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  • Buchwald

Gustav Meyrink: Las plantas del Dr. Cinderella

Esa pequeña estatuilla de bronce que ves entre los candelabros es la causa de mi extraña existencia.


Cada uno de los oscuros eventos que la conforman consume mi vitalidad; son eslabones de una cadena que, cada vez que lo pienso, tiene siempre su origen en el bronce.


Aunque me engañe y trate de inventar otras causas, siempre está allí.


Lo cierto es que no tengo fuerzas suficientes para imaginar cómo va a terminar esto, no me importa si alcanzo algún nuevo tipo de conocimiento o sucumbo a un creciente horror. Sólo me aferro a los breves momentos de paz que mi destino me confiere y espero el próximo estremecimiento.


Fue en Tebas. Por casualidad toqué con mi bastón algo en la arena del desierto y desenterré la estatuilla. Apenas pude examinarla con más cuidado, me sentí poseído por una curiosidad enfermiza, una necesidad feroz de entender su significado. ¡Nunca había tenido tanta urgencia de conocimiento!


Hablé con toda clase de investigadores y científicos, sin éxito.


Solo un viejo coleccionista árabe parecía tener una vaga idea de qué se trataba.


– Es la reproducción de un jeroglífico egipcio –dijo.


Según él, la extraña postura de los brazos representaba algún tipo de estado extático.


Me llevé el bronce a Europa. Pasaba las noches en vela, pensando, perdido en extrañas reflexiones sobre su misterioso significado.


Una inquietante sensación comenzó a apoderarse de mí: pensaba en algo venenoso, malévolo, que se liberaría de su condena a la no existencia y se desprendería con satisfacción maliciosa para después alimentarse de mí como una enfermedad incurable. Sería el oscuro tirano de mi vida.


Un día, durante una actividad completamente trivial, la idea que resolvió el enigma me atravesó la mente con tanta fuerza y sorpresa que me estremeció.


Esas inspiraciones repentinas son como meteoritos en nuestra vida interior. No conocemos su origen, solo vemos su incandescencia y su caída…


Es casi como el miedo… y luego… un susurro suave, como si un extraño... ¡¿Qué estaba diciendo?! Perdoná, desde que mi pierna izquierda está paralizada a veces me distraigo ah, sí… de repente, la respuesta a mis inquietudes estaba frente mío: ¡imitar!


Y como si esa palabra hubiera derribado algún tipo de contención, las enormes e incontrolables olas del conocimiento se abalanzaron sobre mí y pensé: eso y sólo eso es la clave de todos los enigmas de nuestra existencia.


Una imitación secreta y automática, inconsciente, incansable, el conductor oculto de todos los seres.


Un conductor todopoderoso y misterioso, un piloto de rostro velado que, al amanecer, ingresa silenciosamente en el barco de la vida; habita el abismo en el que nuestra alma entra cuando el sueño profundo cierra las puertas del día. Y tal vez, en lo profundo de ese abismo, en el ámbito del ser incorpóreo, se alza la imagen arquetípica de un demonio que quiere que seamos como él y nos convirtamos en su reflejo... Y esta palabra, “imitar”, ese breve llamado de “algún lugar”, se convirtió en un camino que no dudé en seguir. Me paré, levanté los brazos como la estatua y dejé caer los dedos hasta que tocaron mi cabeza.


Nada sucedió.


No hubo cambio ni dentro ni fuera de mí.


Examiné la figura más detenidamente, por si estaba cometiendo algún error en la postura. Noté que sus ojos estaban cerrados, como si estuviera durmiendo.


Entonces lo supe. Interrumpí el experimento y esperé hasta que cayera la noche. Desactivé los relojes y me acosté, imitando la posición de los brazos y las manos.


Pasaron algunos minutos, pero no recuerdo haberme quedado dormido.


De repente, sentí como si desde mi interior saliera un ruido, como si en mí rodara una gran piedra colina abajo.


Y como si mi conciencia fuera detrás, como si cayera por una escalera enorme, saltando dos, cuatro, ocho, cada vez más y más peldaños… así fueron perdiéndose los recuerdos de mi vida, y el fantasma de la pseudo-muerte se posó sobre mí.


