©Buchwald Editorial, 2019, Buenos Aires

Experiencia y pobreza

20/04/2018

 

Nuestros libros de texto contenían la fábula del anciano que, en su lecho de muerte, hizo creer a sus hijos que había un tesoro escondido en su viña. Solo tenían que cavar. Y así lo hicieron: cavaron, pero ni rastro del tesoro. Cuando llegó el otoño, la viña estuvo cargada de frutos como ninguna otra en toda la región. Entonces se dieron cuenta de que su padre les había dejado una enseñanza: la prosperidad no se encuentra en el oro, sino en el esfuerzo. Crecimos con la imposición –amenazante o tranquilizadora– de ese tipo de enseñanzas: “El muchacho quiere opinar. Algún día tendrás experiencia”. Sabíamos perfectamente qué era la experiencia: algo que los mayores daban a los jóvenes en refranes cortos cargados de la autoridad de la edad; en historias llenas de verbosidad; a veces, sentados alrededor de la chimenea con sus hijos y nietos, en relatos de lugares exóticos y lejanos. ¿Qué pasó con todo eso? ¿En dónde están las personas que son capaces de contar una historia como es debido? ¿Cuándo tienen los moribundos la oportunidad de decir algo memorable que pase de generación en generación como un anillo? ¿A quién ayuda, hoy, un refrán? ¿Quién podría lidiar con la juventud solo con el apoyo su experiencia?

 

Un cosa es clara: la experiencia está devaluada y, precisamente, para una generación que, entre 1914 y 1918, tuvo una de las experiencias más terribles de la historia de la humanidad. Tal vez no sea tan extraño como parece. Ya entonces se podía comprobar que los soldados regresaban enmudecidos del frente. No enriquecidos de experiencias que podían compartir, sino empobrecidos. Diez años después, la marejada de libros sobre la guerra transmite algo completamente distinto a la experiencia que se narra directamente. No hay nada extraño en eso. Pues nunca se ha castigado tanto a la experiencia: la estratégica con la guerra de trincheras, la económica con la inflación, el cuerpo con el hambre, la moral con los líderes. Una generación que todavía iba al colegio en un tranvía tirado por caballos estuvo a la intemperie en un paraje donde todo había cambiado menos las nubes, y en el medio, atrapado en un campo de fuerzas y explosiones destructivas, el insignificante y frágil cuerpo humano.

 

Una nueva forma de miseria se esparció sobre el ser humano a partir de ese nefasto desarrollo técnico. Y su reverso es la opresiva abundancia de ideas que lo atropellan con el resurgimiento de la astrología y el yoga, la christian science y la quiromancia, la escolástica y el espiritualismo. No se trata de un resurgimiento auténtico, sino de una galvanización. Se imponen, en la mente, los cuadros desconcertantes de Ensor, en los que espectros recorren las calles de grandes ciudades: pequeñoburgueses deambulan por los callejones disfrazados para el carnaval con máscaras desfiguradas y cubiertas de harina, y coronas de oropel en la frente. Estos cuadros quizá no sean más que el retrato del terrible y caótico renacimiento en el que muchos ponen sus esperanzas. Pero es aquí donde se evidencia con más claridad que nuestra pobreza de experiencia es solo una parte de otra más grande, y que ha vuelto a tener un rostro –tan claro y concreto como el del vagabundo en la Edad Media–. ¿Qué valor tiene la cultura sin ningún vínculo con la experiencia? Conocemos las consecuencias de simularla, de alcanzarla de forma indirecta: se evidencia en la confusión de estilos e ideologías del siglo pasado. Declarar nuestra pobreza debería ser un acto honorable. Sí, admitámoslo: la pobreza de experiencia no es solo pobreza individual, sino también colectiva. Y, por lo tanto, es una nueva forma de barbarie.

