• Arthur Schnitzler

La muerte del soltero


Tocaron a la puerta de forma casi imperceptible, pero el doctor se despertó enseguida, encendió una luz y salió de la cama. Miró a su mujer, que dormía plácidamente, se puso la bata de noche y se dirigió a la antesala. En un principio, no reconoció a la señora con el pañuelo gris en la cabeza que lo estaba esperando.

–El señor está muy mal –dijo– ¿Doctor, podría ser tan amable de ir a verlo enseguida?

Entonces, el doctor reconoció la voz. Era la ama de llaves de su amigo, el soltero. Lo primero que pensó fue: tiene cincuenta y cinco, hace dos años que sufre del corazón, es posible que sea algo grave.

–Enseguida salgo, ¿me espera?

–Discúlpeme, doctor, pero todavía tengo que visitar a otros dos caballeros.

Dio los nombres del comerciante y del poeta.

–¿Y para qué los necesita?

–El señor quiere verlos una vez más.

–¿“Una vez más”?

–Así es, doctor.

Hace llamar a sus amigos, pensó. Tan cerca de la muerte se siente… Y preguntó:

–¿Alguien acompaña al enfermo?

La señora respondió:

–Sí, señor, Johan no se ha movido de su lado.

Y se fue.

El doctor regresó a la habitación y, mientras se apresuraba en vestirse sin hacer ruido, cierta angustia lo invadió. Menos que el dolor de quizá perder a un querido y viejo amigo, se trataba de la sensación vergonzosa de que todos, hasta hace poco jóvenes, ya estaban preparados para la muerte.

Era una noche de primavera tibia y pesada, viajó en un coche descubierto hasta la Ciudad Jardín, en donde vivía el soltero. Levantó la mirada hacia la ventana del dormitorio, abierta de par en par; un débil resplandor brillaba en la oscuridad.

Subió las escaleras, el sirviente abrió, lo saludó con seriedad y bajó la mano izquierda con tristeza.

–¿Cómo? –preguntó el doctor con la respiración entrecortada–, ¿llegué tarde?

–Sí, señor doctor –respondió el sirviente–, hace quince minutos murió el señor.

Tomó aire y entró en la habitación. Su amigo estaba allí, los labios finos, azulados, medio abiertos; los brazos estirados sobre la sábana blanca; su barba blanca y delgada, desgreñada; sobre su frente, pálida y húmeda, unos mechones canosos. La pantalla de su velador echaba una sombra rojiza sobre la almohada. Contempló al muerto. ¿Cuándo fue la última vez que estuvo en nuestra casa?, pensó. Recuerdo que esa noche nevó. Tiene que haber sido el invierno pasado. Nos veíamos tan poco últimamente.

Afuera se escuchó como un tropel de caballos. El doctor se levantó y vio a lo lejos solo ramas que se movían en el viento nocturno.

Entró el sirviente y el doctor le preguntó cómo sucedió.

Era una historia que conocía de memoria: un malestar repentino, la falta de aire, la agitación, el ir y venir por la habitación, el apresurarse al escritorio para volver a desmoronarse en la cama, la sed y los suspiros, el último intento de levantarse y hundirse, finalmente, en la almohada. El doctor asentía con la cabeza, mientras que, con la mano derecha, tocaba la frente del muerto.

Un coche paró delante de la casa. Se acercó a la ventana. Vio bajar al comerciante, mientras éste le lanzaba una mirada interrogativa. El doctor bajó involuntariamente la mano, tal como lo hizo el sirviente cuando lo recibió. El comerciante echó la cabeza hacia atrás, como si no pudiera creerlo, mientras el doctor se encogía de hombros. Se alejó de la ventana, y, súbitamente cansado, se sentó en un sillón frente al muerto.

El comerciante entró. Llevaba un sobretodo amarillo abierto, dejó su sombrero sobre una mesa cerca de la puerta y le dio la mano al doctor.

–Es terrible –dijo–, ¿cómo pudo pasar algo así?

