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Siegfried Kracauer: Sobre la tarea del crítico de cine (1932)

El congreso de propietarios de salas de cine aquí en Frankfurt me ofrece un buen pretexto para expresarme de una manera algo más general sobre las tareas de un crítico independiente de cine; esa crítica que hace años buscamos cultivar en el “Frankfurter Zeitung”.

En la economía capitalista, el cine es una mercancía como cualquier otra. Con excepción de algunos outsiders, no se produce por interés artístico o para ilustrar a la gente, sino por las ganancias que promete generar. Por lo menos con respecto a la gran mayoría de películas con las que el crítico de cine tiene que lidiar una y otra vez.

¿Cómo debería reaccionar? Estas películas son a veces mejores, a veces peores, todo depende del uso de recursos y fuerzas, del trabajo que se haya puesto en ellas. No hace falta decir que los críticos, especialmente los que publican a diario, deben prestar mucha atención a tales diferencias, aunque en algunos casos realmente se limitan a resaltar todo tipo de detalles que pueden o no adaptarse a sus gustos.

Pero en tal comportamiento –que, además, generalmente parte de sentimientos del todo inexplicables– y ante las películas promedio de la industria, la tarea del crítico de cine nunca se agotará. Porque las representaciones cinematográficas promedio no exigen ser valoradas como obras de arte, y tampoco son productos cualquiera que se pueden evaluar sobre la base del gusto. Más bien, cumplen funciones sociales extremadamente importantes que ningún crítico de cine digno de ese nombre puede ignorar.

Es un hecho: mientras más pobres sean los musicales, las películas de guerra, las comedias, etc., en términos de contenido, sobre todo de aquel que podría soportar una estricta evaluación estética, más importante es su significación social, que nadie puede sobrevalorar. La ciudad más pequeña hoy tiene su cine, y cada película más o menos popular llega a las masas en la ciudad y el campo a través de mil canales. ¿Qué transmite a la audiencia y en qué sentido influye en ella? Estas son las cuestiones cardinales que el observador responsable debe abordar sobre los productos promedio.

Uno podría objetar aquí que, aunque algunas películas persiguen expresamente tendencias políticas y sociales, la mayoría están destinadas simple y exclusivamente al entretenimiento o la distracción barata. La objeción es correcta e incorrecta a la vez. Es cierto que, en particular, las películas promedio tienden, según parece, a no tener tendencia; pero eso de ninguna manera quiere decir que no representen indirectamente ciertos intereses sociales. Y así es como debería ser. Porque, por un lado, los productores anclados en el sistema económico imperante no pueden cambiar de piel y, por otro, en aras de mejores ventas, dependen de satisfacer los deseos y necesidades de los estratos todavía razonablemente solventes del país, es decir, de consumidores cuyo destino también está ligado en gran medida al mantenimiento del estado actual de la sociedad.


En mi opinión, la tarea del crítico de cine competente es analizar aquellas intenciones sociales que muchas veces están escondidas en las películas promedio, y sacarlas a la luz, de la que suele temer. Tendrá que mostrar, por ejemplo, qué tipo de representación social presentan las innumerables películas en las que un empleado insignificante alcanza “alturas” inimaginables, o algún gran caballero no solo es rico, sino también sensible. Se debe confrontar ese mundo ilusorio con la realidad social y descubrir hasta qué punto el cine la falsea. En resumen, el crítico de cine sólo es concebible como crítico social. Su misión es: revelar las ideas e ideologías sociales que se esconden en las películas promedio y, a través de estas revelaciones, romper la influencia de las propias películas donde sea necesario.

Mi intención fue sólo hablar de la actitud crítica que se requiere ante las producciones promedio. Las películas con contenido real eran y son raras. Al examinarlas, por supuesto, el énfasis no debe estar sólo en el análisis sociológico, sino que debe interpenetrarse de forma inmanente-estética. Sin embargo, las dificultades de tal análisis no se pueden discutir aquí.