• Buchwald

Arthur Schnitzler: Nouvelle-Sueño, capítulo VII

A través de las calles oscuras y desiertas, se apresuró a casa, y pocos minutos más tarde, después de que él, igual que hace veinticuatro horas antes se hubiera desvestido en su consultorio, entró lo más silenciosamente posible a la alcoba conyugal.

Escuchó la regular y tranquila respiración de Albertine y vio la silueta de su cabeza dibujarse sobre la almohada blanda. Un sentimiento de ternura, incluso de seguridad, como no se lo había esperado, penetró en su corazón. Y se propuso contarle pronto, tal vez mañana, la historia de la noche anterior, pero como si todo lo que había vivido hubiera sido un sueño, y luego, solo cuando ella hubiera sentido y comprendido toda la futilidad de sus aventuras, le confesaría que había ocurrido en realidad. ¿Realidad? se preguntó. Y en ese instante notó, muy cerca del rostro de Albertine, en su almohada, algo oscuro, delimitado, como los rasgos sombreados de un rostro humano. Por un momento su corazón se detuvo, y enseguida supo de qué se trataba, estiró el brazo hacia la almohada y agarró la máscara que había llevado la noche anterior y que, mientras guardaba el disfraz esta mañana, sin que se percatara, debía haberse caído y la sirvienta o Albertine la habrían encontrado. Así que no podía dudar de que Albertine, después de este hallazgo, sospechara toda clases de cosas y, probablemente, más y peores de las que realmente habían sucedido. Sin embargo, la manera en que se lo hacía entender, su ocurrencia de poner la máscara oscura a su lado sobre la almohada, como si quisiera simbolizar el rostro del marido que ahora se había vuelto enigmático, esa burlona, casi insolente manera con la que al mismo tiempo expresaba una ligera advertencia y la voluntad de perdonarlo, le dio a Fridolin la firme esperanza de que ella, al recordar su propio sueño –lo que haya pasado en él–, estuviera dispuesta a no tomárselo demasiado en serio. Pero Fridolin, de pronto, al límite de sus fuerzas, dejó que la máscara se le resbale al suelo, sollozó fuerte y dolorosamente, sin haberlo esperado, se dejó caer junto a la cama y lloró en silencio con el rostro hundido en la almohada.

Unos segundos después, sintió una mano suave acariciar su pelo. Entonces levantó la cabeza, y de lo más profundo de su corazón se desprendió de él:

–Te lo voy a contar todo.

Ella levantó primero la mano, como en silenciosa defensa; él la tomó, la retuvo entre las suyas, miraba para arriba hacia ella de forma interrogativa y al mismo tiempo suplicante, ella asintió y él comenzó.

El amanecer gris se veía por las cortinas cuando Fridolin terminó. Ni una sola vez Albertine lo interrumpió con una pregunta curiosa o impaciente. Seguramente sintió que él no quería o podía ocultarle algo. Estaba tranquila con los brazos cruzados bajo la nuca y permaneció un buen rato en silencio después de que hacía mucho Fridolin había acabado. Finalmente él –estaba acostado a su lado– se inclinó sobre ella y en su rostro inmóvil y con grandes ojos claros, en los que ahora también parecía amanecer, preguntó escéptico y al mismo tiempo esperanzado:

–¿Qué vamos a hacer, Albertine?

Ella sonrió, y después de vacilar brevemente respondió:

–Agradecerle a la fortuna, creo, por haber salido ilesos de todas esas aventuras... de las reales y de las soñadas.

–¿Estás completamente segura?

–Tan segura como presiento que ni la realidad de una noche, ni siquiera la de toda una vida, puede significar su más profunda verdad.

–Y ningún sueño –suspiró él en silencio– es totalmente un sueño.

Ella tomó su cabeza con las dos manos y la apoyó cariñosamente en su pecho.

–Ahora estamos completamente despiertos –dijo–... por mucho tiempo.

Él quiso añadir “para siempre”, pero antes de que pronunciara las palabras, ella le puso un dedo sobre los labios y, como ensimismada, susurró:

–Nunca predecir el futuro.

Permanecieron acostados en silencio, algo adormecidos y sin soñar, uno junto al otro. Hasta que, como cada mañana, tocaron la puerta a las siete, y, con los ruidos habituales de la calle, un triunfante rayo de luz por la rendija de la cortina y una luminosa risa infantil en la habitación contigua, comenzó el nuevo día.