Miró al muerto con desconfianza.

El doctor le contó lo que sabía y añadió:

–Aunque hubiera llegado antes, no habría podido hacer nada.

–Eso piensa usted, hace ocho días hablé por última vez con él en el teatro. Quería invitarlo a cenar, pero tenía otro de sus misteriosos compromisos.

–¿Todavía? –preguntó el doctor con una sonrisa triste.

Se volvió a escuchar otro coche. El comerciante se acercó a la ventana. Pero cuando vio al poeta bajar de él, se alejó, no tenía intención de ser el mensajero de la terrible noticia, ni siquiera con un gesto. El doctor había sacado un cigarrillo y no dejaba de moverlo entre sus dedos.

–Es una costumbre de mi época de residente –observó disculpándose–. En las noches, cuando salía de la enfermería, lo primero que hacía era encenderme un cigarrillo, haya hecho una autopsia o solo dado una inyección de morfina.

–¿Sabe –dijo el comerciante– hace cuánto que no he visto un muerto? Catorce años… desde que vi por última vez a mi padre en una camilla.

–¿Y… su mujer?

–La acompañé hasta el último momento, pero… después ya no más.

El poeta llegó, les dio la mano a los otros mientras miraba con inseguridad hacia la cama. Después se acercó más decidido y contempló al muerto con seriedad, pero con un gesto despectivo en los labios. Lo expresó a su manera. Muchas veces se había entretenido pensando en cuál de sus amigos más cercanos sería el primero en tomar el último camino.

Entró la ama de llaves. Con lágrimas en los ojos, se arrodilló ante la cama, sollozó y juntó las manos. El poeta le puso la mano sobre el hombro como consolándola.

El comerciante y el doctor estaban junto a la ventana, la oscura brisa de primavera revoloteaba por sus cabezas.

–Me llama la atención –comenzó el comerciante– que nos haya hecho llamar. ¿Quería vernos reunidos en su lecho de muerte? ¿Tenía algo importante que decirnos?

–En mi caso no tiene nada de raro, soy doctor. Y usted –se dirigió al comerciante– lo aconsejaba a veces en los negocios. Quizá quería encargarle personalmente alguna disposición testamentaria.

–Puede ser –dijo el comerciante.

La ama de llaves se había retirado y los amigos la escucharon hablar afuera con el sirviente. El poeta seguía parado frente a la cama, sumergido en un misterioso diálogo con el muerto.

–Él –se dirigió el comerciante en silencio al doctor–, él, creo, pasaba últimamente más tiempo con el soltero. Quizá pueda aclarar la situación.

El poeta estaba inmóvil, clavaba su mirada en los ojos cerrados del muerto. Había cruzado sus manos, que sostenían el sombrero gris de ala ancha, detrás de su espalda. Los otros dos caballeros se estaban impacientando. El comerciante se le acercó y tosió ligeramente.

–Hace tras días –contó el poeta–dimos un largo paseo por el parque. ¿Quieren saber de qué habló? De un viaje a Suecia que pensaba hacer en verano, de un nuevo libro ilustrado de Rembrandt, editado en Londres por Watson, y de Santos Dumont. Dio todo tipo de explicaciones físico-matemáticas sobre la aerodinámica del dirigible, que yo, sinceramente, no entendí bien. No pensaba en la muerte. Claro que tenía todo el derecho y la edad para no pensar en ella.

El doctor se había ido a la habitación contigua. Allí podía encender un cigarrillo sin remordimientos. Tuvo una intuición extraña, verdaderamente siniestra, al ver en el plato de bronce cenizas blancas. ¿Por qué sigo aquí?, pensó, mientras se sentaba en el sillón frente al escritorio. Evidentemente solo fui llamado como médico, tengo más derecho de irme que ellos. Nuestra amistad era reciente. A mi edad, seguía pensando, es impensable para una persona como yo entablar una amistad con alguien que no tiene profesión, que nunca la tuvo. ¿A qué se hubiera dedicado si no hubiera sido rico? Probablemente a escribir; era un intelectual perspicaz… Y recordó algunas observaciones maliciosas del soltero, especialmente sobre las obras de su amigo común, el poeta.

