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Rainer Maria Rilke: Cartas a Jakob von Uexküll y Clara Rilke

  • Foto del escritor: Buchwald
    Buchwald
  • 24 ene
  • 6 Min. de lectura

Carta a Jakob von Uexküll


París, 77, rue de Varenne, 19 de agosto de 1909


Querido amigo:


Cuanto más pasa el tiempo, más me pesa el hecho de que me haya escrito hace ya tanto; fue el primer día de este año, y concluyó su carta con buenos deseos a los cuales, en mi pensamiento, le he correspondido con otros iguales.


Si no escribí (como debería haber hecho cien veces desde entonces, y como también hubiera querido), se debe a la sucesión y coexistencia de diversas circunstancias que me lo impidieron. Casi al mismo tiempo que el año, comenzó, para mí, un periodo de agotamiento; de mala salud; finalmente, de enfermedad, que, aunque no dejé de salir, de leer y de pasar mis cotidianas horas ante el escritorio, debió de ser –como noto cada vez más– una enfermedad real: mis mejores momentos son los de un convaleciente y tengo muchísimos más malos momentos que buenos. Pero no hablemos de eso. Solo lo menciono a modo de explicación; pues, a partir del contenido de su carta, esta larga pausa podría haber reafirmado la suposición de que me resultó de algún modo molesta. Me fue querida, como cada una de sus cartas. Sin embargo, admito que no era fácil de responder. En una conversación personal –que también usted (según leí en la carta) habría preferido–, una mirada, un silencio simultáneo, nos habrían hecho entendernos mejor. Obligado a las limitaciones de la escritura, solo me queda pedirle que siga teniéndome por aquel de quien brotaron los libros que a usted le parecen estar en lo cierto. Aquellos libros (el Libro de horas, especialmente) no tuvieron en cuenta ni hicieron referencia a un lector, al igual que los que brotaron desde entonces. De modo que aquel pasaje de su carta, donde espera de mí un arte que sepa de lectores, me ha sorprendido. Es posible que en esto nos alejemos mucho. Pero no es lo esencial. Más esencial me parece poder asegurarle, en lo que respecta a esos libros más recientes –mi conciencia está tranquila y límpida–, que cada palabra, cada espacio entre palabras en esos poemas, surgió de una necesidad extrema, de la conciencia de esa responsabilidad definitiva en la que que se consuma mi trabajo. Quizás deficiencias de mi naturaleza o misiones postergadas de mi desarrollo sean la causa de aquella dura objetividad e insensibilidad de lo representado. Quizás se puedan concebir caminos más complacientes. Yo debo continuar por el mío, el pesado.


¿No cree usted, querido amigo, que ya el Libro de horas estaba colmado de la determinación que (unilateralmente, si usted quiere) que creció  en mí? La de no considerar el arte como una selección del mundo, sino como su transformación constante hacia lo glorioso. La admiración con la que el arte se lanza sobre las cosas (todas, sin excepción) debe ser tan impetuosa, tan fuerte, tan radiante que al objeto le falta tiempo para reflexionar sobre su fealdad o su depravación. En lo terrible no existe algo tan terminante y negador que la acción múltiple de la superación artística no pueda dejar sin un excedente positivo, algo que afirme la existencia, que quiere ser: como un ángel. En el Libro de horas usted creyó en esa transformación, usted la comprendió; pero en los últimos libros, en los que Aquel, en cuyo nombre sucede la transformación, no es mencionado, lo que es siempre la misma gran necesidad le parece un juego; y lo que, por tanto, debe tener razón, no para los lectores, sino para aquel que sufre y anhela resistir. Querido amigo, esto es lo que puedo decir para justificarme… de paso. Pues, me parece más importante preguntar por usted y los suyos y, si tuviera finalmente la alegría de volver a verlo, escucharlo un largo rato.


