• Buchwald

Walter Benjamin: [R 2,3] y [R 2a,3]

Así como las rocas del mioceno o del eoceno llevan la huella de los monstruos de aquellos tiempos, hoy, los pasajes en las grandes ciudades, como cavernas, contienen los fósiles de una bestia de la que no se volvió a saber jamás: el consumidor de la época preimperial del capitalismo, el último dinosaurio de Europa. En las paredes de estas cavernas prolifera una flora inmemorial: la mercancía, que, como un tejido ulcerado, tiene una textura sumamente irregular y llena de conexiones. Un mundo de afinidades secretas se abre en ella: palmera y plumero, secador de pelo y Venus de Milo, prótesis y epistolarios. La odalisca espera junto al tintero, y las sacerdotisas levantan platitos para que depositemos colillas como si fueran humeantes ofrendas. Estos objetos en las vidrieras son un jeroglífico: uno tiene en la punta de la lengua la clave para leer el alimento de las aves en el comedero, las semillas de flores junto a los largavistas, el garabato interrumpido en el anotador, y el revólver sobre la pecera de los goldfish. Después de todo, nada de todo esto es nuevo. Los goldfish provienen quizá de una pileta hace mucho vacía, el revólver fue un corpus delicti, y una vez que se marcharon sus últimos alumnos, esas notas difícilmente pudieron salvar del hambre a su antigua propietaria. Y como el fin de un periodo económico se representa a sí mismo ante el colectivo onírico como el fin del mundo, el poeta Karl Kraus juzgó correctamente a los pasajes, que, por otra parte, debieron haberlo atraído como el molde de un sueño: “En el Berliner Passage no crece el pasto. Parece un espacio postapocalíptico, aunque la gente lo transite. La vida orgánica desapareció y eso está expuesto. El gabinete de figuras de cera de Kastan. Oh, un domingo de verano allí, a las seis de la tarde. Un orquestrión mecánico suena durante la operación de vesícula de Napoleón III. Los adultos pueden ver el chancro de un negro. Los irrecuperables últimos aztecas. Oleografías. Muchachos de manos grandes prostituyéndose. Afuera está la vida: un cabaret-cervecería. El orquestrión toca 'Emil, du bist eine Pflanze'. Aquí se fabrica a Dios con la máquina”. Karl Kraus: Nachts. Wien-Leipzig, 1924, pp. 201-202. [R 2, 3]


Un aspecto de la ambigüedad de los pasajes: su abundancia de espejos, que amplían el espacio de forma fantástica y dificulta la orientación. Y es que, aunque este mundo de espejos pueda tener varios significados, infinitos incluso, sigue siendo ambiguo. Parpadea; es siempre uno –jamás nada– de donde enseguida surge otro. El espacio, que se transforma, lo hace en el seno de la nada. En sus turbios y sucios espejos, las cosas intercambian una “mirada Kaspar Hauser” con la nada. Es como un guiño ambiguo que viene del nirvana. Aquí, el nombre de Odilon Redon vuelve a rozarnos con frío aliento, pues captó como nadie esta mirada de las cosas en el espejo de la nada y supo penetrar en el pacto entre las cosas y el no-ser. Un murmullo de miradas colma los pasajes. En ellos no hay nada que no pestañee inesperadamente; donde uno menos lo espera, un pequeño ojo desaparece cuando uno lo mira. El espacio le presta su eco al murmullo de estas miradas. “¿Qué me está pasando?” –parpadeo–. Quedamos desconcertados. “Sí, ¿qué te está pasando?”. Y devolvemos en silencio la pregunta. □ □ [R 2 a, 3]