiones vitales que afectan directamente al ser humano dependen de su relación con el suelo, sino también muchas otras condiciones culturales y civilizatorias de mayor alcance.


Solo tenemos que pensar en cómo la relación entre el campo y la ciudad depende del suelo; cómo la dificultad o facilidad de las condiciones de vida en las ciudades está ligada a las circunstancias del campo. De estas últimas surgirá, a su vez, lo que puede desarrollarse en la ciudad misma. Según cómo resulten las condiciones de riqueza o prosperidad en una ciudad debido a una determinada relación del campo circundante con ella, se desarrollará preferentemente en la ciudad aquello que llamamos nuestra vida espiritual pública –al menos bajo nuestras condiciones culturales modernas–. Claro que uno puede convertirse en un místico solitario en el campo; pero solo se puede participar en el contexto general del funcionamiento de la ciencia, la técnica y el arte modernos, básicamente si existe alguna relación con la vida urbana. Esto es algo que se desprende inmediatamente de una observación, aunque sea superficial, de la vida. Y se podrían citar muchas otras cosas que mostrarían cómo la cuestión de la tierra –y con ella la de la relación entre la ciudad y el campo– incide profundamente en todas nuestras condiciones culturales. Por lo tanto, la cuestión de la tierra también debe estar relacionada de alguna manera con aquello que ha empujado al declive de estas condiciones culturales.


Ahora bien, el tratamiento moderno de la cuestión de la tierra está relacionado, en particular, con el hecho de que un gran número de personas advierten la injusticia de los aumentos de valor o de precio del suelo. Simplemente se observó cuán poco tiene que ver con el trabajo humano el que una u otra parcela de tierra pueda aumentar su valor en un período determinado. Sé cuán gran impresión causó siempre un muy conocido reformador agrario cuando presentaba ante su público, en conferencias fundamentales, lo siguiente: Imaginen que alguien posee una parcela que compró considerando que cerca de allí se construirá una fábrica o que la ciudad se extenderá hacia ese terreno o que por allí pasará un ferrocarril. Compró esa parcela previendo que, debido a tales circunstancias, su valor aumentaría considerablemente en los próximos años. Compró el terreno justo en el momento en que debía prever que pasaría los siguientes tres años en la cárcel. Tras comprar la propiedad, ingresa en prisión, permanece allí tres años y, cuando sale, su parcela vale cinco veces más que antes. El hombre no ha contribuido en nada al aumento del precio de su propiedad, salvo por el hecho de haber estado sentado tres años en la cárcel.


Estos son hechos, mi muy estimado público, que lógicamente tienen un impacto extraordinario cuando se quiere ilustrar algo. Y ni siquiera se puede decir que estos hechos impactan injustamente. Aquí actúa algo que, con toda razón, resulta convincente porque perfectamente puede ser así. Y entonces –se pueden pasar por alto algunas cosas, diría yo– de esa información se desprende que, por supuesto, toda la forma de integrar el valor del suelo en nuestro proceso económico es algo que no puede seguir así y que debe ser objeto de alguna reforma.


Y por eso han surgido las más diversas reformas, pero todas apuntando en una misma dirección: Henry George, Adolf Damaschke y muchos otros. En todas las reformas que se han puesto en marcha, todo se reduce a que el suelo debe ser, más o menos –la forma no importa tanto–, algo que pertenezca en cierto modo a la comunidad. No es que todos los reformadores agrarios quieran una nacionalización inmediata del suelo, pero quieren que de los aumentos de valor especialmente fuertes se entregue a la comunidad un porcentaje considerable como “impuesto sobre el incremento de valor”; un porcentaje, tal vez, que reduzca el suelo casi a su valor anterior si este ha aumentado sin mérito del propietario. También se pueden imaginar otras formas bajo las cuales el suelo sea transferido, por así decirlo, a una especie de propiedad común. Pero es, sin duda, evidente que aquel que ha dañado a sus semejantes de tal modo que se sintieron obligados a encerrarlo en prisión, pueda ser justamente obligado, al regresar tres años después, a entregar a la comunidad aquello que ha aumentado de valor en su suelo.


Ahora bien, estimados, Damaschke subraya precisamente que no piensa en absoluto en extender el mismo destino que prevé para el suelo a cualquier otro medio de producción. Él demuestra cómo los otros medios de producción aumentan su valor de una manera totalmente distinta dentro de la propiedad humana; expone que los aumentos de valor de los medios de producción ocurren en una proporción completamente diferente, que no puede compararse con los aumentos de valor que a menudo se producen en el suelo. Podemos decir que es convincente y que, en cierto sentido, no se puede hacer otra cosa que estar de acuerdo.

Pero, mis muy estimados y estimadas, ustedes habrán visto que hoy existen nacionalizaciones; es decir, la transferencia, a la administración de una comunidad, de aquello que se produce de forma puramente privada y por lo cual se recibe una contraprestación privada. Sin embargo, no se puede decir que la experiencia que hemos tenido en semejantes asuntos en los últimos años sea del todo satisfactoria. Creo –al menos algunos de ustedes habrán notado algo al respecto– que no a todos les fue tan bien como debería haberles ido según el espíritu del racionamiento, es decir, de la comunización, por ejemplo, de los alimentos y de otras cosas. Seguramente muchos han experimentado lo que es el “acaparamiento” en estos años en que tantas cosas estaban colectivizadas.


