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George Grosz: Entre otras cosas, unas palabras por la tradición alemana

… es cierto que vivimos en un período de transición. Todas las ideas se han vuelto, poco a poco, dudosas y han comenzado a tambalearse. El crepúsculo cae sobre un liberalismo anticuado. Ya nadie sabe qué hacer con esa “libertad” que data de 1793. En todas partes, aparece una reorientación y una reacción decidida contra aquello que anteayer era universalmente válido.


Derecha e izquierda se dividen más drásticamente, preparadas para la batalla final por el poder. Ambas con la voluntad compartida de dar órdenes desde arriba a las masas y que éstas obedezcan “de brazos cruzados”.


¡Y qué rápido funciona! Después de la guerra, creía que ni una sola persona estaría dispuesta a pensar en uniformes, estar firmes y cosas por el estilo.


En cualquier caso, considero que Alemania es, en este momento, el país más interesante y desconcertante de Europa. Tengo la sensación de que nuestro país ha sido llamado, como por el destino, a jugar un gran papel. A menudo me parece que vivimos en una época similar a la del final de la Edad Media. Cuando, también, hubo una tremenda presión sobre todos. Sin embargo, aquella época terrible temía a sus artistas; [Hieronymous] Bosch y [Peter] Bruegel pintaron sus cosmogonías, que no tienen rival en la historia de la pintura.


Quizás ahora estemos ante una nueva Edad Media. ¿Quién sabe? En todo caso, me parece que las ideas humanistas están en vías de extinción, así como ya nadie valora mucho los derechos humanos anunciados con tanto entusiasmo hace un siglo. En cambio, la civilización avanza en todos los frentes guiada por un vigoroso desdén por la vida humana. Esto no concuerda con el socialismo que aplicamos a casi todo e incluso practicamos. Pero es así.


Las masas y el hombre común son el as. Arriba, por lo general, están sus iguales, extrabajadores; para el hombre de abajo, testimonios vivos del milagro del ascenso. Reina el materialismo más puro. Trabajar, trabajar, trabajar... el alfa y omega del negocio. Se nos ofrece un sueño romantizado y mil veces publicitado: confort, bañeras, deportes, automóviles de producción masiva y, cuando las cosas van bien, weekend, cocktail, brunch y una reina de belleza.


Los Estados Unidos marcaron el camino; nosotros, por naturaleza un poco lentos, retrocedimos por la guerra, pero seguimos sus pasos. En la Rusia marxista, Estados Unidos es también el modelo y el objetivo ardientemente deseado. “Objetivo” significa: la explotación racionalizada de todas las materias primas para crear confort para el hombre común sobre la base de la producción en masa mecanizada.


Condición previa para la cultura: elevar el nivel, comer, deporte, ropa, no más desempleados... la cultura viene por sí sola... desde las clases trabajadoras. Eso dicen los teóricos oficiales. Estados Unidos podría presentar una imagen diferente, pero en fin…


No creo mucho en los sabios oficiales que pueden probar y refutar todo con estadísticas y tablas económicas. Una cosa es cierta: hoy nos falta un orden y un plan.


Cientos de miles de personas que quieren trabajar no encuentran empleo. Cada nueva máquina jubila a montones. Eventualmente todo se vuelve demasiado estúpido, incluso para los capitalistas más satisfechos de sí mismos, que revientan sus cabezas de cuellos inhiestos para saber cómo vencer el mal. El discurso de la dictadura circula. ¿Pero eso los convertirá en señores de la máquina infinitamente voraz? Tengo mis modestas dudas. Como siempre, se cultivan alegremente necesidades para que la bestia no se detenga. Porque eso significaría la muerte de la producción y la prosperity. Es imposible concebir ... que mañana ningún bosque se convertirá en papel, imposible imaginar una civilización sin medias y suéteres de material sintético. No. Las necesidades tienen que cultivarse; siempre por las masas. Confort en nombre del progreso. Elevar los estándares antes que nada. Nos lo bombardean a diario por mil canales distintos. Vivir sin aspiradora y sin auto... no vale la pena vivir. Basta con echar un vistazo a las revistas estadounidenses. Verdaderos documentos de una civilización desenfrenada. Anuncios en las tres cuartas partes; siempre nuevas necesidades. Y entre todo eso, fragmentos de texto en los que se hace propaganda apenas velada de esta dudosa vida de confort. Sin cesar, la máquina traga y escupe... más y más productos confeccionados. No descansará hasta que el Polo Norte se haya descongelado y los mismos esquimales estén atados a una línea de montaje.


