• Buchwald

Gertrud Kolmar: Barzoi

Tuyo fue lo oscuro, la cavidad del vientre materno.

Tuyo fue el suelo, tierra que lleva animales.

Ciega te arrastraste, tanteando y mamando debajo, entre las tetas de la perra

y te alimentaste, creciste y abriste los ojos

y jugaste entre hermanos…

¿Te acordás?

No, no te acordás.

Apenas conocés este pelaje que te ondea, mar espumoso de mechones blancos que circunda islas

color isabelino.


Hermosa vos, encantadora, con tu delgada y enhiesta cabeza, tus delicados, marrones, brillantes

ojos avellana.

Soñás

pálidos abedules del norte empantanados, que a bestia herrumbrosa negruzca, el alce cuernos

de pala recompensa;

tu sangre

todavía caza en el bosque ruso al lobo gris en la oscuridad de los abetos

todavía siente las manadas de renos pastando sobre musgo y liquen de la tundra,

todavía escucha el lamento medroso, el grito de acusación de la liebre polar ante el cazador. . .

Durante el día

reposás tranquila sobre la manta y alzás hacia mí tu rostro de mujer, pleno en aquella tranquilidad

de la cierva, de la ardilla,

o recorrés con la cabeza gacha, olfateás e inhalás,

como otros perros, junto a pilas de abono, arbustos y remolachas.


En noches de otoño,

como vibran estrellas fuertes, frías,

suenan a veces gotas que del árbol caen;

el pasto vuelto amarillento respira frescor y humedad,

me echo el abrigo sobre mis hombros, abro la puerta metálica

del jardín;

vos te precipitás en enormes saltos. Vos volás, te desbandás

como tormenta de nieve sobre la alfombra de secas, empapadas hojas.

Plateada llama ondeante, tu melenuda cola te sigue encendida.

Y yo camino y te llamo con voz más apagada, y vos aguardás, alta y ligera, pálida exhalación,

fantasma al otro lado del camino.

Vos esperás y mirás fijamente.

¿Qué mirás?

¿Resplandecen apagados, junto al aliso, junto a la madreselva, amarillos ojos, ojos de gato, que vos

detestás?

¿Se te acerca un espectro, las temblorosas manos llenas de sangriento mesenterio… y tu hocico

largo huele el botín?

¿Sos sólo morada de desconocida, incomprensible alma, que a veces abandona la casa animal como

vana cubierta transparente?

Ella se pierde

sobre el pasto, entre los bronceados crisantemos, y vos esperás el retorno.

¿Se acerca?

Mis dedos tocan el frío y la tersura de la frente del reptil… un collar suena.

Dócil avanza junto a mí, camino a casa, la muda y pálida compañera.

©Buchwald Editorial, 2020, Buenos Aires