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Fritz Lang: Los caminos del gran cine alemán

Quizás nunca hubo una época en la que se haya buscado nuevas formas de expresión con tal irreverente determinación como ahora. Cambios fundamentales en los campos de la pintura y la escultura, la arquitectura y la música hablan con elocuencia a favor de la posibilidad que se tiene hoy en día de buscar y encontrar los medios para darle forma a nuestros sentimientos. El cine tiene una ventaja por sobre las demás formas de expresión: su libertad respecto al espacio, el tiempo y el lugar. Lo que lo hace más rico es la naturaleza expresionista [Expressionistik] de sus medios de composición. Considero que el cine apenas ha dado los primeros pasos en su desarrollo, y que se volverá aún más personal, más fuerte y más artístico en la medida en que renuncie a las formas de expresión tradicionales o prestadas y se adentre en las ilimitadas posibilidades de lo puramente cinematográfico.

La velocidad con la que el cine se ha desarrollado estos últimos cinco años hace que toda predicción sea temeraria, ya que es probable que las supere de golpe. El cine no sabe detenerse. Lo que ayer se descubrió, hoy parece pasado de moda. El impulso de constante renovación, la experimentación con el espíritu, combinado con la alegría en el exceso de trabajo que es tan característico de los alemanes, me parece una garantía para mi afirmación acerca de que el cine como obra de arte encontrará primero su forma en Alemania. Porque no se lo alcanzará sin el deseo de experimentar, sin la continua necesidad de rehacer (incluso si lo anterior da buenos resultados, está probado y es beneficioso) y, sobre todo, sin un trabajo ininterrumpido, que solo se puede lograr con la obsesión en el trabajo alemana.


Alemania nunca ha tenido ni nunca tendrá los recursos humanos y monetarios de la industria cinematográfica estadounidense. Por suerte. Porque es precisamente eso lo que nos obliga a compensar la ausencia material por lo espiritual.


De mil ejemplos que sustentan mi tesis, hablaré solo de uno.


La fotografía estadounidense está considerada como LA fotografía gracias a sus aparatos de grabación, que aún hoy son insuperables, por su material fílmico y el brillante trabajo de sus técnicos. Pero hasta el día de hoy, los estadounidenses aún no han entendido cómo usar su espléndida herramienta para elevar el milagro de la fotografía al reino de lo espiritual, es decir, por ejemplo, hacer que la luz y la sombra no solo marquen el ambiente, sino que también desempeñen un papel en la trama. Recientemente tuve la oportunidad de mostrarle a un experto estadounidense algunas escenas de Metrópolis, en las que una joven es perseguida por las catacumbas de Metrópolis a la luz de una linterna eléctrica. Ese rayo de luz, que apresaba a la criatura perseguida como un animal con sus garras, es tal su persistencia que la llevó al punto de pánico total, generó en el amable estadounidense el siguiente comentario ingenuo: “¡No podemos hacer eso!”. Por supuesto que podrían. Pero no se les ocurre. Para ellos, la cosa sigue siendo inmaterial, inanimada, sin alma. Yo creo, en cambio, que en el gran cine alemán del futuro, las cosas jugarán un papel tan importante como las personas. El actor ya no estará en un espacio al que parece haber llegado por casualidad, sino que ese espacio estará diseñado de tal manera que su experiencia solo sea posible en él y solo en él parezca lógica. Un expresionismo más sutil coordinará el entorno, la utilería y la trama entre sí, y creo que la tecnología del cine alemán se desarrollará en una línea que no solo realce la expresión óptica de las acciones de quienes actúan en la película, sino que también eleve al entorno del actor a ser partícipe y “co-portador” de la acción y, lo más importante, ¡de su alma! Ya estamos tratando de fotografiar pensamientos –es decir, hacerlos pictóricos [bildhaft], no representar una red de acciones como trama, sino el contenido espiritual de la experiencia vista desde quienes tienen esa experiencia.

El primer regalo significativo que le debemos al cine fue, por así decirlo, el redescubrimiento del rostro humano, cuya expresión trágica, grotesca, amenazante y dichosa nunca antes se nos había revelado con tanta claridad como a través del cine.

El segundo regalo será darnos empatía pictórica, representaciones expresionistas de procesos mentales en el más puro sentido. Ya no sólo participaremos desde afuera en los procesos del alma de las personas en las películas: ya no nos limitaremos a ver solo los efectos de las emociones, sino que las viviremos al mismo tiempo que son experimentadas, desde sus orígenes, desde el primer destello del pensamiento hasta la conclusión lógica de la idea.


Si antes el actor se contentaba con ser bonito, agradable o peligroso, divertido o repulsivo, la película hará que el nuevo actor alemán pase de ser el portador de la trama a ser al portador de una idea. Predicador de todo por lo que el ser humano, desde que dejó de vivir en los árboles, lucha, para con ello ser feliz.


La internacionalidad del lenguaje cinematográfico se convertirá en el instrumento más fuerte para la comprensión entre las personas, cuyo lenguaje la dificulta. Darle al cine este doble don de lo espiritual y del alma es la tarea que nos está reservada.

¡Cumpliremos!