Entraron los otros dos caballeros. El poeta puso cara de ofendido al ver al doctor sentado en el sillón con un cigarrillo en la mano, que, por cierto, todavía no había encendido, y cerró la puerta detrás de sí. En cierto modo, ahora estaban en otro mundo.

–¿Tiene alguna idea? –preguntó el comerciante.

–¿Sobre qué? –preguntó distraído el poeta.

–¡De por qué nos llamó precisamente a nosotros!

Al poeta le parecía inútil buscar alguna razón especial.

–Nuestro amigo –explicó– sintió a la muerte cerca y, aunque era un solitario, por lo menos últimamente… en tales circunstancias es posible que la inclinación natural del espíritu, que originalmente es social, despertara en él la necesidad de estar rodeado de las personas más cercanas.

–En cualquier caso, tenía una amante –comentó el comerciante.

–Amante –repitió el poeta, y levantó la ceja de forma despectiva.

Entonces, el doctor notó que el cajón del escritorio estaba medio abierto.

–¿No estará aquí su testamento? –dijo.

–Qué importa –opinó el comerciante–, por lo menos en este momento. Por cierto, tiene una hermana que está casada y vive en Londres.

El sirviente entró. Se tomó la libertad de pedir consejos sobre la capilla ardiente, el entierro, la esquela de defunción. Según sabía, el señor había dejado con su abogado un testamento, pero dudaba que contuviera alguna disposición sobre esos asuntos. El poeta se sintió sofocado en la habitación. Corrió la pesada cortina roja y abrió de par en par las ventanas. Una franja azul oscuro de la noche primaveral fluyó en el cuarto. El doctor le preguntó al sirviente si no sabía por qué el muerto los había hecho llamar, porque ahora que lo pensaba, hacía años que no lo llamaban a esa casa por motivos médicos. El sirviente recibió la pregunta como si la hubiera estado esperando, sacó una carpeta demasiado grande del bolsillo de su saco, buscó un papel en ella e informó que ya hace siete años el señor había apuntado los nombres de los amigos que deseaba reunidos alrededor de su lecho de muerte. Y en el caso de que el señor no hubiera estado consciente, él mismo, por propio impulso y sin autorización, hubiera hecho llamar a los caballeros.

El doctor tomó el papel de la mano del sirviente y vio cinco nombres escritos en él: además de aquellos de los ya presentes, estaba el de un amigo que había muerto hace tres años y el de un desconocido. El sirviente explicó que se trataba de un industrial que el soltero solía frecuentar hace nueve o diez años, pero que su dirección se había perdido y olvidado. Los caballeros se miraron desconcertados y molestos.

–¿Qué buscaba con todo esto? –preguntó el comerciante–. ¿Pretendía dar un discurso en su lecho de muerte?

–Su propio discurso funerario –acotó el poeta.

El doctor estaba mirando el cajón abierto del escritorio y, de pronto, desde un sobre, en grandes letras imprentas, las tres palabras lo miraron fijamente: “A mis amigos”.

–¡Oh! –exclamó.

Agarró el sobre, lo levantó en el aire y se lo mostró a los otros.

–Esto es para nosotros –se dirigió al sirviente, mientras le insinuaba con un movimiento de cabeza que estaba de más.

El sirviente se fue.

–Para nosotros –dijo el poeta con los ojos bien abiertos.

–No hay duda de que estamos autorizados a abrirla –opinó el doctor.

–Obligados –dijo el comerciante y se cerró el sobretodo.

El doctor sacó de un vaso de cristal un cortapapeles, abrió el sobre, dejó la carta sobre la mesa y se puso los quevedos. El poeta aprovechó ese instante para agarrar la carta y desdoblarla.

–Ya que está dirigida a todos nosotros…–comentó, y se apoyó en el escritorio de tal forma que la luz de la lámpara de techo caía sobre el papel.

