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Walter Benjamin: Magia del umbral

Magia del umbral. A la entrada de la pista de hielo, de la cervecería, de la cancha de tenis, de los lugares turísticos: penates. La gallina que pone pralinés en forma de huevos de oro, la máquina que estampa nuestros nombres, tragamonedas, aparatos que predicen el futuro y, sobre todo, balanzas –el délfico γνῶϑι σεαυτóν contemporáneo– custodian el umbral. Lo curioso es que no prosperan en la ciudad, sino cerca de los lugares de excursión y Biergarten, en los suburbios. Y el paseo de los domingos no solo requiere aire libre y naturaleza, sino también misteriosos umbrales. Por cierto, ese mismo misterio impera también, aunque más furtivo, en el interieur de la casa burguesa. Las sillas y las fotografías que flanquean un umbral o el marco de una puerta son deidades domésticas venidas a menos que todavía hoy están llamadas a apaciguar la violencia que nos da timbrazos en el corazón. Sin embargo, tratá de oponerte: estate solo en casa sin atender ese timbre insistente. Verás que es tan difícil como un exorcismo. Como toda sustancia mágica, en algún momento ésta también se redujo, en forma de pornografía, al sexo. En 1830, París disfrutaba de litografías obscenas que tenían puertas y ventanas corredizas. Eran las images dites à portes et à fenêtres de Numa Bassajet. [I1a,4]