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  • Buchwald

Johann Wolfgang von Goethe: Carta a Karl Ludwig von Knebel, 1812

Weimar, 8 de Abril de 1812. 


Me gustaría responder de inmediato a tu querida carta y preferiría que fuera en una conversación cara a cara, porque en este último tiempo ocurrieron muchas cosas que quisiera compartirte.


Hacía mucho había previsto que acabaría así con Jacobi [Friedrich Heinrich Jacobi 1743-1819] –era algo inevitable–; sufrí mucho su naturaleza inflexible aunque siempre activa. Si alguien no le entra en la cabeza que el espíritu y la materia, el alma y el cuerpo, el pensamiento y la extensión, o –como un francés moderno los expresa de manera ingeniosa– la voluntad y el movimiento fueron, son y serán los componentes necesarios del universo y que ambos tienen los mismos derechos y, por lo tanto, pueden ser considerados como representantes de Dios; si alguien no puede elevarse a esta concepción, hace mucho que debería haber abandonado el ámbito del pensamiento y haberse pasado al del chisme. Además, si no llega a comprender que nosotros, como seres humanos, actuamos de manera unilateral, pero que nuestra acción unilateral debería estar dirigida únicamente a ingresar, desde nuestra perspectiva, en el otro lado, e incluso, si es posible, atravesarlo y volver a levantarnos y estar firmes, aun en nuestras antípodas, no deberían adoptar un tono tan elevado. Pero, desafortunadamente, esta es una consecuencia de esa limitación.


Y en cuanto al buen corazón, al excelente carácter, sólo diré esto: en realidad, actuamos bien en la medida en que nos conocemos a nosotros mismos. La oscuridad en nosotros no nos permite hacer lo correcto, y así es cómo el bien pareciera no ser bueno. Pero la vanidad nos lleva al mal, sí, si es absoluta, al mal. Tampoco se puede decir que necesariamente la persona que actúa mal sea mala.


No me gusta desentrañar los mysteria iniquitatis: este amigo, ante continuas objeciones guiadas por el amor y el afecto, ha ignorado mis esfuerzos más honestos, los ha retardado, ha reducido su efecto e, incluso, los ha frustrado. Soporté esto durante muchos años, ¡pero Dios es justo! dijo el enviado persa, y la verdad es que no voy ni a pensarlo cuando no esté más con nosotros. En ese desafortunado libro De las cosas divinas y su revelación [Über den göttlichen Dingen und ihrer Offenbarung], hay pasajes muy duros contra mis mejores convicciones, que he profesado públicamente en mis ensayos y escritos sobre la naturaleza y el arte durante muchos años, y que he tomado como guía de mi vida y trabajo. Y encima me envió un ejemplar firmado y cosas por el estilo.


Por cierto, se le debe agradecer que haya obligado a Schelling a salir de su torre de marfil. Para mí, su trabajo es de gran importancia, porque Schelling aún se mantiene activo y no se calla, aunque pertenezca a los más obstinados silenciosos. Nosotros, que nos declaramos del lado de Schelling, debemos reconocer que Jacobi sale mal parado. El libro seguramente volverá a despertar polémicas en Múnich, apenas se habían calmado un poco. Con esto, no podemos darle al mundo paz, pero quizás podamos aportar algo a la guerra del pensamiento. G.


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