El comerciante se puso a su lado. El doctor siguió sentado.

–Podría leer en voz alta –dijo el comerciante.

El poeta comenzó:

“A mis amigos”. Se interrumpió sonriendo.

–Lo volvió a escribir, caballeros –y siguió leyendo con toda naturalidad.

“Hace unos quince minutos estuve contemplando mi alma. Ahora ustedes están reunidos en mi lecho de muerte y se preparan para leer juntos esta carta… si todavía existe cuando muera, quiero decir. Podría ser que vuelva a cambiar de ánimo…”.

–¿Cómo? –preguntó el doctor.

“Que vuelva a cambiar de ánimo” repitió el poeta y continuó leyendo, “…y decidiera destruir esta carta, que no tiene ya importancia para mí y que a ustedes, por lo menos, podría hacerles pasar un mal rato, si no amargarle al uno o al otro directamente la vida”.

“Amargar la vida” se preguntó el doctor, y limpió los lentes de sus quevedos.

–Avancemos –dijo el comerciante con tono emocionado.

El poeta siguió leyendo. “Y me pregunto qué extraño estado de ánimo es el que hoy me lleva al escritorio y hace escribir palabras, cuyo efecto ya no podré leer en sus rostros. Y aunque pudiera hacerlo, el placer sería demasiado moderado como para poder disculpar la infamia extraordinaria con la que estoy a punto de hacerme culpable con la más grata satisfacción”.

–¡Oh!–exclamó el doctor con un tono de voz que no se conocía.

El poeta miró bruscamente molesto al doctor y siguió leyendo, esta vez más rápido, con tono todavía más neutral. “Sí, se trata de un capricho, nada más, pues en el fondo no tengo nada en contra de ustedes. De hecho, a mi manera, los aprecio mucho, como ustedes me aprecian a su manera. Nunca les falté el respeto y, si alguna vez me burlé de alguno de ustedes, fue sin ánimo de ofender. Ni siquiera, de hecho, especialmente, en aquellos momentos que generarán en ustedes los sentimientos más intensos y vergonzosos. Entonces ¿a qué se debe este estado de ánimo? ¿Tal vez se origine en un profundo y noble deseo de no abandonar este mundo con demasiadas mentiras? Si hubiera experimentado una sola vez lo que llaman arrepentimiento, hasta podría creerlo.

–Lea de una vez el final –ordenó el doctor con su nueva voz.

El comerciante simplemente le arrancó la carta de la mano al poeta –que comenzaba a sentir una especie de calambre en sus dedos–, llevó sus ojos rápidamente hacia abajo y leyó: “Fue una fatalidad, mis amigos, y ya no puedo cambiar nada. Estuve con todas sus esposas. Todas”.

De pronto, el comerciante se detuvo y dio vuelta la hoja.

–¿Qué tiene? –preguntó el doctor.

–La carta fue escrita hace nueve años –dijo.

–Siga leyendo –ordenó el poeta.

El comerciante leyó: “Fueron relaciones muy diferentes. Con una fue casi como un matrimonio que duró meses. Con la otra fue lo que normalmente se conoce como una aventura. Con la tercera hasta quisimos dejar juntos este mundo. A la cuarta la empujé por una escalera porque me engañó con otro. Y una fue mi amante una única vez. ¿Es todo, mis queridos amigos? No. Es posible que haya sido la mejor época de mi vida… de la vida de mis amantes. Eso es todo, mis amigos, no tengo más que decirles. Ahora solo queda doblar esta hoja, ponerla en el cajón de mi escritorio y esperar a otro estado de ánimo o a que les sea entregada cuando esté en mi lecho de muerte. Adiós”.

El doctor le quitó al comerciante la carta de la mano y pareció leerla detenidamente de principio a fin. Luego levantó la mirada y vio al comerciante con los brazos cruzados, mirándolo con ironía.

–Aunque su mujer haya fallecido el año pasado –dijo tranquilamente el doctor–, sigue siendo cierto.

