• Buchwald

Walter Benjamin: Fragmentos expediente [H]

Uno puede asumir que el auténtico coleccionista saca al objeto de su entorno funcional. Sin embargo, se trata de una perspectiva que está lejos de abarcar en su totalidad este singular comportamiento. Pues, ¿no sería la base sobre la que se construye –siguiendo a Kant y Schopenhauer– una contemplación “desinteresada”, aquella que le proporciona al coleccionista una visión incomparable del objeto, una mirada que ve más y otras cosas que la del propietario profano, y que sería preferible comparar con la del gran fisonomista? Para poder pensar con más precisión cómo esa mirada incide en el objeto, necesitamos hacer otra reflexión. Es importante tener en cuenta que: para el coleccionista, el mundo está presente en cada uno de sus objetos; y lo está de forma ordenada. Pero según un criterio sorprendente, incomprensible para el profano. Este se relaciona al orden común y esquematización de las cosas más o menos como una enciclopedia al orden natural. Basta con recordar la trascendencia que para todo coleccionista no sólo tiene el objeto, sino también todo su pasado, tanto el de su origen y propósito, como los detalles de su historia aparentemente externa: propietario anterior, precio de adquisición, precio actual, etc. Todo esto –datos “objetivos” y los demás– se junta para el verdadero coleccionista en cada uno de los objetos que posee y forma una enciclopedia mágica, un orden del mundo, cuyo epítome es el destino de su objeto. Y es aquí, en este campo tan limitado, donde podemos comprender cómo los grandes fisonomistas (y los coleccionistas son fisonomistas del mundo de las cosas) se convierten en intérpretes del destino. Basta con mirar cómo el coleccionista agarra los objetos de su vitrina. Apenas los tiene en sus manos, parece inspirado por ellos, parece ver a través de ellos –como un mago– en su lejanía. (Sería interesante estudiar al coleccionista de libros como el único tipo de coleccionista que no separó completamente sus tesoros de su contexto funcional). [H 2, 7; H 2 a, 1]


Jamás se debe confiar en lo que los escritores dicen de sus textos. Cuando Zola quiso defender su Thérèse Raquin de las críticas virulentas, explicó que su libro era un estudio científico del temperamento. Su objetivo había sido construir meticulosamente un caso que mostrara cómo el temperamento sanguíneo y el nervioso interactuaban en perjuicio mutuo. Nadie quedó satisfecho con tal declaración. Ni siquiera explica la impronta cursi, drama sanguinario y la violencia casi cinematográfica de la obra. No es una casualidad que tenga lugar en un pasaje. Si explora científicamente algo, es la agonía de los pasajes parisinos, el proceso de descomposición de una arquitectura. La atmósfera del libro está saturada de sus venenos, y es esta la que destruye a sus personajes. [H 1, 3]