Lo que ocurrió después, no lo diré, nadie lo diría.


Se comenta, en tono de burla, que los egipcios y caldeos guardaban un secreto mágico, custodiado por cobras, que ningún iniciado hubiera revelado jamás.


“¡No existe juramento tan fuerte!” se suele decir.


Yo también pensaba así, pero en ese momento lo comprendí todo.


No se trata de algo ajeno a la experiencia humana, en el que las percepciones se suceden una tras otra, y no hay juramento que contenga a la lengua; basta con insinuar algo aquí, en este plano de la realidad, para que las víboras de la vida se lancen sobre tu corazón.


El secreto permanece sin ser dicho porque se acalla a sí mismo, y seguirá siendo un misterio mientras el mundo exista.


Pero todo esto solo está tangencialmente relacionado con el golpe abrasador del cual nunca podré recuperarme. El destino mundano de una persona puede cambiar su rumbo y romper por un momento las barreras del conocimiento terrenal.


Yo soy un ejemplo viviente.


Desde la noche en la que salí de mi cuerpo –no tengo otras palabras para describir lo que me pasó–, el rumbo de mi vida ha cambiado, y mi existencia, antes tan apacible, ahora atraviesa experiencias extrañas y aterradoras, y busca algún oscuro y desconocido destino.


Es como si una mano me concediera cada vez menos descanso en intervalos cada vez más cortos, como si pusiera experiencias aterradoras en mi camino, cada una peor que la anterior. Como si quisiera generar –lenta y cuidadosamente– en mí una nueva y desconocida forma de la locura, una que no se puede notar o sospechar desde el exterior y de la cual solo alguien afectado por ella es consciente.


En los días siguientes al intento con el jeroglífico, comenzaron a pasarme cosas que en un principio consideré ilusiones de mis sentidos. Escuchaba zumbidos extraños o chillidos que irrumpían de la nada en el permanente ruido de la vida cotidiana, veía colores resplandecientes que nunca antes había conocido. En la oscuridad comencé a ver seres misteriosos, imperceptibles para los demás. Podían cambiar su forma y de la nada yacer como muertos; luego, huían deslizándose como largos filamentos babosos o esperaban, aparentemente agotados, en lugares oscuros.


Este estado no es permanente, crece y decrece como la luna.


Sin embargo, cada vez tengo menos interés en la existencia humana, sus deseos y esperanzas solo me llegan como un eco lejano, y eso me dice que mi alma está atravesando un viaje oscuro lejos, muy lejos de la humanidad. Al principio, me dejaba conducir por las mudas intuiciones que se apoderaban de mí; ahora, soy como un caballo ensillado y debo seguir los caminos que me obligan a tomar. Mirá, una noche, me volvió a arrastrar y me llevó, sin rumbo fijo, por las silenciosas calles de la ciudad vieja, simplemente por el efecto de extrañamiento que generan las casas viejas.


No hay nada tan lúgubre como ese barrio.


Nunca es totalmente de día ni de noche.


Allí un tenue y turbio resplandor lo cubre todo, como un vapor fosforescente que se esparce por Hradčany.


Doblás una esquina y te encontrás ante la oscuridad total y, de repente, de una ventana, un haz de luz se clava en tus pupilas como una aguja.


De la niebla se alza una casa… los hombros desmoronados y la frente retraída… mira ausente a través de unos tragaluces vacíos hacia el cielo nocturno, como un animal muerto.


Otra se estira ansiosa, sus ventanas brillantes, y mira fijamente el fondo del pozo, allí donde el hijo del orfebre se ahogó hace cien años. Y cuando seguís caminando sobre los adoquines abultados y te das la vuelta, podrías jurar que algo viscoso y pálido te ha estado mirando todo el tiempo, desde la esquina… no a la altura de tu mirada, no, sino abajo, desde el suelo.


No había nadie en las calles.


Silencio sepulcral.


Las puertas de las antiguas casas eran bocas mudas. Doblé en la calle Thun, donde se encuentra el Palacio de la Condesa Morzin.


En la bruma, esperaba agazapada una casa angosta, solo dos ventanas de ancho, una construcción frenética y malévola; allí me ordenaron detenerme, y sentí que algo comenzaba a vigilarme.