La gran ciudad, bestia hidrocefálica, ciudad-fábrica, mercado, feria, misa. Después del trabajo, diversiones dudosas... apresuradas, ruidosas... chispas falsas, para acelerar a los tired businessmen durante unas horas. No pienses ... dinero, mujeres, champán. Teatro barato. Nada serio más allá de sus excitantes negocios. Revistas y las imágenes de cine infinitamente lindas y predigeridas. Las mujeres, maquillaje, manicura, tacos altos y vacías, abandonadas, acompañadas por gigolós en hoteles, en el baile y en el té. ¡¿Qué vida?!


La coronación de la vida: una gran villa en un lugar seguro, repleta de obras de arte como inversiones financieras... autos caros y una tienda de camisas elegantes. Atroz materialismo y aburrimiento.


Los palacios de nuestro tiempo: rascacielos de oficinas de siete pisos, catedrales de almacén, palacios de radio, templos de cine… consagrados a las deidades desconocidas de la producción sin sentido.


Los poderosos pegados al dinero. Su destino: las ventas y el poder adquisitivo del hombre común.


El trabajo organizado científicamente hasta el último detalle. Entonces, ¿qué sentido tiene la artesanía? Reducir costos... reducir costos. A trabajar. Unas horas más y hasta el más tonto lo habrá entendido... y pasará a formar parte del proceso de producción. Apriete su tornillo de la mañana a la tarde. Más rápido más rápido. Porque aunque parezca grotesco, de toda la basura que se produce en masa, todavía hay muy poca.


Frenéticamente se compite y se produce unos contra otros. Carrera rabiosa por los mercados. Reducir costos... Aumentar el poder adquisitivo nacional... palabra clave. Nadie se va a dar cuenta de que toda esta basura de metal prensado, esmalte, vidrio y cartón reforzado es absolutamente innecesaria para la vida.


Eternas luchas por los sueldos. Ineludible circularidad. Los trabajadores se agrupan en poderosas organizaciones. Los papas de los sindicados desde abajo ascienden y se vuelven casi más poderosos que los reyes. Los sindicatos, pomposos palacios modernos. En sus vestíbulos se exhiben estatuas que simbolizan el poder... heraldos de esplendor y progreso. Hectáreas de fincas y colonias vacacionales en el mar. ¿Quién hubiera sospechado todo esto en 1830, cuando unos tarados proféticos destruyeron las primeras máquinas inglesas?... Pero es progreso real, ¿no?


Así es la cosa en 1931, en la era del socialismo.


Los artistas, migajas desparramadas, sobras de un tiempo pasado.


Incomunicados del pueblo. Los mejores perdidos en una niebla intelectual. Solo problemas formales, abstracciones frenéticas. El objeto, propiedad de la fotografía. Problemas formales que el mortal promedio que carece de especial empatía o esnobismo apenas puede comprender. Predominio de una aburrida manía fotográfica por cualquier cosa. Los habitantes de la torre de marfil viven marginados y asustados detrás de puertas cerradas, escuchando a escondidas su ego matemático. Escuadra y compases listos para la abstracción. Bichos raros de la especulación y supersticiosos permanentes. Historiadores del arte sin ton ni son. Novedades estereoscópicas, materiales nuevos y magia, consignas mecánicas. A veces bajo la bandera del proletariado y cosas así. Hoy, sin embargo, menos que ayer. Auge de las singularidades. El psicoanálisis y otros medicamentos patentados tienen que llevar la peor parte. Una gran división entre este tipo de arte (vanguardias) y el pueblo. Hoy solo unos pocos ricos insatisfechos y caprichosos tienen interés por los experimentos de los artistas. Y este gran amor generalmente se revela después como la rancia especulación de los marchantes de arte encubiertos. Qué juste milieu justo, qué decadencia del arte en contraste con la verdadera oscura Edad Media. Los ojos hacia atrás, no hacia adelante.