Y el impulso social que debe darse con la triformación no tiene, en absoluto, la voluntad de engañarse a sí mismo ni de engañar a los demás, sino de dar sugerencias que no se queden simplemente en el papel y sirvan a cierto tipo de personas, mientras que otras están en posición de eludir dichas normas y, además, de eludirlas demasiado. El impulso que debe darse a través de la triformación del organismo social debe ser un impulso de realidad que efectivamente lleve a cabo lo que se propone. Quien conoce la vida –y en realidad, sólo quien conoce la vida– puede comprender realmente lo que el impulso de la triformación busca. Quien se esfuerza por comprender la vida y quien realmente la comprende, no tendrá ninguna duda de que también habrá un acaparamiento de los incrementos del valor del suelo si este se colectiviza de la manera en que pretenden los reformadores agrarios que piensan basándose en ideas caducas. Es perfectamente posible, tanto en el sistema estatal de Lenin como en el de Damaschke, invalidar a través de todo tipo de puertas traseras aquello que entra en el mundo como ley. El impulso de la triformación del organismo social, precisamente porque busca algo real, no puede cerrarse al conocimiento fundamental de que la realidad social no puede ser creada por leyes que surgen cuando se da continuidad a los viejos modos de pensar y representaciones sociales y estatales. Lo que importa son las personas y esa organización social, ese organismo social, que es el único que logra que las personas no encuentren ningún medio para eludir, de manera injusta o inmoral, nada de lo que reside en el espíritu de dicho organismo social; al menos, debemos acercarnos lo más posible a esa exigencia de vida.


Podemos ver lo que llamamos “triformación del organismo social” desde los más diversos puntos de vista. Se puede argumentar lo que expuse inicialmente en los Puntos centrales, por así decirlo, para dar un primer impulso. También podemos caracterizar la necesidad de la triformación desde otros ángulos, como lo hemos hecho algunos otros y yo, aquí en Stuttgart, desde hace más de un año. Se pueden, por ejemplo, aplicar los siguientes puntos de vista: en todo el curso del desarrollo humano moderno, hemos llegado al punto de no poder soportar más ciertas instituciones simplemente por nuestra forma actual de pensar y de exigir otras instituciones, debido a todo nuestro estado anímico humano. El hecho de que tengamos tal caos en el mundo surge porque los individuos del presente ya no pueden soportar más ciertas condiciones resultantes del desarrollo humano de los últimos siglos. Uno lo presiente: estas condiciones ya no se aguantan; escucha hablar a Damaschke y oye que muchísimas injusticias dependen de que un preso pueda quintuplicar su propiedad inmobiliaria en tres años sin mérito alguno. A otro se le presentan las teorías marxistas y las acepta. A un tercero se le dice: si no protegemos las antiguas instituciones y el viejo “junkerismo”, el mundo entero caerá en el caos, por lo tanto debemos protegerlo.


En el fondo, las razones por las que la gente está insatisfecha con las condiciones actuales residen simplemente en lo profundo de la esencia humana. Hoy es así: lo que se desarrolla como programas son, en el fondo, solo sueños, ilusiones que los hombres se crean. No llegan a percibir lo que realmente quieren. Y así, uno elabora, a partir de algún hábito de vida anterior, alguna teoría en el campo social que considera lógica. Básicamente, hoy en día, solo depende de si uno vive en el proletariado o si nació en una casa de junkers prusianos el que sea marxista por sus viejos hábitos de vida o conservador en el sentido de los señores von Heydebrand y de Lasa. Estos programas que se hacen desde la izquierda y desde la derecha ya no tienen nada que ver con la realidad de hoy. Y podemos decir que si hoy ocurre algo como una elección al Reichstag, lo que se dice en esa ocasión es más o menos como si un mal demonio del mundo estuviera soñando y esos sueños pasaran a la conciencia de las personas, de los miembros y líderes del partido, y la gente conversara sobre algo que, en el fondo, no tiene nada que ver con lo que debe suceder. Porque hoy la humanidad tiende hacia una meta muy determinada, el problema es que no tiene claridad sobre esa meta.


En primer lugar, la humanidad siente que, en asuntos espirituales, en el orden actual de los asuntos espirituales, las cosas no pueden seguir como hasta ahora. Simplemente porque, a pesar de todo el materialismo –que está presente exactamente cómo expliqué ayer en la conferencia pública–, existe una espiritualidad filtrada en las abstracciones a las que se entregan las personas hoy, por ejemplo, el proletariado más que nadie. A pesar de que parecen partir más que nadie de las “realidades”, de las “relaciones de producción” y cosas por el estilo, se entregan a abstracciones espirituales y así jamás podrán llegar a instituciones que capten la realidad. Las personas sienten que deben aferrarse a algo espiritual y que lo espiritual también debe intervenir en la vida social para formar la estructura del organismo social, el cual es vivificado por ellas mismas. En el fondo, ¿qué ha conformado hasta nuestros días la estructura de nuestro organismo social? ¿El espíritu? No, creo que no es el espíritu. Si yo, por ejemplo, heredo una gran finca de mi padre, eso es algo muy distinto al espíritu; es una conexión natural, es la sangre. Y la sangre es lo que, junto con todo tipo de otras relaciones que se han vinculado a ella, puede colocar todavía hoy a una persona en una posición determinada. De esa posición depende, a su vez, cómo se sitúa en la vida espiritual. Puede asimilar ciertos contenidos educativos simplemente por el hecho de estar colocado en una posición social determinada debido a antiguas relaciones que provienen, en gran parte, de los lazos de sangre. Frente a la vida espiritual, la humanidad siente esto como algo que ya no puede ser soportado. Instintivamente, en lugar de que, como antes, todo sea determinado por la sangre, siente que, en las instituciones sociales del futuro, debe tener voz el espíritu.


