©Buchwald Editorial, 2019, Buenos Aires

El diario de Redegonda

Anoche, camino a casa, me senté un momento en un banco del Stadtpark, cuando de repente, un caballero, cuya presencia no había notado en lo más mínimo, se sentó a mi lado. A esa hora sobraban bancos libres en el parque, así que la aparición de ese nocturno vecino me pareció algo sospechosa; y justo cuando pensaba pararme, el desconocido caballero, que llevaba un sobretodo gris y guantes amarillos, me saludó por mi nombre. Entonces lo reconocí, gratamente sorprendido. Se trataba del doctor Gottfried Wehwald, un joven bastante serio, incluso con cierta aristocracia en su comportamiento, que, por lo menos así parecía, le daba una eterna y silenciosa satisfacción. Hacía ya unos cuatro años había sido transferido del gobierno de la ciudad de Viena a una más pequeña en Baja Austria, pero de vez en cuando aparecía acompañado de sus amigos en los Cafés de la ciudad, donde siempre era recibido con la prudente cordialidad que correspondía a su elegante reserva. Por eso me pareció adecuado, a pesar de que no lo había visto desde Navidad, no hacer comentario alguno sobre la ora y el lugar de nuestro encuentro; con amabilidad, pero mostrando cierta indiferencia, le devolví el saludo, y, cuando me disponía a entablar una conversación con él –como corresponde entre hombres de mundo, que, finalmente, ni un encuentro casual en Australia podría hacerlos perder la serenidad–, hizo con la mano un gesto de rechazo y observó brevemente:

 

– Querido amigo, discúlpeme, pero mi tiempo es preciado y solo vine para contarle una historia algo particular. Por su puesto, si usted quiere escucharla.

 

A pesar de la sorpresa que sus palabras generaron en mí, enseguida me declaré dispuesto a escuchar su historia, eso sí, sin poder evitar manifestar extrañeza sobre por qué no me había buscado en un café, cómo había podido encontrarme en el Stadtpark a esta hora, y, finalmente, por qué había sido yo el elegido.

 

–La respuesta a las dos primeras preguntas –respondió con inesperada rudeza– se responderán solas según avance la historia. Que lo haya elegido especialmente a usted, querido amigo (no volvió a llamarme de otra forma) se debe a que, según sé, usted también es escritor, y confío en que mi curiosa, pero verdadera historia, llegue a ser publicada de alguna forma.

 

Negué con modestia, pero el doctor Wehwald, después de hacer un movimiento singular con la nariz, comenzó sin previo aviso:

 

–La heroína de mi historia se llama Redegonda. Era la esposa de un capitán de caballería, el Barón T. del regimiento de infantería X, que guarnecía en nuestra pequeña ciudad. (De hecho, usó esas iniciales, aunque no solo el nombre de la ciudad, sino también, por razones que más adelante serán evidentes, el nombre del capitán y el número del regimiento no me eran ningún secreto).

 