Suyo, cordialmente fiel,

Rilke



Carta a Clara Rilke


París VIe, 29, rue Cassette, 13 de octubre de 1907 (domingo)


… es, después de todo, la misma lluvia que ya te he descrito tantas veces; como si el cielo solo hubiera alzado la vista clara un instante para, acto seguido, seguir leyendo en las uniformes líneas de la lluvia. Pero no es tan fácil de olvidar que, bajo esa capa turbia, están esa luz y esa profundidad que se vieron ayer. Ahora, al menos, uno lo sabe. Ya por la mañana había leído sobre tu otoño, y todos los colores que trasladaste a la carta se transformaron de nuevo en mi sentimiento y colmaron mi conciencia con fuerza e irradiación. Mientras yo aquí, ayer, admiraba el otoño leve y disuelto, tú caminabas por aquel otro otoño natal, pintado sobre madera roja, así como este de aquí lo está sobre seda. Y tanto lo uno como lo otro nos alcanzan. Estamos fijos en el fundamento de toda transformación, nosotros, los más mudables, que andamos por ahí con una inclinación a comprenderlo todo y que (al no poder asirlo) convertimos lo excesivamente grande en una acción de nuestro corazón para que no nos destruya. Si fuera al norte y los visitara, seguramente vería también la pompa del pantano y del brezal, el verde claro y suspendido de los prados y los abedules de forma nueva y distinta. Es cierto que esta transformación, cuando una vez la viví y compartí plenamente, dio origen a una parte del Libro de horas; pero entonces la naturaleza todavía me era un motivo general, una evocación, un instrumento en cuyas cuerdas se reencontraban mis manos; yo todavía no me sentaba ante ella; me dejaba arrebatar por el alma que de mí brotaba; ella venía con su vastedad, con su gran existencia exagerada, igual que la profecía vino sobre Saúl; exactamente así. Yo caminaba y veía, no veía la naturaleza, sino las visiones que ella me dictaba. Cuán poco habría podido aprender ante Cézanne, ante van Gogh. Cuánto trabajo me da Cézanne ahora, noto cuánto he cambiado. Estoy en camino de convertirme en un trabajador, en un camino tal vez largo y, probablemente, me encuentre apenas en el primer hito; pero, a pesar de todo, ya puedo comprender al viejo que, en algún lugar, caminaba allá adelante, solo, únicamente con niños detrás de él tirando piedras (como lo describí una vez en el fragmento de Los solitarios). Hoy estuve de nuevo ante sus cuadros; es asombroso qué tipo de entorno forman. Sin observar uno solo en particular, permaneciendo en medio de las dos salas, uno siente su presencia unirse en una realidad colosal. Como si estos colores le quitaran a uno la indecisión de una vez por todas. La paz interior, la honestidad de esos rojos, de esos azules, su sencilla veracidad, a uno lo educan; y si uno se subordina a ellos, es como si ellos hicieran algo por uno. Se nota también, cada vez mejor, cuán necesario era llegar incluso más allá del amor; es natural, desde luego, que uno ame cada una de estas cosas cuando las hace: pero si uno muestra eso, lo hace peor; uno lo juzga en lugar de decirlo. Uno deja de ser imparcial; y lo mejor, el amor, se queda fuera del trabajo, no entra en él, queda a su lado, sin transformar. Así surgió la pintura de atmósfera (que no es ni un ápice mejor que la pintura temática). Se pintaba: yo amo esto de aquí; en lugar de pintar: aquí está. Así, cada cual tiene que mirar por sí mismo si amó o no. Y eso no se muestra en absoluto, algunos, incluso, afirmarán que allí no se trata de ningún amor. Así, sin residuo, el amor se ha consumido en la acción de hacer. Este consumir el amor en el trabajo anónimo, del cual surgen cosas tan puras, quizás no lo haya conseguido con tanta plenitud como al viejo; su naturaleza interna, que se volvió desconfiada y hosca, le ayudó en ello. Seguramente él ya no habría mostrado su amor a ningún ser humano si hubiera tenido que hacerlo; pero con esta disposición, que se desarrolló completamente por su peculiar extrañeza, se volvió ahora también hacia la naturaleza y supo reprimir su amor por cada manzana y alojarlo para siempre en la manzana pintada. ¿Podés imaginarte cómo es eso y cómo lo experimenta él? Tengo las primeras pruebas de imprenta de “La Isla”. En los poemas hay inicios instintivos de una objetividad similar. También dejo “La gacela”; es bueno. Que estés bien…


 
 
 

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