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Hermanos Grimm: Blancanieves, versión de 1812

Era invierno y los copos de nieve caían como plumas del cielo. Una hermosa reina cosía sentada junto a una ventana enmarcada en madera negra de ébano. Y mientras cosía, se asomó por la ventana, levantó la mirada hacia la nieve y se pinchó el dedo con la aguja. Tres gotas de sangre cayeron en la nieve. Y como el rojo se veía tan lindo junto al blanco pensó: me gustaría tener una criatura tan blanca como la nieve, roja como la sangre y negra como este marco. Y poco después tuvo una hija tan blanca como la nieve, roja como la sangre y negra como la madera de ébano, por eso la llamó Blancanieves.


La reina era la mujer más hermosa del reino, y estaba orgullosa de serlo. Todas las mañanas se paraba frente a su espejo y preguntaba:


“Espejito, espejito:

¿quién es la mujer más hermosa de estas tierras?”.


El espejo siempre respondía:

“Usted, señora reina, es la mujer más hermosa de estas tierras”.


Estaba segura de que nadie era más hermosa que ella. Pasó el tiempo y Blancanieves creció. A los siete años era, incluso, más hermosa que la reina. Y cuando ésta le preguntó al espejo:


“Espejito, espejito:

¿quién es la mujer más hermosa de estas tierras?


El espejo respondió:

“Señora reina, usted es la mujer más hermosa aquí presente,

pero Blancanieves es mil veces más hermosa.


Apenas escuchó las palabras del espejo, la reina se puso pálida de envidia y a partir de ese momento comenzó a odiar a Blancanieves. Cada vez que la miraba y pensaba que Blancanieves era la culpable de que ella haya dejado de ser la más hermosa del mundo, sentía una punzada en el corazón. Su envida la atormentaba. Llamó a un cazador y le dijo: “lleva a Blancanieves a un lugar apartado del bosque, apuñalala hasta que muera y como prueba traeme sus pulmones y su hígado, que los voy a cocinar con sal y me los voy a comer”. El cazador buscó a Blancanieves y se la llevó, pero apenas sacó su daga y quiso apuñalarla, ella comenzó a llorar, le rogó por su vida y le dijo que se perdería para siempre en el bosque y nunca más volvería. El cazador se apiadó de ella porque era muy hermosa, y pensó: los animales salvajes pronto se la van a comer, no necesito asesinarla. Como un joven jabalí acababa de pasar, lo apuñaló, le sacó los pulmones y el hígado y se los llevó a la reina como pruebas, y ella los cocinó con sal y se los comió creyendo estar comiéndose los pulmones y el hígado de Blancanieves.


Blancanieves permaneció completamente sola en el bosque y comenzó a caminar y caminar por las piedras escarpadas y por matorrales espinosos: cuando el sol comenzó a ocultarse, llegó a una casita. La casita pertenecía a siete enanos que habían ido a trabajar a la mina. Blancanieves entró y se encontró con que todo era diminuto y lindo y limpio: había una mesa con siete platitos, siete cucharitas, siete cuchillitos y siete tenedores diminutos, siete vasitos y en la pared estaban apoyadas siete camitas recién tendidas. Blancanieves tenía hambre y sed, comió un poco de verdura y pan de cada plato, bebió un poco de vino de cada vasito, y como estaba tan cansada quiso echarse a dormir. Entonces probó cada una de las siete camitas, pero solo la séptima le gustó y se metió y se quedó dormida. Cuando llegó la noche los siete enanos regresaron de su trabajo, encendieron sus siete lamparitas y vieron que alguien había estado en su casa. El primero dijo: “¿quién se sentó en mi sillita?”. El segundo: “¿quién comió de mi platito?”. El tercero: “¿quién comió de mi pancito?”. El cuarto: “¿quién comió de mi verdurita?. El quinto: “¿quién usó mi tenedorcito?”. El sexto: “¿quién cortó con mi cuchillito?”. El séptimo: ¿quién tomó de mi vasito?”. El primero comenzó a inspeccionar y dijo: “¿quién se acostó en mi camita?. El Segundo: “ay, en la mía también estuvo alguien” y así todos hasta el séptimo, que, cuando vio su camita se encontró con Blancanieves durmiendo en ella. Entonces se acercaron corriendo y gritaron del asombro, y con sus siete lamparitas alumbraron a Blancanieves, “¡ay, Dios mío! ¡ay, Dios mío!”, gritaban, “¡pero qué hermosa!”. Estaban complacidos con su presencia y la dejaron en la cama durmiendo; el séptimo enano durmió una hora en la cama de cada uno de sus compañeros. Cuando Blancanieves se despertó le preguntaron quién era y cómo había llegado a su casa, entonces ella contó cómo su madre había mandado a matarla y que el cazador le había perdonado la vida y que había caminado todo el día y que finalmente había llegado a su casita. Los enanos se compadecieron de ella y le dijeron: “si te encargas de la casa, cocinas, coses, haces las camas, tejes, si mantienes todo en orden y limpio, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará; nosotros regresamos de noche a casa y la comida tiene que estar lista; durante el día trabajamos en la mina sacando oro y vas a estar sola, ten cuidado de la reina y no dejes entrar a nadie.