El poeta no dejaba de ir y venir por la habitación, movió un par de veces la cabeza como si tuviera una contractura en el cuello; de repente murmuró con furia “canalla” y pudo ver cómo las palabras se desvanecían en el aire. Trataba de recordar la imagen de aquella joven criatura que una vez fue su esposa. Aparecía la imagen de otras mujeres, algunas siempre en su memoria, y de otras que creía haber olvidado, pero justamente la que buscaba no podía hacerla aparecer. Pues el cuerpo de su esposa se había marchitado, había perdido su perfume, y hacía mucho que había dejado de ser su amante. Pero se había convertido en algo más preciado, más noble: una amiga, una compañera; orgullosa de sus triunfos, siempre compasiva con sus decepciones, comprensiva con lo más profundo de su ser. Le pareció muy probable que el viejo soltero, que tanto lo envidiaba en secreto, en su maldad, haya intentado quitarle a su compañera. ¿Todo lo demás… qué valor podía tener? Pensó en aventuras actuales y pasadas, que en su vida de artista nunca le faltaron, y que su esposa había ignorado con una sonrisa… o llanto. ¿Qué fue de todo eso? Se desvaneció, igual que aquel momento en el que su esposa buscó los brazos de un cualquiera, tal vez sin pensarlo, sin siquiera ser consciente de ello; tan perdido como el recuerdo de aquel mismo momento en la cabeza muerta que reposa en esa habitación contigua sobre una almohada dolorosamente arrugada. ¿Será mentira lo que está escrito en el testamento? ¿La última venganza del pobre hombre vulgar, consciente de su eterno olvido, hacia el superior, cuya obra no estaba a merced de la muerte? Era muy probable. Y aunque fuera cierto… es, en cualquier caso, una pequeña venganza fallida.

El doctor tenía la mirada fija en el papel que estaba frente a él en el escritorio, y pensó en la envejecida, dulce, e incluso indulgente mujer que ahora dormía en casa. También en sus tres hijos; en el mayor, que cumplía este año el servicio militar; la hija mayor, que estaba comprometida con un abogado; y la menor, tan bella y encantadora que en el último baile un artista famoso le había pedido permiso para poder retratarla. Pensó en su confortable hogar, y todo lo que arreciaba de la carta en su contra le pareció, no tanto mentira, como de una trivialidad enigmática, incluso sublime. No tenía la sensación de haberse enterado de alguna novedad. Recordó una etapa singular de su vida, ya hace unos catorce o quince años, en la que ciertas contrariedades habían afectado tanto su carrera que, amargado y finalmente trastornado, había pensado en abandonar la ciudad, a su mujer, a su familia. En aquella mala época se había abandonado al libertinaje y frecuentaba a una mujer extraña e histérica que más tarde se suicidó por culpa de otro amante. No recordaba en lo más mínimo cómo su vida poco a poco se había vuelto a encaminar. Fue entonces –una época que vino y se fue como una enfermedad– cuando tuvo que pasar, cuando su mujer lo engañó. Siempre lo había sabido. ¿No estuvo a punto de confesárselo? ¿No había hecho insinuaciones? Hace trece o catorce años… ¿Pero… cuándo? ¿No fue en las vacaciones de verano… una noche en la terraza del hotel?... En vano meditaba sobre palabras perdidas.

