©Buchwald Editorial, 2019, Buenos Aires

La sinfonía C dur de Franz Schubert (1840)

19/11/2018

El músico que visita por primera vez Viena, bien puede entretenerse en el bullicio festivo de sus calles y quedar –una y otra vez– atónito de admiración ante la Torre de la Catedral de San Esteban; pero pronto recordará que no lejos de la ciudad hay un pequeño cementerio mucho más importante que todas las atracciones citadinas, donde reposan, a solo unos pocos pasos el uno del otro, dos de los más grandes músicos. 

 

Entonces, después de unos días agitados, puede que algún joven músico quiera, como yo, dirigirse hacia el cementerio de Währinger y poner sobre cada tumba una ofrenda de flores. Podría ser un ramo de rosas silvestres, como las que encontré plantadas junto a la tumba de Beethoven. La sepultura de Franz Schubert no tenía ningún adorno. Así que cumplí con uno de mis más grandes deseos. Mientras contemplaba las sagradas tumbas, casi sentí envidia de no yacer entre ellas como un tal Conde O'Donnell. 

 

Estar cara a cara con un gran hombre, estrechar su mano, es una de las experiencias más satisfactorias que uno pueda tener. Yo no tuve el placer de poder saludar a estos dos artistas en vida –los que más admiro entre los más recientes músicos–, y me hubiera gustado estar acompañado de alguien que haya sido cercano y querido a ellos, preferiblemente un hermano. Recordé que el hermano de Schubert, Ferdinand, aún vivía. Enseguida emprendí su búsqueda. Era muy parecido a su hermano, es decir, al busto que estaba cerca de la tumba de Schubert, pero más pequeño y robusto, y tenía tanta honradez como música en el rostro. Me conocía, yo siempre había expresado en público mi admiración por su hermano; me contó mucho sobre él y finalmente me mostró sus “reliquias”, se trataba de las composiciones de Franz Schubert que se encontraban en su poder. La riqueza que allí se acumulada me hizo estremecer de emoción ¡No sabía por dónde empezar! ¡No podía dejarlas de lado! Entre otras cosas, me mostró las partituras de diversas sinfonías que aún no se conocían o casi no se habían interpretado, porque eran rechazadas por ser consideradas demasiado difíciles y extravagantes. 

 

Hay que conocer Viena –su cultura musical, lo difícil que es conseguir fondos para conciertos grandes– para perdonar el hecho de que allí, donde Schubert vivió y trabajó, a excepción de sus Lieder, poco o nada se conoce de su trabajo. La sinfonía de la que aquí voy a hablar hubiera permanecido en un cajón, llena de polvo y olvidada, si no hubiera acordado con Ferdinand enviarla a la filarmónica de Leipzig, directamente a su director –F. Mendelssohn–, cuya sensibilidad era capaz de percibir en lo más insignificante un brote de belleza; qué decir del evidente y deslumbrante esplendor de esa composición. Y así sucedió. La partitura llegó a Leipzig, fue interpretada, escuchada, comprendida; volvió a ser interpretada; finalmente fue admirada prácticamente por todos. La editorial Breitkopf und Härtel compró los derechos; ahora circula en partes, y quizás –esperemos que pronto– se publique la partitura completa; sería provechoso para toda la humanidad. 

 

Lo digo abiertamente: quien no conoce esta sinfonía conoce muy poco de Schubert. Si consideramos todo lo que produjo, mi sentencia podría parecer algo excesiva. Es habitual escuchar, para disgusto de los compositores, que “después de Beethoven no vale la pena embarcarse en un proyecto sinfónico”. Y en parte es cierto, apenas vale la pena recordar a aquellos fabricantes de sinfonías pesados y aburridos, la mayoría solo reflejos burlones de Beethoven, sombras de los talcos y pelucas de Haydn y Mozart. Hay algunas excepciones, pero han sido más importantes para entender el desarrollo musical de sus compositores que por la influencia que tuvieron en el público o en el desarrollo de la sinfonía en general. Berlioz pertenece a Francia y será sólo mencionado, de vez en cuando, como un extranjero interesante y excéntrico. Tal como lo suponía –y seguro que más de uno también–, Schubert, que dominaba las formas y estructuras musicales, era imaginativo y creativo en muchos otros géneros musicales, sería capaz de crear sinfonías que llegaran al gran público y, al mismo tiempo, llevar a la sinfonía a nuevos horizontes. 

 

Schubert no pretendía seguir trabajando en variaciones de la 9a Sinfonía de Beethoven, más bien, al ser un artista incansable, creó ininterrumpidamente una sinfonía tras otra. Lo único que podríamos lamentar hoy es que el mundo escuchará su 7ma sinfonía sin conocer la trayectoria musical de su creador ni las sinfonías predecesoras, y seguro será motivo de malinterpretaciones de su obra. O quizá se redescubran sus otras composiciones; hasta la menos importante tiene ese carácter “schubertiano”. Una cosa sí es segura: los compositores vieneses ya tienen los referentes musicales que tanto necesitaban; se encontraban apilados en el estudio de Ferdinand Schubert, en un suburbio vienés. A partir de ahora, ese estudio debería ser, junto a la tumba de Schubert, un lugar de conmemoración. Pero a menudo sucede así: en Viena, digamos, si se discute públicamente sobre tal compositor, sus habitantes no dejarán de alabar a su Franz Schubert; pero entre ellos, no les interesa ni el uno ni el otro. 