En esos casos, actúo rápidamente, poseído por una voluntad ajena, y apenas sé lo que me depara el próximo instante.


Empujé la puerta entreabierta y entré. Caminé por un pasillo hasta llegar a una escalera que llevaba al sótano, siempre con la sensación de ser parte de la casa.


Abajo, la rienda invisible que me arrastraba me soltó como si liberara a un animal en cautiverio, y quedé en la oscuridad con la angustiosa conciencia de haber actuado sin voluntad.


¿Por qué había bajado? ¿Por qué no había siquiera pensado en detener semejante ocurrencia? Estaba enfermo, evidentemente enfermo, y me alegré de entender que esa era la causa y no una fuerza misteriosa.


Pero enseguida me di cuenta de que había abierto la puerta, había entrado en la casa, había bajado las escaleras sin tropezar ni una vez, había actuado como alguien que conoce cada rincón. Mi esperanza se desvaneció.


Poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y miré alrededor. En un escalón de la escalera del sótano, había alguien sentado. ¿Cómo no lo había rozado al pasar?


Vi una borrosa figura encorvada en la oscuridad. Una barba negra sobre un pecho desnudo.


También los brazos estaban desnudos.


Solo las piernas parecían estar cubiertas.


La posición de las manos tenía algo espeluznante, estaban dobladas de manera tan extraña, casi en ángulo recto.


Lo miré fijamente.


Estaba inmóvil como un cadáver y me dio la impresión de que su forma se había fijado en la oscuridad y permanecería así hasta que la casa se desmoronara.


Sentí un escalofrío y avancé por el pasillo, ahora siguiendo su curva.


En un momento me acerqué a la pared y toqué una verja de madera, como las que se usan para guiar a las enredaderas. Debe de haber habido muchas plantas, porque casi quedo atrapado en una red de algo parecido a tallos.


Me extrañó que esas plantas, o lo que fueran, se sintieran cálidas y carnosas, y, en general, causaban al tacto una impresión animal.


Volví a estirar la mano, solo para retroceder asustado: esta vez había tocado un objeto redondo del tamaño de una nuez, que se sentía frío al tacto y que se alejó de inmediato. ¿Era un escarabajo?


En ese momento, una luz parpadeó en algún lugar e iluminó la pared durante un segundo.


Lo que experimenté en ese momento no se compara con nada en términos de miedo y horror. Cada fibra de mi cuerpo gimió en un terror indescriptible. Un grito mudo de cuerdas vocales paralizadas atravesaba todo mi ser como un escalofrío.


La pared estaba cubierta, desde el suelo hasta el techo, de ramificaciones de venas color rojo sangre, de las cuales brotaban cientos de ojos. El que acababa de tocar aún temblaba y me miraba maliciosamente.


Sentí que iba a desmayarme y di dos o tres pasos hacia la oscuridad. Una nube de olores, algo fétido, terroso y húmedo, como vegetal, me golpeó.


Me temblaban las rodillas y moví los brazos como un loco. Entonces, delante de mí, brilló algo que parecía un pequeño anillo incandescente: la mecha apagada de una lámpara de aceite que volvió a encenderse.


Me precipité sobre ella y, con dedos temblorosos, enderecé la mecha, de manera que pude salvar una pequeña llama.


Luego, con un movimiento brusco, me di la vuelta, extendiendo la lámpara como protección.


La habitación estaba vacía.


En la mesa donde estaba la lámpara, había un objeto alargado y brillante.


Mi mano se lanzó hacia él como si fuera un arma.


Pero resultó ser solo un objeto liviano y áspero. Nada se movió, y suspiré aliviado. Con precaución, sin apagar la llama, iluminé las paredes.


Estaban cubiertas de rejillas de madera, y, como pude ver con claridad, cargadas de venas enredadas por las que fluía sangre.


Entre ellas brillaban horribles e innumerables ojos que brotaban como moras en intervalos irregulares y me miraban fijamente al pasar… Eran ojos de todos los tamaños y colores… irises cristalinos, ojos de animal muerto, azul claro, que miraban inmóviles hacia la nada; algunos, arrugados y ennegrecidos, parecían cerezas silvestres podridas. Unas venas más gruesas salían de unos frascos y extraían su jugo de ellos por medio de algún proceso desconocido.


