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Anónimo: La "Filosofía" de Klimt, 1903

  • Foto del escritor: Buchwald
    Buchwald
  • 30 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Brünn, 7 de abril de 1900. 


Vi el cuadro de Klimt el día de la inauguración. El bullicio apenas comenzaba. Si tuviera que confesar lo que pensé la primera vez que lo vi, los seguidores de Klimt me expulsarían de Viena. Creí que no era un cuadro real, sino una broma de la joven Secesión, ¡una parodia! Me aconsejaron que no dijera eso en voz alta, porque los secesionistas son hombres rudos: uno termina tirado frente al templo del arte sin darse cuenta.


Así que ese es el cuadro de Klimt, me dije: bueno, simplemente no lo entendés. Y los profesores que lo rechazaron, por supuesto, tampoco lo entendieron. Supongo que es una de esas cosas que hay que ver varias veces antes de entenderlas.


El poseer una entrada de cortesía me ha permitido el lujo de ver el cuadro varias veces. Me abrí paso entre la multitud, también recibí empujones, me enorgullecí bastante de ser empujado de un lado a otro por la flor y nata de la sociedad vienesa y de tener un contacto tan íntimo con esos elegidos.


Pero mi juicio sobre el cuadro no mejoró. Yo pediría que me dejasen colocarlo en una de mis habitaciones. Por supuesto, no en mi dormitorio, ya que mi descanso nocturno es más importante que el señor Klimt.


Klimt llama al cuadro Filosofía. Yo hubiera tenido un título mejor: El cuadro velado de Sais, porque, al menos, uno podría haber sospechado la existencia de un cuadro detrás del lienzo nebulosamente cubierto de figuras místicas.


El grupo de figuras de la izquierda representa (según el catálogo) “el origen, el ser fecundo y el devenir”. Es una picardía decir que el grupo significa algo. Imaginen que unos gimnastas desnudos de cuerpos esbeltos se presentan en un vodevil y eso debe representar la llamada “escalera humana”. Ahora, una persona con mi cabeza de laico pensará que esas figuras fueron esbozadas deficientemente con colores acuosos.

“A la derecha (dice el catálogo) se encuentra el globo terráqueo, el enigma del mundo.” Es una mancha gigantesca, horrible y azulada, espolvoreada con oro o plata. “Abajo, emergiendo (continúa el catálogo), una figura iluminada: el conocimiento.” Una calabaza gigante, brillante y dorada, a la que el caricaturista ha dotado de nariz, boca y ojos.


Imaginen el cuadro donde debería estar, muy en lo alto. Entonces sí que es un enigma del mundo. Porque nadie sabrá lo que significa esa excentricidad.


¿Es un chiste? ¡No! Una profunda pena debe invadir a cualquiera que mire el cuadro con seriedad. Klimt es un gran talento. Se esperaba mucho de él. Luego se convirtió en un secesionista del ala más radical. Hace dos años llegó con un cuadro que provocó un movimiento de cabeza, y el año pasado trajo de nuevo una nueva pintura a la Secesión. Creo que se llamaba Juego de olas o algo así. Parecía que se había derramado un cubo entero de pintura sobre él. Los más jóvenes de la Secesión se postraban ante ese cuadro. Los visitantes se avergonzaban de confesar que no lo entendían. Ahora llegó con el cuadro que causó tanto revuelo en Viena.


Creo que ya otros deberían juzgar esto, aparte de los artistas y el público, porque se está volviendo patológico. Y lo peligroso es que esta locura es contagiosa. Se ha hablado tanto del cuadro que hay gente que finalmente cree que tiene un profundo sentido filosófico. Y no es más que un sinsentido expresado en colores sobre un gran lienzo.


Una justificación para Klimt sería si hubiera tenido la intención de probar hasta qué punto se puede engañar al mundo. ¡La fábula del rey desnudo! Pero él lo dice en serio. Eso no es una señal de los tiempos, es una señal de la extravagancia.


En Hermann Bahr (comp.). Contra Klimt. Viena: J. Einstein, 1903, pp. 57-60.




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