No en vano la Iglesia, para ser compañera de aquello que se desarrolló en el pasado y que hoy ya no puede ser tolerado, se sometió a aquel decreto del octavo Concilio Ecuménico del año 869 en Constantinopla, donde en cierto modo se abolió el espíritu; donde se determinó que el alma humana tiene propiedades espirituales individuales, pero que el hombre consta solo de cuerpo y alma, no de cuerpo, alma y espíritu. Bajo aquello que se extendió como cosmovisión sobre el mundo civilizado –porque se retuvieron las exigencias del espíritu–, pudo desarrollarse en todo el funcionamiento de la vida espiritual lo que no está determinado por el espíritu.


Y hoy el ser humano desea, desde lo más profundo de su interior, que el espíritu tenga voz en la determinación de la estructura social. Pero eso solo puede ocurrir si la vida espiritual deja de ser un apéndice del Estado surgido de antiguas conquistas de sangre, y si, en cambio, la vida espiritual se sostiene sobre sí misma, actuando únicamente según los impulsos que residen en ella. Sólo entonces se podrá dar por sentado que las personas que dirigen esta vida espiritual cumplirán con lo que les corresponde –enseguida hablaremos de otras funciones que les competen; en los Puntos centrales se mencionan muchas de ellas–, a saber: guiar a los seres humanos hacia la estructura social basándose en el reconocimiento de sus talentos, su laboriosidad, etc.; que lo harán realmente sin leyes, a través del conocimiento de las relaciones naturales. Y habrá que decir que, en el ámbito de la vida espiritual, se sostendrá por sí misma y actuará desde sus propios impulsos; el conocimiento de lo fáctico será lo que actúe de forma determinante. Digámoslo brevemente: la vida espiritual, la parte espiritual del organismo social, exige como su derecho el conocimiento [de las fuerzas reales], pero un conocimiento que es, en sí mismo, fuerza de acción.


Pasemos ahora al segundo miembro del organismo social: el miembro jurídico o estatal. Aquí entramos en algo que, en cierto modo, no está tan sujeto a lo supramundano como la vida espiritual. Mi muy estimado público, hasta en sus relaciones más concretas, todo nuestro organismo social, en la medida en que lo espiritual actúa en él, está ligado a lo que aparece con cada nueva generación; sí, a lo que con cada nuevo ser humano introduce nuevas fuerzas desde profundidades indeterminadas en el organismo social. Tomen el momento presente. ¿Acaso pueden ustedes –si son honestos con la humanidad– establecer, a partir de las circunstancias actuales, alguna organización que determine de una manera fija la convivencia de las personas? ¡No, no pueden hacerlo! Porque con cada ser humano nacen nuevas fuerzas de profundidades desconocidas. Estas son las fuerzas que tenemos que educar, y debemos esperar a ver qué aportan a la vida. No debemos tiranizar, a través de las disposiciones espirituales mediante leyes u organizaciones ya existentes, aquello que se aporta a la vida; debemos recibir con imparcialidad lo que se nos entrega desde los mundos espirituales, no podemos tiranizar ni dogmatizar lo que ya está allí. Por lo tanto, necesitamos un miembro del organismo social que actúe totalmente desde la libertad, desde la libertad de las disposiciones humanas que nacen constantemente renovadas en la humanidad.


El segundo miembro del organismo social, la vida jurídico-estatal, ya es algo menos dependiente de lo que llega de los mundos espirituales. Pues, como sabemos, en el ámbito de la vida jurídica y estatal actúan los seres humanos que han alcanzado la mayoría de edad. Y, mis muy estimados presentes, cuando llegamos a la mayoría de edad, ya nos ha alcanzado, en gran medida, la mediocridad. Ahí, por así decirlo, el nivelamiento del filisteísmo nos ha golpeado en la nuca. Y en la medida en que todos somos iguales como personas mayores de edad, estamos ya –y esto no lo digo en absoluto con mala intención–, en cierto sentido, un poco dentro de las anteojeras de lo filisteo. Estamos en aquello que se puede regular mediante leyes.


Pero ustedes dirán: “Sí, pero no podemos hacer que toda la vida espiritual dependa de los niños; la disposición espiritual, la capacidad y la laboriosidad espiritual deben ir más allá de la mayoría de edad”. En el fondo no, por paradójico que suene, porque nuestras capacidades que exceden la medida promedio cuando pasamos de los veinte años se basan, precisamente, en que hemos conservado –esto nos lo muestra la investigación científico-espiritual seria a cada paso– lo que tuvimos como disposición en la infancia. El mayor genio es aquel ser humano que traslada en mayor medida a sus treinta, cuarenta o cincuenta años las fuerzas de la niñez. Uno ejerce entonces esas fuerzas infantiles con un organismo maduro, un alma madura y una espiritualidad madura, pero son las fuerzas de la niñez. Nuestra cultura tiene, lamentablemente, la peculiaridad de matar estas fuerzas infantiles mediante la educación, de modo que en un número ínfimo de personas permanecen las características infantiles hasta la edad filistea y las “desfilisteízan”. Pues, en realidad, el hecho de no ser un filisteo se basa en que las fuerzas conservadas de la infancia nos liberan precisamente de ese filisteísmo, atravesándolo en la edad madura.