Me topé con cáscaras… llenas de grumos de grasa blanquecina, de las que crecían hongos de una piel vidriosa… hongos de carne roja que se encogían al tocarlos.


Y todo parecía provenir de partes extraídas de cuerpos humanos, ensambladas con una habilidad incomprensible, despojadas de su vitalidad humana y reducidas a un crecimiento puramente vegetativo.


En ellos había vida, lo noté cuando iluminé los ojos más de cerca y vi cómo las pupilas se contraían de inmediato. ¿Quién podría ser el siniestro jardinero que creó este lugar del horror?


Recordé al hombre en la escalera del sótano.


Instintivamente, busqué en el bolsillo algún arma, y entonces sentí el objeto largo que había guardado antes. Brillaba opaco y espinoso: ¡era una piña de pino y estaba formada por uñas humanas!


La dejé caer mientras del horror apretaba los dientes. Salir, sólo salir. Pensé en el hombre en la escalera. ¡¿Iba a despertarse y se abalanzarse sobre mí?! Apenas estuve frente a él cuando noté que estaba muerto… estaba de color amarillo cera.


Le habían arrancado las uñas. Pequeñas suturas en el pecho y las sienes indicaban que había sido diseccionado.


Quería pasar junto a él y, creo, lo toqué con la mano. En ese mismo momento, pareció caer dos escalones y de repente se puso de pie, los brazos alzados, las manos sobre la cabeza.


Como el jeroglífico egipcio, la misma posición, ¡la misma posición!


Solo recuerdo que la lámpara se rompió, que se abrió de golpe una puerta mientras sentía una mano fría que apretaba mi corazón convulsionado…


Entonces tuve un momento de claridad… el hombre debió haber estado atado de los codos a cuerdas, solo al deslizarse por las escaleras su cuerpo pudo haber adoptado la posición vertical… y luego… luego alguien me sacudió:


–Debe ir a ver al comisario.


Entré en una habitación mal iluminada, un abrigo de funcionario colgaba en un perchero… Era una estación de policía.


Un agente me sostenía.


El comisario estaba sentado frente a una mesa y trataba de no mirarme… murmuraba:


–¿Tomó los datos del señor?


–Llevaba consigo su tarjeta –escuché que respondía el agente.


–¿Qué hacía usted en la Thunsche Gasse, frente a una puerta abierta?


Larga pausa.


–¡Responda! –advirtió el agente de policía y me empujó.


Balbuceé algo acerca de un asesinato en el sótano en la casa de la Thunschen Gasse…


Entonces el guardia salió.


El comisario seguía apartando la mirada y dijo algo que sólo entendí en parte.


–¿En qué está pensando? … Doctor Cinderella es un erudito…egiptólogo… cultiva muchas plantas carnívoras… Nepentes, Droseras o algo así… creo, no lo sé… no debería salir de noche.


Entonces se cerró una puerta detrás de mí. Me di vuelta y allí estaba una figura alta con un pico de garza. Un Anubis egipcio.


Me desmayé. El Anubis hizo una reverencia al comisario, se acercó a él y me susurró:


–Doctor Cinderella…


¡Doctor Cinderella!


Y entonces recordé algo importante del pasado… algo que olvidé de inmediato.


Cuando volví a mirar al Anubis, se había convertido en un funcionario con rostro aguileño, me entregó mi tarjeta, donde decía: Doctor Cinderella.


El comisario me miró y escuché que decía:


–Ese es usted. No debería salir de noche.


El funcionario me ayudó a salir y rozó el abrigo de policía.


Este cayó lentamente y quedó colgado de las mangas.


Su sombra en la pared blanca levantó los brazos y vi cómo intentaba imitar torpemente la postura de la estatuilla egipcia.


Esa fue la última experiencia que tuve. Sin embargo, desde entonces estoy paralizado: ahora tengo dos rostros y arrastro la pierna izquierda.


He buscado en vano la pequeña casa. En la comisaría, nadie sabe nada de esa noche.

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