La reina creía haber vuelto a ser la más hermosa del territorio, y a la mañana se plantó ante el espejo y le preguntó:


“Espejito, espejito:

¿quién es la mujer más hermosa de estas tierras?”.


El espejo respondió:

“Señora reina, usted es la mujer más hermosa aquí presente,

pero Blancanieves, más allá de las siete montañas,

sigue siendo mil veces más hermosa que usted.


Apenas escuchó esas palabras, la reina se estremeció y se dio cuenta de que había sido engañada y que el cazador no había asesinado a Blancanieves. Y como los únicos que habitaban en las siete montañas eran los siete enanos, supo enseguida que ella estaba con ellos. Así que volvió a hacer planes para asesinarla, porque mientras el espejo no dijera que ella, la reina, era la mujer más hermosa en todo el territorio, no tendría paz. Como ya no podía confiar en nadie, se disfrazó de una vieja comerciante, se pintó la cara para que nadie la reconociera y fue a la casa de los enanos. Tocó la puerta y dijo: “abran, abran, soy yo, la vieja comerciante con un montón de buenos productos”. Blancanieves abrió la ventana: “¿y qué cosas tenés?”. “Cordones, amor mío” dijo la vieja y le mostró uno que estaba trenzado con seda amarilla, roja y azul; “¿lo querés?”. “Uy, sí” dijo Blancanieves, y pensó que a la buena señora podía dejarla pasar; le quitó el cerrojo a la puerta y se ató el cordón en el cuello. “Pero qué nudo tan mal hecho”, dijo la vieja, “vení, que te lo hago bien”. Blancanieves se acercó y entonces la vieja apretó y apretó tanto el cordón que Blancanieves se cayó al suelo. La reina quedó satisfecha y se fue. Poco después anocheció y los siete enanos regresaron a casa y se asustaron al ver a Blancanieves tirada en el suelo, como si estuviera muerta. La levantaron y vieron el cordón apretado, lo cortaron y ella volvió a respirar. “Esto no pudo haber sido más que la reina”, dijeron, “ten cuidado, no dejés entrar a nadie”.


La reina le preguntó al espejo:

“Espejito, espejito:

¿quién es la mujer más hermosa de estas tierras?”.


El espejo respondió:

“Señora reina, usted es la mujer más hermosa aquí presente

pero Blancanieves, en compañía de los siete enanos,

es mil veces más hermosa que usted.


Al enterarse que Blancanieves seguía con vida se estremeció tanto que la sangre se le subió al corazón. Pasó el resto del día y la noche pensando en cómo matarla, hasta que envenenó un peine, se disfrazó de otra manera y volvió a salir. Tocó la puerta, pero Blancanieves respondió: “no puedo dejar pasar a nadie”, entonces sacó el peine y como Blancanieve vio que no se trataba de la vieja comerciante, abrió y le compró el peine. “Dejame peinarte”, le dijo la comerciante, y apenas le puso el peine en el pelo, Blancanieves cayó al suelo. “Ahora sí vas a quedar muerta”, dijo la reina, y se sintió aliviada y se fue a casa. Por suerte, los enanos llegaron a tiempo y le quitaron el peine envenenado del pelo, entonces Blancanieves abrió los ojos y les prometió a los enanos que nunca más le abriría la puerta a nadie.


La reina se puso ante el espejo:

“Espejito, espejito:

¿quién es la mujer más hermosa de estas tierras?”.


El espejo respondió:

“Señora reina, usted es la mujer más hermosa aquí presente

pero Blancanieves, en compañía de los siete enanos,

es mil veces más hermosa que usted”.