Sin embargo, dado que aquí aparece algo que no necesita ser renovado constantemente ante a las necesidades de conciencia actuales de la humanidad, en la época moderna las relaciones de la vida jurídica y estatal sólo pueden regularse sobre terreno democrático mediante leyes. Las leyes no son conocimientos. En el conocimiento siempre debemos situarnos frente a la realidad y, desde esa realidad, obtener el impulso para lo que debemos hacer. Así ocurre en la educación y en todo lo demás que he señalado en los Puntos centrales que debe surgir del miembro espiritual del organismo social. ¿Cómo funciona en el caso de las leyes? Las leyes se dan para que la vida estatal-política, la vida jurídica, pueda subsistir. Pero hay que esperar a que alguien tenga la necesidad de actuar según una ley; sólo ahí debe preocuparse por ella. O hay que esperar con la aplicación de la ley hasta que alguien la infrinja. En resumen, la ley siempre está ahí, pero solo para un caso eventual. Siempre está presente la esencia de la eventualidad, el casus eventualis. Eso siempre debe subyacer a la ley. Hay que esperar hasta poder hacer algo con la ley. La ley puede estar ahí; si no afecta a mi esfera, no me interesa. Hoy hay muchas personas que creen interesarse por la ley en general, pero es como acabo de decir: si uno es honesto, debe admitirlo. Así pues, la ley es algo que está ahí, pero que debe trabajar en función de la eventualidad. Esto debe subyacer a la parte jurídica, estatal y política del organismo triformado.


En el miembro económico no basta con la ley, pues no es suficiente emitir leyes, por ejemplo, sobre si se nos debe suministrar esto o aquello de una manera determinada a partir de tales o cuales circunstancias. Ahí no se puede trabajar en función de eventualidades. Ahí aparece un tercero junto al conocimiento y la ley: el contrato, el contrato específico que se celebra entre quienes participan en la economía –las corporaciones y las asociaciones–, el cual no trabaja como la ley hacia lo eventual, sino hacia el cumplimiento concreto. Así como el conocimiento debe reinar en la vida espiritual y la ley en la vida estatal-política-jurídica; el contrato, el sistema contractual en todas sus ramificaciones, debe reinar en la vida económica. El sistema de contratos, que no existe por eventualidad sino por obligatoriedad, es lo que debe efectuar todo lo que encuentran descrito en los Puntos centrales como el tercer miembro del organismo social.


Podemos decir, por tanto, que tenemos tres puntos de vista claros desde los cuales podemos comprender cómo deben ser, por su esencia, estos tres miembros. Todo lo que en la vida está sujeto al conocimiento debe ser administrado en el terreno libre del miembro espiritual. Todo lo que en la vida puede encuadrarse en leyes pertenece al Estado. Todo lo que está sujeto al contrato obligatorio debe integrarse en la vida económica.


Estimado público, si la gente cree que lo expuesto en los Puntos centrales son un par de ideas maquinadas, se equivoca profundamente. Sobre lo expresado en esa obra se puede hablar desde los más diversos puntos de vista, porque está tomado de la vida. Y la vida se puede describir como un árbol al que se fotografía: desde un lado se tiene un aspecto, desde un segundo lado otro, y desde un tercero o cuarto, hay otra imagen. Eso es lo peculiar, cuando algo proviene de la vida, cuando no es solo una utopía o una idea compleja, sino que nace realmente de la vida, siempre se pueden encontrar nuevos puntos de vista, porque la vida es múltiple y rica. [Con esta multiplicidad de la vida cuenta la triformación]. Básicamente, uno nunca termina de aprender a ver [en toda esa diversidad] las necesidades de la triformación del organismo social. Pero no es algo indeterminado o confuso, puede definirse con los conceptos más precisos, como les mostré hoy con referencia al conocimiento, la ley y el contrato.


Ahora se trata de imponerse: hay que trabajar en dirección a la triformación. Hoy se puede trabajar desde las relaciones reales ordinarias en la dirección que marca el descomponer este organismo social en tres suborganismos administrativos que interactúen entre sí. Y hay que reconocer, al fin, que todas las respuestas que se dan a partir de las viejas condiciones y que, en realidad, solo buscan una remodelación de las mismas, están superadas. Por eso, cuando los reformadores agrarios dicen que alguien, cuya propiedad inmobiliaria ha aumentado de valor sin su mérito ni su trabajo, debe entregar una parte como impuesto al Estado, están pensando en la vieja forma del Estado. No piensan que este Estado también debe ser reformado. No piensan que solo puede ser un miembro del organismo social. Es curioso que incluso los reformadores más radicales de la actualidad no puedan imaginarse que algo debe reconfigurarse desde lo más profundo de las relaciones sociales humanas. Y no pueden imaginarse que todo lo que debe alcanzarse hoy no se podrá lograr si se intenta encajar las viejas formas. El Estado sigue siendo el mismo, aunque meta en su bolsa lo que les quita a los especuladores de tierras para dárselo a ellos o a otros por caminos que siempre son posibles.