 

¿Barbarie? Es un hecho. Y lo pregonamos para poder introducir una barbarie nueva y positiva. ¿Qué consiguen los bárbaros con la pobreza de la experiencia? El principio, la posibilidad de comenzar de cero, que poco sea suficiente, poder crear desde la nada sin mirar a izquierda o derecha. Entre los grandes creadores siempre ha habido espíritus implacables, cuya primera acción fue barrer con todo. Es decir, necesitaban un espacio de trabajo, pues eran constructores. Descartes fue uno de ellos, porque, para generar toda su filosofía, no buscó más que una evidencia: “pienso, luego existo”. Así también fue Einstein, quien, súbitamente, dejó de preocuparse por las innumerables posibilidades del mundo de la Física y se interesó por una pequeña divergencia entre las ecuaciones de Newton y el saber de la Astronomía. La misma voluntad de comenzar de cero que tuvieron los artistas al orientarse por las matemáticas para construir un mundo cubista a partir de formas estereométricas, o como Klee que se inspiró en los ingenieros. Sus figuras fueron diseñadas en un tablero de dibujo y la expresión de sus rostros responden exclusivamente a su interior, así como en un buen auto la carrocería responde sólo a las necesidades del motor. El interior más que la interioridad: eso los hace bárbaros.

 

Hace tiempo que las mejores mentes comenzaron, aquí y allá, a trabajar en estos términos. Se caracterizan por una ausencia total de esperanza en la época y, sin embargo, están incondicionalmente comprometidos con ella. Poco importa si el poeta Bert Brecht declara que el comunismo no se trata de la distribución justa de las riquezas, sino de la pobreza; o si el precursor de la arquitectura moderna, Adolf Loos, expresa: “Solo escribo para personas que tienen una sensibilidad moderna… No escribo para los nostálgicos del Renacimiento o el Rococó”. Tanto un artista tan complicado como el pintor Paul Klee y uno tan programático como Loos rechazan la tradicional, solemne y refinada idea de ser humano –decorada con todos los sacrificios rituales del pasado– y se dirigen al contemporáneo desnudo que, como un neonato, llora en los pañales sucios de esta época. Nadie lo recibió con más alegría y jolgorio que Paul Scheerbart. Sus novelas, a la distancia, podrían parecerse a las de Julio Verne, en las que generalmente jubilados  insignificantes, franceses o ingleses, pasean por el espacio en los vehículos más extravagantes. Scheerbart se interesó en cómo nuestros telescopios, nuestros aviones y cohetes pueden transformar al ser humano que conocemos en un ser completamente nuevo y digno de ser amado. Y claro, esos nuevos seres hablan en una lengua completamente nueva. Lo más interesante es, justamente, que se trata de una construcción arbitraria, opuesta al lenguaje orgánico. Esto es lo inconfundible en la lengua de los seres humanos –mejor dicho, personas– de Scheerbart; pues niegan el parecido con los seres humanos, ese principio del humanismo. Hasta en sus nombres propios: Peka, Labu, Sofanti, así se llaman los personajes en el libro que lleva el nombre de su héroe: Lesabéndio. También a los rusos les gusta ponerle nombres “deshumanizados” a sus hijos: Octubre, por el mes en que tuvo lugar la Revolución; Pjatiletka, por el plan quinquenal; Awiachim, por la aerolínea estatal. No se trata de una renovación de la lengua, sino de su movilización al servicio de la lucha o del trabajo; en cualquier caso, la transformación de la realidad, no de su descripción.

 

