• Oskar Schlemmer

¿Ballet?


¡Ballet! Entre las formas esenciales de la danza, el ritual y el baile de disfraces, el ballet tiende a este último. En el baile ritual, predomina la desnudez; en el de disfraces, el vestuario, aquello que enmascara. (Y en el medio, la pobreza de un vestidito y la inconsistencia del ballet contemporáneo, cuya mediocridad lo hace rechazar tanto la desnudez como el vestuario). Para la desnudez, está el templo que, sin embargo, no tenemos y su exigencia de cuerpos, hoy en día, tan escasos, como el espíritu que les da forma. Para el vestuario, está el teatro que, a pesar de estar lejos de su verdadera función, es el lugar donde un evento es -más o menos- conscientemente “presentado” o “representado”. El teatro, el mundo de las apariencias, cava su propia tumba cuando pretende producir realidad, cuando olvida que es, ante todo, artificio. Los medios del arte son artificiales y cada arte en particular se enriquece cuando reconoce y acepta sus medios. El ensayo “Sobre el teatro de marionetas” de Heinrich von Kleist nos muestra, convincentemente, esa artificialidad, al igual que las Piezas fantásticas de E. T. A. Hoffmann (“El perfecto maquinista”, “El autómata”). Hoy en día, Chaplin hace milagros, es capaz de equilibrar la desnaturalización completa y la perfección artística.

La mecanización de la vida por la tecnología -que nuestros sentidos no puede ignorar- y la consciencia de que el cuerpo humano es una máquina, un mecanismo; el arte, especialmente la pintura, que, después de la debacle de la tradición, busca las raíces y las fuentes de la creación y redescubre el inconsciente, lo incomprensible en las formas artísticas de la locura; los pueblos africanos; los campesinos; los niños; incluso las nuevas matemáticas de la relatividad… no son más que manifestaciones de la voluntad por un cambio. La búsqueda de síntesis que predomina en las artes plásticas contemporáneas, que llama a la arquitectura a organizar los distintos e incomunicados campos en una unidad interna y universal, también está presente en las posibilidades del teatro como obra de arte total. Existen buenas posibilidades de alcanzar esa meta, aunque con materiales equivalentes: construiremos con telas y cartón, si la piedra y el acero se convierten en un sueño utópico.

La danza teatral, forma original de la ópera y el teatro, hoy en día se extingue en el ballet. No siempre fue así: alguna vez la danza hizo historia, guiada por aquella musa evasiva, que no dice nada y significa todo. En 1669 Luis XIV hizo su última aparición como bailarín en el Ballet de Flore.

Las fechas que los historiadores consideran hitos de su progreso, marcan, de hecho, las etapas de su decadencia: en 1681 aparecen por primera vez las bailarinas, pues anteriormente los roles femeninos eran protagonizados por hombres; en 1772 se eliminan las máscaras: el hermoso Gardel apareció adornado sólo con su cabello rubio y desplazó a Vestris, que danzaba con una inmensa peluca negra, una máscara y un gran sol dorado en su pecho...

Hoy, la danza teatral vuelve a ser el punto de partida de la renovación. No está sujeta a la tradición, como la ópera y el teatro, ni obligada a la palabra, el tono o el gesto; es libre y está predestinada a llevar silenciosamente lo nuevo en nuestros sentidos: enmascarada y, sobre todo, en silencio.

El Ballet triádico, danza de la trinidad, variación del uno, dos y tres, en forma, color y movimiento, produce, a partir de la planimetría de la superficie de baile y la estereometría de los cuerpos en movimiento, que siguen formas básicas como la recta, la diagonal, el círculo, la elipse, y sus combinaciones, genera la dimensión espacial. Así, la danza, originalmente dionisíaca y pura emoción, se convierte en rigurosamente apolínea en sus límites, alegoría del equilibrio de los opuestos.

El Ballet triádico, que coquetea con lo humorístico sin ser grotesco, que roza lo convencional sin aspirar a su simplicidad, que busca la desmaterialización del cuerpo sin purificaciones místicas, es el primer paso hacia un ballet alemán, un ballet cimentado en su estilo e importancia, capaz de afirmarse frente a otras formas análogas de danza, quizá admirables, pero de naturaleza distinta (el ballet ruso, el sueco).

Septiembre 1922

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