Pero examinen lo que se deriva de la idea de la triformación para la organización del organismo social: si adoptan seriamente el pensamiento de la triformación, si aplican con seriedad lo que le subyace, verán que se vuelve imposible todo aquello que consiste simplemente en verter el viejo desorden en un molde nuevo.

Pues, ¿qué es en realidad el suelo? Miren, el suelo es obviamente un medio de producción. Con el suelo producimos. Pero es un medio de producción de un tipo distinto a los demás. Los otros medios de producción debemos prepararlos primero mediante el trabajo humano; el suelo, al menos en lo principal, ya está ahí. Por eso se puede decir: los medios de producción siguen inicialmente el camino de la mercancía; luego, cuando están terminados, cuando se entregan a su función, dejan de ser mercancía. Esto lo hemos subrayado repetidamente –yo mismo lo recalqué desde este lugar–: los medios de producción sólo deben ser mercancía en el proceso de circulación económica hasta que están terminados y se entregan a la vida económica nacional. ¿Qué son después? Después son algo que está sujeto a la vida política o estatal, a la democracia, concretamente en relación con el trabajo que las personas deben realizar a través de esos medios de producción, en tanto que deben entenderse entre sí como personas mayores de edad. Los medios de producción son algo sujeto a la vida estatal al pasar de uno a otro, de modo que siempre el que usa los medios de producción realmente los posea. Pero también son algo sujeto a las instituciones del trabajo espiritual. Pues, en el futuro, no por antiguas relaciones de herencia, sino a través de las instituciones de la vida espiritual, deberá determinarse mediante el conocimiento –como única forma que la conciencia moderna puede soportar– cómo el medio de producción, cuando alguien deja de trabajarlo, pasa a aquel que, por sus disposiciones y capacidades, puede seguir atendiendo ese medio de producción. Así podemos decir que si la triformación subyace a la vida, los medios de producción sólo son mercancía mientras se producen. Luego dejan de ser mercancía y se sujetan a las leyes y a los conocimientos. Mediante leyes y conocimientos se integran en la estructura social.


El suelo no puede producirse, por lo tanto, desde un principio, no es una mercancía. Jamás está sujeto al principio de la mercancía sobre la cual se celebran contratos. Al suelo no le concierne en absoluto aquello sobre lo que se celebran contratos. Debe ser integrado gradualmente en la estructura social de modo que, en primer lugar, la distribución del suelo con vistas a su trabajo sea un asunto democrático del Estado político y que el traspaso de uno a otro sea un asunto del miembro espiritual del organismo social. La relación viva en el Estado democrático decide quién trabaja en una parcela de tierra en beneficio de los seres humanos. La tierra nunca es mercancía. Es, desde el principio, algo que no se puede comprar ni vender.


A partir de esto, lo primero a lo que se debe aspirar es a que la tierra no se pueda comprar ni vender, sino que sean relaciones e impulsos de carácter jurídico y espiritual lo que la transfiera a la esfera de la explotación por parte de un ser humano. Sólo quien no tenga en claro estos razonamientos puede suponer que es algo utópico. Pues, en el fondo, no es más que la transformación de algo que ya existe [como anomalía]: el hecho de que hoy se pague el suelo con el dinero que se obtiene de la venta de mercancías; eso no es una verdad, es una mentira social. El dinero que se emplea como equivalente para el suelo es, en el proceso económico, algo distinto al dinero que se emplea como equivalente para una mercancía. Vean, esto resulta muy difícil de discernir en el caos social actual. Supongan que compran cerezas; para eso entregan dinero. Compran una finca señorial; para eso también entregan dinero. Ahora bien, si las dos personas que recibieron el dinero –una por las cerezas (una cantidad suficiente, por supuesto; no importa aquí si en este sentido la cosa es posible) y la otra por su finca– mezclan su dinero, no se puede distinguir cuál se pagó por las cerezas y cuál por la finca. Pero precisamente porque no se puede distinguir, uno se ve arrastrado a una ilusión perniciosa y terrible. Porque, observen ustedes, si yo dibujo aquí pequeñas cruces y luego pequeños círculos y los mezclara, aún podría distinguirlos.


Pero si yo no tuviera sentido para la diferencia entre cruces y círculos, ya no podría distinguir qué es una cosa u otra. En otras palabras: si hiciera las cruces y los circulitos de tal modo que de las cruces hiciera semicírculos y de los circulitos también semicírculos y dibujara ambos, ya no se podrían distinguir. Pero ¿cómo funciona en la realidad? Supongan que recibo el “dinero de las cerezas” y el “dinero de la finca”. Si los mezclo, ya no puedo distinguir qué dinero viene de la finca y qué dinero viene de las cerezas. Podrían decir: “el dinero es dinero”. Pero esa es precisamente la terrible ilusión. Eso no es verdad. En el proceso económico, los “circulitos” que vienen de la finca actúan de forma distinta en toda la vida humana que las “cruces” que vienen de las cerezas. No es el dinero lo que determina lo que sucede, sino la repercusión de su procedencia; eso es lo importante. Y sobre eso se extiende un velo; ya no está presente para la observación humana. Así, el dinero constituye la abstracción viviente. Todo se mezcla sin diferenciación. El ser humano ya no es capaz de estar presente en aquello a lo que pertenece, en lo que produce, en lo que trabaja. Todo se confunde a través del dinero, igual que en los oscuros místicos todo fluye mezclado y se convierte en un par de conceptos abstractos. Y así como esos conceptos abstractos [de los místicos] no sirven para nuestro proceso de conocimiento, tampoco sirve lo que la gente se imagina sobre el dinero, porque es solo una abstracción, algo al margen de la realidad, es decir, nada que se pueda usar en la vida.