Ahora bien, ningún artista medieval predicó el elogio al ready-made y el keep smilling, los conceptos estándar y la comodidad le eran desconocidos. Hacer dinero no era glorificado, no se lo predicaba ni pintaba. Compás y regla, en una correcta jerarquía de valores, tenían una existencia subordinada.


Hoy los mejores pintores están alejados del pueblo. De vez en cuando llega un hombre sencillo, un diletante que de repente tiene todo lo que le falta a la élite, la vanguardia intelectual: sencillez, alma y sentimiento. Características, dicho sea de paso, que los elegantes snobs del arte y enemigos del pueblo, desde Henri Rousseau, han ido descubriendo y reivindicando para sí mismos.


El arte de nuestro tiempo es pálido. Un niño con la cabeza demasiado grande y anteojos de marco grueso. Anémico y muy pensativo… típico de la gran ciudad. Es obvio por su apariencia que piensa mucho las cosas. Alejado de la naturaleza y la realidad, crea desde su interior círculos exactos y figuras de aspecto matemático. Y se toma todo esto muy en serio. Los observadores de una época posterior sonreirán con genuino asombro ante lo que la inteligente propaganda de hoy ha hecho pasar como el arte "más reciente".


Incluso hubo un tal Malevich, quien (con toda la seriedad del caso) una vez exhibió una pintura, un cuadrado blanco. Fue elogiado, también muy en serio, por un crítico como el “hito de la época”.


Hoy en día ya no se puede vivir como un viejo “maestro holandés”. Pero en esta época nihilista y materialista, uno debería usar papel y lienzo para mostrarle a las personas la mueca diabólica que se esconde en sus propios rostros. Derribemos la pila de productos terminados y toda esa basura y mostremos la nada fantasmal detrás de ellos. Las convulsiones políticas nos influirán poderosamente. Mirá sin preocupación a tus antepasados. Miralos, [Hans] Multscher, Bosch, Bruegel y Mälesskircher, [Wolf] Huber y [Albrecht] Altdorfer. ¿Por qué seguir peregrinando a la meca pequeñoburguesa en Francia? ¿Por qué no volver a nuestros antepasados y continuar con una tradición “alemana”?



Entre nosotros, prefiero ser catalogado como de segunda categoría, pero al menos haber expresado un poco de nuestra comunidad nacional. Y además, a los franceses no les interesan en absoluto los seguidores de sus tres escuelas.


Naturalmente, ningún Matisse se desarrollará en la Pomerania Central o Berlín. ¡Pero qué importa! El aire y todo es duro, un poco incómodo y gráfico. Es fácil resfriarse… este no es el suelo templado y tranquilo del sur.


De ninguna manera estoy hablando de una unión de artistas alemanes o de un programa de protesta… Cuando digo "alemanes", no me refiero a esos pequeños pintores pulcros, dedicados, más o menos kitsch que buscan complacer al público, que siempre hacen alarde de su manera dulce, agradable y patéticamente vaga de disfrazar las cosas de “alemanas”. Este tipo de pintor de salón, dicho sea de paso, se encuentra en todos los lugares donde se pinta.


Lo digo con total modestia: deberíamos recordar más nuestra buena y nada despreciable tradición de pintura y dibujo. Considero que el retorno a la fuerza formal de los grandes maestros medievales es precisamente lo apropiado… como lo hacen los franceses, que forman a su pueblo y cultivan su tradición inspirándose en los antiguos frescos napolitanos, en los tapices orientales, en [Jean Auguste Dominique] Ingres, en la escultura africana o en las pinturas rupestres.


¡Puaj! He hablado.