El comerciante estaba junto a la ventana y miraba la noche clara y tranquila. Tenía toda la voluntad de recordar a su difunta esposa. Pero, a pesar de sus esfuerzos, al principio solo consiguió verse a sí mismo en una mañana gris y de traje negro, en el marco de una puerta desquiciada, dando y devolviendo apretones de mano con un ligero aroma a antiséptico y flores en la nariz. Progresivamente fue capaz de traer a la memoria la imagen de su esposa. No fue más que solo la imagen de una imagen. Veía el gran retrato con marco dorado que colgaba sobre el piano, en el que se representaba a una altiva dama de treinta años en vestido de noche. Solo entonces apareció como una joven muchacha que, hace casi veinticinco años, pálida y tímida, había aceptado ser su esposa. Luego, ante sus ojos surgió la visión de una espléndida mujer sentada a su lado en el palco del teatro, la mirada dirigida al escenario, emocionalmente distante. Entonces recordó a una mujer nostálgica que lo recibía con inusual pasión cada vez que regresaba de algún largo viaje. Y enseguida pensó en una persona nerviosa y llorona, con ojos color verde mate, que le había amargado la vida con su terrible carácter. Y volvió a aparecer una madre asustada que había pasado la noche junto a un hijo enfermo, que también moriría. Finalmente vio a ese ser postrado –los labios dolorosamente caídos, gotas de sudor frías en la frente, en una habitación que olía a éter– que había llenado su alma de dolorosa compasión. Sabía que todas esas imágenes, y miles más, que ahora pasaban incomprensiblemente rápido por su memoria eran de un mismo ser que habían enterrado hace dos años, que él había llorado y que, después de su muerte, él se había sentido liberado. Era como si estuviera obligado a elegir una de las imágenes para poder aferrarse a un sentimiento incierto; porque ahora la vergüenza y la ira acechaban en el vacío. Junto a la ventana, indeciso, miró las casas al otro lado, en los jardines bañados de amarillo y rojo a la luz de la luna, y solo las paredes de colores claros brillaban, detrás de las cuales había aire.

–Buenas noches –dijo el doctor y se levantó.

El comerciante se dio la vuelta.

–Yo tampoco tengo nada más que hacer aquí.

Sin ser visto, el poeta agarró la carta, la guardó en el bolsillo de su chaqueta y abrió la puerta de la habitación contigua. Lentamente se acercó a la cama donde yacía el muerto; los otros vieron cómo, con las manos cruzadas en la espalda, miró en silencio al difunto. Después se retiraron.

En el hall, el comerciante le dijo al sirviente:

–Es posible que en el testamento encuentre indicaciones sobre el funeral.

–Y no olvide enviarle un telegrama a la hermana del señor en Londres –agregó el doctor.

–Claro que no –respondió el sirviente mientras les abría la puerta a los caballeros.

El poeta los alcanzó en la escalera.

–Puedo llevarlos –dijo el doctor, cuyo coche lo estaba esperando.

–Gracias –dijo el comerciante–, yo voy a caminar.

Les dio la mano, caminó calle abajo en dirección al centro y dejó que la noche suave lo envolviera.

El poeta se subió con el doctor en el coche. Al pasar por los jardines, los pájaros comenzaron a cantar. Pasaron al comerciante y los tres caballeros se sacaron el sombrero, amables e irónicos, todos con el mismo gesto en el rostro.

–¿Presentará próximamente algo nuevo en el teatro? –preguntó el médico, con su vieja voz.

El poeta contó sobre la colosal resistencia a la representación de su nuevo drama, que por cierto, tenía que confesarlo, casi no atacaba a lo que comúnmente se considera como sagrado. El doctor aprobaba con la cabeza sin escucharlo. Tampoco el poeta lo hacía, pues esas palabras tan repetidas salían de su boca mecánicamente.

Los dos caballeros se bajaron en la casa del doctor y el coche se fue.

El doctor tocó el timbre. Ambos esperaban en silencio. Al escuchar al portero, el poeta dijo:

–Buenas noches, estimado doctor –y, tras un ligero movimiento de las fosas nasales, lentamente–: por cierto, tampoco se lo diré a mi mujer.

El doctor miró a través de él y le sonrió dulcemente. La puerta se abrió, se dieron la mano, el doctor desapareció por el pasillo. El poeta se fue.

Buscó el bolsillo de su chaqueta. Sí, la carta seguía allí. Su mujer la encontraría en buen estado y sellada entre sus bienes relictos. Y con la rara imaginación, propia de él, ya la podía escuchar junto a su tumba: “Tan noble… superior”.

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