Al escuchar estas palabras, tembló de ira: “¡Blancanieves tiene que morir aunque me cueste la vida!”. Entonces se encerró en su habitación secreta y preparó una manzana con una mitad venenosa, por fuera era tan perfecta y roja, que en quien la viera seguro despertaba el deseo de comérsela. Esta vez se disfrazó de campesina, fue a la casa de los enanos y tocó la puerta. Blancanieves la vio y dijo: “no puedo abrirle a nadie, los enanos me lo prohibieron”. “Está bien”, dijo la campesina, “si no querés manzanas, no puedo obligarte. Alguna otra persona las querrá, pero voy a dejarte una de prueba”. “No, tampoco puedo recibir regalos, los enanos no quieren nada”. “Entiendo que tengas miedo, así que voy a cortar la manzana en la mitad y me voy a comer un pedazo, el otro es para vos”. Blancanieves vio a la campesina comer mientras su deseo por probarla iba creciendo, así que dejó que le pasara la mitad por la ventana y apenas tuvo un bocado en la boca cayó muerta en el suelo.


La reina estaba satisfecha, se fue a casa y le preguntó al espejo:

“Espejito, espejito:

¿quién es la mujer más hermosa de estas tierras?”.


El espejo respondió:

“Usted, señora reina, es la mujer más hermosa de estas tierras”.


“Por fin puedo estar en paz”, dijo la reina, “soy la más hermosa de estas tierras y Blancanieves está muerta”.

Al anochecer, los enanos regresaron de la mina y vieron a Blancanieves en el suelo. Hicieron todo lo posible, pero nada sirvió, no pudieron devolverle la vida. La pusieron en un féretro, los siete se apoyaron en él y lloraron tres días seguidos, luego quisieron enterrarla, pero vieron que no parecía muerta y que todavía tenía las mejillas rojas. Entonces, hicieron un féretro de vidrio, la pusieron en él de modo que siempre se pudiera ver y escribieron con letras doradas su nombre y linaje, y a partir de ese momento uno siempre se quedaría cuidándola.


Blancanieves estuvo mucho, mucho tiempo en el féretro y su cuerpo no se descompuso, seguía tan blanca como la nieve y roja como la sangre y si hubiera podido abrir sus ojitos, estos hubieran sido tan negros como la madera de ébano. Allí yacía, como si estuviera durmiendo. Un día, un príncipe pidió posada en la casa de los enanos y cuando entró y vio a Blancanieves en el féretro de vidrio y las siete linternitas iluminándolo, leyó en la inscripción en letras doradas que se trataba de la hija de una reina y quedó encantado. Les pidió a los enanos que le vendieran el féretro con Blancanieves muerta, pero no lo hubieran hecho ni por todo el oro del mundo; entonces, les dijo que se lo regalaran porque no podía vivir sin ella, que la cuidaría y honraría como lo más preciado en el mundo. Los enanos tuvieron lástima por él y le dieron el féretro, y el príncipe lo hizo cargar a su castillo y ubicar en su habitación; pasaba todo el día junto a ella, sin sacarle la mirada de encima; y cada vez que tenía que salir y no podía ver a Blancanieves, cada vez que el féretro no estaba a su lado, estaba triste y no probaba bocado. Los sirvientes, que llevaban el féretro por todos lados, estaban molestos con la situación y una vez uno lo abrió, levantó a Blancanieves y dijo: “por esta muchacha muerta nos atormentan constantemente” y le dio un golpe en la espalda. Entonces, el pedazo de manzana que tenía en la garganta se desprendió y Blancanieves volvió a la vida. Ella fue donde estaba el príncipe, que no supo qué hacer con su felicidad cuando vio a Blancanieves en vida. Se sentaron en el comedor y cenaron alegres.


Al día siguiente se anunció la boda y la impía de la madre de Blancanieves también fue invitada. Esa mañana, cuando se paró frente al espejo dijo:


“Espejito, espejito:

¿quién es la mujer más hermosa de estas tierras?”.


El espejo respondió:

“Señora reina, usted es la mujer más hermosa aquí presente

pero la joven reina es mil veces más hermosa que usted”.


Al escuchar esas palabras tuvo tanta, tanta ira y tanto, tanto miedo que se quedó sin habla. Pero fue tal su envidia que fue a la boda para ver a la joven reina, y cuando llegó, descubrió que se trataba de Blancanieves. A la reina le habían preparado una zapatillas de acero que habían puesto en el fuego. Cuando estuvieron incandescentes la obligaron a ponérselas y a bailar, y no le permitieron parar hasta que muriera.