 

Pero dejemos esto y dediquémonos a la riqueza del espíritu que brota de esta valiosa obra. Viena es tierra fértil para la creatividad artística, con su Catedral de San Esteban, sus bellas mujeres, su vida social, el Danubio, sus llanuras que se extienden hasta las montañas más altas, su tradición de grandes maestros del arte. A menudo, cuando contemplaba ese paisaje, sentía cómo la mirada de Beethoven cruzaba errante por la lejana cordillera de los Alpes, cómo Mozart seguramente habría seguido ensimismado el fluir del Danubio, que parece perderse entre bosques, cómo Haydn observaba la torre de la Catedral mientras sacudía su cabeza ante tan vertiginosa altura. El Danubio, la Catedral de San Esteban, los lejanos Alpes y un delicado aroma a incienso católico conforman la perfecta imagen de Viena; y ante ese paisaje, resonará en nosotros algo completamente nuevo. La sinfonía de Schubert –lo luminoso, fértil y romántico en ella– evoca en mí una Viena más nítida y clara; entonces comprendo que tal obra sólo pudo ser creada allí,  en Viena. 

 

No pretendo hacer una lectura definitiva de la sinfonía, las distintas generaciones la interpretarán a su manera; el joven escuchará en ella un evento universal, el hombre mayor tan solo un evento nacional, mientras que su compositor puede que solo haya seguido a su corazón. Sin embargo, hemos de reconocer que en ella hay más que música hermosa, más que sufrimiento y alegría –algo que se ha conseguido miles de veces en una obra de arte–; la 7ma nos conduce a una región que conocemos pero no podemos recordar. En ella encontramos –además de dominio magistral de la técnica de composición musical– vida, las más delicadas tonalidades, significado, sentido por doquier, el máximo cuidado de los detalles, y, sobre todo, un romanticismo desbordante, como ya conocemos de otras obras de Franz Schubert. Además, esa extensión celestial que, como una novela en cuatro tomos de Jean Paul, no parece tener fin, y con razón, pues buscan generar una sensación de riqueza permanente, a diferencia de otras composiciones en las que uno está siempre pendiente del final y hasta piensa en el desconsuelo posible. 

 

La maestría con que Schubert maneja los elementos de la composición orquestal es producto de su madurez creativa y de las seis sinfonías anteriores. Se trata de un talento extraordinario por el manejo tan humano de los instrumentos y de la orquesta en su totalidad, muchas veces comparable a las voces en un coro. Esta semejanza con la voz no la encontré más que en muchos trabajos de Beethoven; es lo contrario de como Meyerbeer trata la voz en sus obras. Pero en la 7ma se evidencia la autenticidad y sabiduría del genio de Schubert. Evita, consciente de sus fuerzas y recursos, las formas grotescas, las relaciones audaces, que encontramos en las obras tardías de Beethoven; nos da una obra delicada, pero de novedosa complejidad, pues nunca se aleja demasiado de su leitmotiv, y siempre vuelve a él. Se trata de algo que cualquiera que la haya escuchado con atención varias veces notará. Su claridad, la originalidad en la instrumentación, la amplitud de la forma, los notables cambios de ánimo, ese nuevo mundo al que nos transporta pueden confundir a algún espectador, algo normal ante lo inusual. Pero incluso en ese caso, persiste una sensación agradable, como después de un cuento o un truco de magia. En todo momento se percibe que el compositor era dueño de su historia, que sabía lo que quería. 

 

Esta impresión de seguridad se refleja, primero, en la fastuosa introducción romántica, aunque todo parezca todavía rodeado de misterio. La transición al allegro es totalmente nueva; el ritmo no parece cambiar en absoluto, pero el espectador se encuentra en medio del allegro sin saber cómo. Para analizar sus diferentes movimientos e interpretar su carácter narrativo, habría que transcribirla sinfonía por completo. No obstante, no quiero despedirme sin decir algunas palabras sobre el segundo movimiento. En él hay un momento particular, cuando una trompeta suena desde la lejanía y parece que viene de otra esfera. Para los espectadores es como si en ese momento un espíritu celestial se deslizara por la orquesta. 

 

La sinfonía tuvo tal impacto en la audiencia como ninguna lo había hecho desde Beethoven. Artistas y amigos del arte la alababan por igual. Del director, que la estudió y preparó hasta su último detalle –como lo demostró la interpretación–, escuché halagos que hubieran sido la mayor recompensa para Schubert. Quizá pasen los años antes de que en Alemania se conozca; pero no pasará inadvertida, mucho menos olvidada, eso es seguro; lleva en sí la eterna juventud. 

[…]

 

 

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