Cuando uno reflexiona sobre estas cosas, se da cuenta de la inmensa importancia concreta que tiene el suelo en la vida de los seres humanos. Se comprende que nunca debería darse el caso de que uno sea el propietario del suelo sin tener interés en él, y solo reciba la renta sin importar todo lo demás. Quien tiene una visión económica adecuada sabe lo que esto significa: vivo del suelo, pero en el fondo me da igual si vivo del suelo o de las ganancias, digamos, del juego o del póker; en el fondo, eso me es indiferente, solo me importa obtener una suma de dinero. Que a uno le dé igual cómo obtiene una suma de dinero no es tan grave cuando se trata de que esa suma realmente solo ha sido trabajada. Pero cuando se recibe algo que está ligado al bienestar o al malestar, al destino de los seres humanos, incluso a toda la configuración cultural, como ocurre con el suelo; cuando uno reflexiona sobre esto, no es posible que este suelo se transforme en dinero, indiferente y abstracto. Pues precisamente el suelo hace necesario que aquel que lo trabaja, que tiene algo que ver con él y que transfiere al proceso económico lo que del suelo depende –que no es el dinero que aporta, sino el fruto que en él crece–, esté [realmente y por completo] presente en ello. Mi muy estimado público, el suelo, dentro de su ámbito, no debe administrarse en absoluto según aquellas categorías económicas que se han formado en los tiempos modernos. Por favor, simplemente calculen: si alguien abona su finca con el estiércol que se produce naturalmente de su ganado, calculen cómo podrían darle un valor a ese abono, cómo determinarían el valor de mercado del estiércol; por ejemplo, qué valdría el estiércol si apestara en los mercados de las ciudades. Es solo un ejemplo drástico. Si llevan el razonamiento hasta el final, encontrarán que hay una diferencia enorme en la manera en que se integra en el proceso económico lo que surge en una agricultura. Comparen la manera en que actúa una agricultura sujeta a la llamada “autogestión”, es decir, donde quien está en la agricultura, sea pequeña o grande, considera su cuidado a partir de sus capacidades como su asunto más propio, y comparen eso con la manera en que actúa y debe actuar una agricultura que solo está enfocada en extraer el mayor rendimiento monetario posible. Pero tal como estamos hoy en la vida pública, las cosas deben equilibrarse; es decir, quien gestiona por sí mismo no puede hacer otra cosa que adaptarse a aquel que arrienda la agricultura y sólo percibe la renta. Así, al adaptar lo que surge de lo concreto –y en la agricultura, en el suelo, surge de lo concreto el modo en que los productos individuales deben sostenerse entre sí, cómo uno debe apoyar al otro; eso en la autogestión, se tasa por motivos muy distintos que cuando las cosas sólo se llevan al mercado monetario–, poco a poco, la autogestión se vuelve dependiente de lo que son relaciones monetarias totalmente abstractas. Eso es lo que ya sucedió, por eso hoy tenemos estas condiciones antinaturales. El suelo, que no puede ser mercancía, se convierte en mercancía; con ello se introduce una mentira real en la vida. No es solo lo que se dice lo que es mentiroso; también lo que sucede es mentiroso. En cuanto se considera el suelo como mercancía, es decir, en cuanto se puede comprar y vender, se miente a través de los hechos.


Pero cuando se tiene la triformación del organismo social, no se puede comprar ni vender el suelo. Las relaciones [jurídicas] por las cuales el suelo pasa de uno a otro están sujetas a leyes estatales que nada tienen que ver con la compra y venta de mercancías. La determinación sobre cómo [en cada caso] el suelo pasa de una persona a otra está sujeta al miembro espiritual del organismo social, que nada tiene que ver con la herencia ni con el parentesco de sangre, sino con cuestiones como las que describí en los Puntos centrales. Así ven ustedes que solo hace falta comprender correctamente qué es la triformación, y si uno se encamina en esa dirección, se encamina hacia la solución de la cuestión social.


¿Qué quiere Damaschke? Él aborda la cuestión de la tierra y, a partir de esa reflexión, pretende que se resuelva. Mis muy estimados presentes, a partir de la reflexión no se resuelve ninguna cosa real. Me gustaría saber cómo pretenden ustedes, a partir de la reflexión, triturar el azúcar, cortar leña o cosas parecidas, o cómo pretenden comer a partir de la reflexión. De la misma manera que no se puede triturar azúcar ni comer a partir de la reflexión, tampoco se puede resolver la cuestión de la tierra a partir de la reflexión. Solo se puede decir: el suelo se encuentra hoy dentro de determinadas relaciones humanas. Si imaginamos que lo que los seres humanos hacen en el organismo social según su mejor capacidad confluye en los impulsos de la triformación, los hechos que surgen, al dedicarse a esta triformación, resuelven la cuestión de la tierra no solo en el pensamiento, sino [en la práctica] tal como el cuchillo tritura el azúcar o el hacha corta la leña. Del mismo modo, la triformación resuelve la cuestión de la tierra, pues el suelo simplemente se integrará en el organismo triforme de tal manera que ya no será tratado –como hoy– como una mercancía. Ya no pasará de forma injustificada por parentesco de sangre, sino que estará sujeto únicamente a lo que hoy el ser humano siente como lo único tolerable: que el traspaso del suelo de uno a otro ocurra a partir de conocimientos espirituales, es decir, desde el impulso del miembro espiritual del organismo social.