Volviendo a Scheerbart: ponía el mayor empeño en que sus personas –y siguiendo su ejemplo, todos los ciudadanos– vivieran en alojamientos adecuados a su condición, en casas móviles de vidrio, como las que ahora construyen Loos y Le Corbusier. No en vano es el vidrio un material resistente y liso, en el que nada se fija. Las cosas de vidrio no tienen aura. El vidrio es el enemigo de los secretos. También el enemigo de las posiciones. El gran poeta André Gide dijo una vez: “Todo lo que quiero poseer se vuelve opaco”. ¿Personas como Scheerbart sueñan con construcciones de vidrio porque profesan la nueva pobreza? Quizás una comparación diga más que la teoría. Si uno entra en un cuarto burgués de los años 1880, se tiene la impresión de “aquí no he perdido nada”, independientemente de toda la “comodidad” que irradia. Aquí no has perdido nada… porque no hay lugar en donde su habitante no haya dejado sus rastros: baratijas en los estantes, mantelitos sobre los asientos, visillos en las ventanas, rejilla en la chimenea. Una bella frase de Brecht nos pueden ayudar: “¡Borra las huellas!” dice el estribillo en el primer poema del Manual para habitantes de ciudades [Lesebuch für Städtebewohner]. El comportamiento opuesto es lo normal en el cuarto burgués. Y a la inversa, el interior obliga a aceptar la mayor cantidad de costumbres que se ajustan más a sus necesidades que a las de quien lo habita. Esta situación la conoce cualquiera que haya experimentado el estado emocional absurdo en que los habitantes de esos cuartos pomposos entran cuando algo se rompe. Hasta la forma en que se molestan –y esa emoción, que poco a poco comienza a desaparecer, la podrían representar con virtuosismo– es sobre todo la reacción de un ser humano que siente que han borrado “la huella de su existencia en el mundo”. Esto lo han alcanzado Scheerbart con el vidrio y la Bauhaus con el acero: crearon espacios en los que es difícil dejar huellas. “En consecuencia –explica Scheerbart– podemos hablar de una 'cultura del vidrio'. El nuevo ambiente de vidrio va a transformar completamente al ser humano. Solo podemos esperar que la nueva cultura del vidrio no tenga demasiados adversarios”.

 

Pobreza de experiencia: no hay que pensar que el ser humano ansía una nueva experiencia. No, ansía liberarse de la experiencia, ansía un espacio en el que pueda poder imponer su pobreza –externa como, en última instancia, interna– con tanta pureza y énfasis que resulte de ella algo respetable. Tampoco es siempre ignorante o inexperto. Por lo general, sucede lo contrario: se ha “comido” todo, a la “cultura” y al “ser humano” y ha quedado repleto y exhausto. Nadie se siente más identificado con las palabras de Scheerbart: “Ustedes están extremadamente cansados, y solo porque no focalizan todos sus pensamientos en un plan simple, pero extraordinario”. El cansancio lleva al sueño, y no es nada raro que compense la tristeza y la falta de coraje al mostrar una existencia sencilla pero extraordinaria, para la que faltan fuerzas en la vigilia. La existencia de Mickey Mouse es uno de esos sueños para el contemporáneo. Una existencia llena de prodigios que no solo superan la técnica, sino también se burlan de ella. Pues lo más extraño de estos prodigios es que surgen sin la ayuda de ningún aparato. Surgen, de improviso, del cuerpo de Mickey Mouse, de sus compañeros y sus enemigos, de los muebles más ordinarios como también de un árbol, una nube o el mar. Naturaleza y técnica, primitivismo y confort, se han unificado ante la mirada de quienes están cansados de las complicaciones de lo cotidiano, y para quienes el sentido de la vida solo aparece como un lejano punto de fuga en una perspectiva infinita de medios, y para quienes una existencia así parece ser liberadora porque todo se soluciona de la manera más simple y confortable, y en la que un auto no es más pesado que un sombrero de paja y los frutos en los árboles crecen tan rápido como un globo. Y ahora queremos distanciarnos, retroceder.

 

Nos hemos empobrecido. Hemos sacrificado, poco a poco, la herencia de la humanidad. Muchas veces la hemos empeñado por un centésimo de su valor, para recibir, a cambio, la moneda de lo “actual”. Es un hecho que detrás de la crisis económica está la sombra de la futura guerra. Aferrarse a las cosas es, hoy en día, cuestión de los pocos poderosos, y Dios sabe que no son más humanos que los demás; por lo general son más bárbaros, pero no de forma positiva. El resto tiene que volverse a acomodar, ahora con menos. Confían en las personas que han hecho de lo nuevo su causa, y la justifican a partir del saber y la renuncia. En sus contradicciones, sus cuadros e historia, la humanidad se prepara para sobrevivir a la cultura si es necesario. Lo más importante es que lo hace riendo. Quizás suene bárbara. Mejor. Esperemos que, de vez en cuando, el individuo entregue un poco de humanidad a aquella masa que, algún día, se la devolverá con intereses e intereses acumulados.

 


De esta edición: Gesammelte Schriften, II-1, 213-2196.

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