Como ven, la cuestión de la tierra no debe resolverse por la triformación mediante programas ni por conceptos abstractos o utópicos –es decir, no como lo hace Damaschke–, sino de tal manera que, por muy enrevesadas que sean las relaciones actuales de la tierra, dedíquense a la triformación, introduzcan los hechos de la triformación en la vida social, [asuman las cosas] que van en la dirección de esta triformación; lo que ocurra llevará al suelo a condiciones beneficiosas para los seres humanos, en la medida en que algo en la tierra pueda ser beneficioso. La triformación no quiere resolver las cuestiones complejas mediante pensamientos, sino mediante hechos en los que los seres humanos se sitúan cuando se dedican a pensamientos que dependen de ellos mismos, y no a pensamientos que siguen operando con viejas tradiciones. Es algo distinto decir que se intenta actuar en la dirección de la triformación que decir: “el Estado es bueno, lo puede todo, lo hace todo bien”. Mediante la triformación se resuelve la cuestión de la tierra al despojar al suelo del carácter de mercancía en el que se ha precipitado; el Estado no impide [la distribución injusta del suelo], simplemente racionaliza; es él quien crea las oficinas para ocupar las viviendas, es él quien establece cuánto puede tener cada uno, es él quien impide el acaparamiento... ¡esto no debe ser más así!


No es menos cierto que se podría decir: todo está en orden si la gente piensa como lo indicó Morgenstern [en un poema]. Allí, alguien es atropellado por un coche. Lo llevan enfermo a casa. Palmström –así se llama el hombre– se envuelve en paños húmedos, sufre, pero no se entrega a su dolor, pues es un buen fiel del Estado. Encuentra en los códigos de leyes: “Ahí, en el lugar donde he sido atropellado, no puede circular ningún auto”; por lo tanto, allí no pudo haber circulado ningún auto, pues eso contradiría las leyes, y como contradice las leyes, entonces simplemente no he sido atropellado, porque: lo que no puede ser, tampoco debe haber sucedido. Vean ustedes, algo de este estilo ocurre cuando hoy se quiere reformar lo que está enraizado en la realidad diciendo: si el valor del suelo aumenta de forma indeterminada, se entrega eso al Estado, que ya sabrá cómo impedir que se acapare... pues el acaparamiento no ocurre cuando el Estado ha hablado. Está prohibido, por lo tanto no existe.


Pues bien, estimados presentes, precisamente en este ejemplo pueden ver cuán diferente es todo el método, toda la forma de concepción de la vida a la que la triformación traslada toda la vida social. No se trata –lo he dicho muchas veces– de pensar: se cambian las instituciones, se le quita el dinero a quien tiene demasiado mediante una institución y se le da al Estado, sino de que los seres humanos aprendan a cambiar su modo de pensar hasta lo más íntimo. Eso les resulta muy difícil, no lo eligen para nada. Si proceden desde lo que verdaderamente nace de un sentido de la realidad y lo que está descrito en Los puntos centrales de la cuestión social, verían que lo que importa es que las asociaciones se apoyen en aquellos que están íntimamente vinculados con lo que producen o consumen.


Ahora bien, vean, todas las relaciones se encubren, se velan por el hecho de que vivimos dentro de la abstracción de la economía monetaria, como dije hoy y también la última vez en una velada como esta. Ahí no se observa, por ejemplo, de forma correcta cuál es la relación entre las agriculturas grandes y las pequeñas. Debido a que hoy se quiere tener todo cómodo, se agitará contra las agriculturas grandes o a favor de las pequeñas, o viceversa. Pero todo se lleva a cierto monismo del pensamiento abstracto: o solo las fincas grandes son buenas o solo las pequeñas para la economía nacional. Eso no corresponde a la realidad. Se trata de que, a partir de determinadas relaciones, precisamente la cooperación de fincas pequeñas y grandes, de explotaciones grandes con explotaciones pequeñas, sea lo correcto; solo que lo correcto surge únicamente a través de lo asociativo, que está caracterizado como lo esencial en la vida económica en los Puntos centrales. Las explotaciones grandes cooperan con las pequeñas y logran con ello lo mejor para la economía nacional. No hay que medirlo todo con el mismo rasero, sino, según determinadas relaciones, las agriculturas grandes y pequeñas deben cooperar. ¿Creen que no responde a ciertas relaciones reales el que las agriculturas señoriales prusianas hayan generado, solo en lo que respecta a la remolacha, el 54,8% de la producción total –es decir, más de la mitad de la producción–, mientras que en todas las demás cosas, en relación con las agriculturas pequeñas, han generado menos de la mitad, por debajo del 50%? Todo esto está fundamentado en relaciones reales. Esto solo puede influir de forma fructífera en el proceso económico real si las personas que participan en la gestión de las fincas fundan asociaciones basadas en estas relaciones reales. Entonces surge cómo algo debe sostener a otra cosa, porque no se trabaja desde la abstracción, sino desde la realidad. Y así se puede establecer mediante contratos cómo se compensa, simplemente, lo que por un lado es un excedente de producción por el otro lado, y así sucesivamente. Por eso era justificado que dijera [al principio]: quiero hablarles de las relaciones en la triformación de tal manera que puedan arrojar luz sobre la cuestión de la tierra. No quería hablar de la cuestión de la tierra como es habitual, sino mostrar cómo debe abordarse cualquier cuestión de la vida social cuando se está en el terreno de la triformación. Y ya pueden abordar esta cuestión de forma muy concreta, mientras que a partir de las viejas relaciones nunca podrán hacerlo de manera adecuada.


Hay que ser casi como el párroco Planck si se piensa: organismo social, triformación... son tres triángulos uno al lado del otro, y de uno no entra nada en el otro. No, el organismo social triforme es realmente un organismo, y uno siempre influye en el otro, de modo que en cada uno de los tres miembros hay de nuevo algo de los otros dos. En el organismo humano también es así: en la cabeza no solo actúa el sistema nervioso-sensorial, sino que allí dentro también ocurren el ritmo y la digestión. Así, en la vida económica, también influye la vida estatal –solo que tiene su propio centro de administración– y lo espiritual, precisamente en el traspaso de los medios de producción de uno a otro.

Pero vemos este juego mutuo en cosas mucho más cotidianas. Tomemos, por ejemplo, un hecho de la vida pública donde tres cosas confluyen en una: el transporte. El transporte está ligado, por un lado, al suelo por el hecho de que necesita la carretera. Pero se ve que, debido a que el suelo del transporte –carreteras, etc.– no puede ser propiedad privada ni tampoco mercancía, hay que salir de la categoría de mercancía; es decir, que al menos esta parte del suelo no puede ser considerada como mercancía. Pero con el transporte también está ligada toda nuestra cultura. En realidad, todo el transporte se encuentra bajo tres puntos de vista. [Podemos preguntarnos:] ¿Qué está sujeto al transporte? Primero: bienes, mercancías; segundo: personas; tercero: noticias. En cualquiera de estas tres categorías, pueden ubicar todo lo que está sujeto al transporte: noticias, personas, mercancías. Vean, debido a que en el transporte hay mercancías, lo que se refiere al tráfico de mercancías debe estar regulado según contratos, según los impulsos de la vida económica. Lo que se refiere a las personas está regulado desde la vida estatal; esas son las relaciones jurídicas. También el tráfico de personas debe estar regulado según relaciones jurídicas. Las noticias están sujetas a la vida espiritual; ellas son la vida espiritual en el transporte. Y ya verán cómo desde los tres lados debe administrarse el sistema de transporte que, en realidad, es triforme; algo que las antiguas instituciones no han logrado. Calculen qué despropósito es que todavía hoy se encargue, de la misma manera y a través de la misma institución, el envío de bienes y de noticias, que se entreguen los paquetes postales y las noticias, cosas que no tienen nada que ver entre sí y para lo cual no existe ninguna necesidad en las instituciones externas. Pero las antiguas instituciones estatales no pudieron llegar a separar el transporte de paquetes del servicio de noticias, de modo que lo uno estorba a lo otro. Si observan el sistema de tarifas postales, verán qué falta de economía reside en que el correo sirva tanto para el tráfico de noticias como para el de bienes.


Justamente donde la vida debe empezar a ser práctica, justamente donde la vida hoy se nos ha vuelto demasiado estrecha porque ya no es práctica –la falta de practicidad se asienta en todos los rincones–, allí es donde la triformación está llamada a restablecer lo práctico. Solo una cosa pertenece a esta triformación: un poco de valor. Aquel que no se atreva a quitar los paquetes postales al servicio de noticias del correo para entregarlos al tráfico ferroviario ordinario; aquel que siempre plantee objeciones y no calcule de forma real lo que significa una u otra cosa, no comprenderá jamás la triformación. Pues la triformación no se basa en aferrarse a las viejas instituciones, ni a las ideas de los viejos decorados humanos de los viejos decorados estatales y demás, sino en la observación de las relaciones reales.


Mi muy estimado público, no se puede pretender que el impulso de la triformación se ocupe de la realidad, de la práctica, de tal modo que indique ahora cómo se ubicará un burócrata tradicional dentro del organismo triforme. Sí, más o menos así son muchas de las preguntas que se plantean. Esta es solo una de las preguntas grotescas. Simplemente no se puede decir cómo se ubican allí funcionarios tradicionales, pero es que ni siquiera es necesario indicarlo. Las relaciones espirituales, jurídicas y económicas de los seres humanos se regularán de forma muy clara según el conocimiento, la ley y el contrato; solo que, dentro de estos tres ámbitos, muchas de las cosas que antes eran muy apreciadas ya no estarán allí. Pero, mis estimados presentes, ¿no hay que admitir que en el antiguo régimen, a veces, se miraba más si alguien era un Consejero de gobierno que lo que rendía, lo que trabajaba para el organismo social? En la realidad, lo que importa no es que alguien sea un Consejero de gobierno, sino lo que rinde para el organismo social. Por eso, la idea de la triformación debe pasar por alto aquello que todavía procede de los viejos tiempos como un decorado, si es que no queremos caminar hacia el total hundimiento de Occidente. Debe mirar hacia lo que debe surgir en el nuevo tiempo como fruto del trabajo que un ser humano lleva a cabo, bajo cualquier forma, al servicio del organismo social triforme, pero integral.


Comentarios


Buchwald Editorial, 2026, Buenos Aires

bottom of page