–Redegonda –continuó el doctor Wehwald– era una dama de belleza extraordinaria y me enamoré de ella, como suele decirse, a primera vista. Por desgracia me era imposible conocerla personalmente, ya que los oficiales del ejército casi no solían tener contacto con la población civil, incluso con nosotros, los funcionarios de instituciones políticas, mantenían esa costumbre casi ofensiva. Es así que veía a Redegonda siempre de lejos, paseando sola o junto a su esposo, muchas veces acompañados de otros oficiales y sus esposas; a veces la podía distinguir en la ventana de su casa, en la plaza principal; o por las noches la veía pasar en una carroza tambaleante en dirección al pequeño teatro, en donde tenía la suerte de poder observarla desde la luneta en un palco, un lugar que los jóvenes oficiales visitaban en los entreactos. A veces me daba la impresión que se dignaba a reconocerme. Pero su mirada pasaba tan fugazmente sobre mí, que no era capaz de sacar alguna conclusión. Había abandonado toda esperanza de alguna vez poder declararle mi adoración, cuando una hermosa mañana de otoño, en el pequeño bosque que se extiende desde la entrada oriental de la ciudad hasta el campo, de forma completamente inesperada, la vi caminado en mi dirección. Con una sonrisa casi imperceptible pasó de largo, quizá sin percatarse de mí, y enseguida volvió a desaparecer entre las hojas amarillas. La vi pasar, y ni pensé en saludarla o tal de vez dirigirle la palabra; cuando desapareció ni me arrepentí de no haber intentado hacerlo, pues no existía posibilidad alguna de éxito. Entonces, algo extraño sucedió: de repente me sentí obligado a imaginarme lo que hubiera sucedido si yo hubiera tenido el coraje de cruzarme en su camino y hablarle. En esa fantasía, Redegonda, lejos de rechazarme, no tuvo ninguna intención de ocultar satisfacción por mi atrevimiento, y, en una vívida conversación –que no omitió quejas sobre el vacío de su existencia y la mediocridad de sus relaciones– por fin expresó sentirse feliz de haber encontrado en mí un alma comprensiva y sensible. Tan prometedora fue su mirada al despedirse, que todo eso, incluso la misma mirada de despedida, a pesar de haber sido solo producto de mi fantasía, me hizo sentir esa noche, cuando volví a verla en el palco, como si entre nosotros flotara un delicioso secreto. No le sorprenderá, querido amigo, que yo, después de haber experimentado la extraordinaria fuerza de la imaginación, siguiera fantaseando nuevos encuentros, en donde nuestras conversaciones poco a poco se fueron volviendo más amigables y familiares, sí, incluso íntimas; hasta que un hermoso día, debajo de las ramas sin hojas de los árboles, la idolatrada mujer cayó en mis brazos. Entonces, dejé que ese feliz delirio continuara, y no necesitó mucho tiempo para que Redegonda visitara mi pequeño departamento en las afueras de la ciudad, y me fuera concedida una dicha, que la triste realidad nunca habría sido capaz de ofrecerme con tanto éxtasis. Tampoco faltaron peligros que sazonaran nuestra aventura. Una noche, en invierno, paseando en trineo, y abrigados con abrigos de pieles, nos cruzamos con el capitán; y ya en esa ocasión se instaló en mi conciencia lo que pronto habría de cumplirse fatalmente. En los primeros días de la primavera se supo en la ciudad que el regimiento de infantería al que pertenecía el marido de Redegonda, buscaba ser transferido a Galitzia. Mi desesperación, no, nuestra desesperación era inmensurable. Discutimos sobre todo lo que en circunstancias tan excepcionales unos amantes suelen considerar: huir juntos, suicidarnos, entregarnos dolorosamente a lo inevitable. Pero la última noche llegó sin que se hubiera tomado una decisión. Yo esperaba a Redegonda en mi habitación, siempre decorada con flores. Estaba preparado para cualquier cosa: tenía mi maleta hecha, mi revolver cargado, mis cartas de despedida escritas. Todo lo que le cuento, querido amigo, es la verdad. Estaba tan poseído por mi delirio, que no solo creía posible que mi amada me visitaría esa noche, la última antes de la partida del regimiento, sino que directamente lo esperaba. No me fue posible invocar su sombra, soñar a la celestial en mis brazos; no, tenía la sensación de que algo insondable, quizás espantoso, la retenía en su casa; cien veces me acerqué a la puerta, espié las escaleras, miré por la ventana, creyendo percibir la cercanía de Redegonda; sí, en mi desesperación estuve a punto de precipitarme a buscarla, de traerla para mí, de exigírsela insolentemente al esposo con la justificación de que éramos amantes… hasta que me desplomé, como por la fiebre, en el sofá. De pronto, cerca de la media noche, sonó el timbre. Sentí que mi corazón se detenía. No sé si me entiende, pero ya no se trataba de una fantasía. Sonó una segunda, una tercera vez, despertando en mí, luminosa y sin resistencia, la conciencia de la realidad. En el instante que reconocí que hasta esa noche mis aventuras habían sido una extraña concatenación de sueños, y sentí cómo nacía en mí la más audaz esperanza: que Redegonda, prisionera de la fuerza de mis deseos en lo más profundo de ser, hubiera sido atraída, sí, obligada hasta el umbral de mi casa, y esperara afuera, en la entrada, que la abrazara con pasión. Con esos deliciosos pensamientos me dirigí a la puerta y abrí. Pero delante de mí no estaba Redegonda, sino su esposo; era él, tan real y vivo como usted ahora, sentado en este banco. Me miraba directamente a los ojo. No tuve más opción que dejarlo entrar e invitarlo a tomar asiento. Él siguió parado, y con indescriptible desprecio alrededor de sus labios, habló: “Usted espera a Redegonda. Lastimosamente no poder venir. Está muerta”. “Muerta” repetí, mientras la realidad se detenía. El capitán, sin perturbarse, siguió hablando: “Hace media hora la encontré en su escritorio, con este pequeño libro, que traje conmigo para simplificar las cosas, delante suyo. Es probable que se haya sobresalto tanto cuando entré de improviso en su habitación que murió. Tome, estas son las últimas líneas que escribió. ¡Por favor!”. Me entregó un pequeño libro abierto, forrado con cuero violeta, y leí las siguientes palabras: “Ahora abandono para siempre mi hogar, el amante espera”. Solo incliné la cabeza, como para confirmarlo. “Seguro comprende que en su mano tiene el diario de Redegonda. Quizá podría hacerme el favor de ojearlo, así hacemos innecesaria cualquier negación”. No lo ojeé, lo leí. Casi una hora, apoyado en mi escritorio, leí, mientras el capitán, inmóvil, esperaba sentado en el sofá; leí toda la historia de nuestro amor, esa dulce, fantástica historia… en cada uno de sus detalles; desde la mañana de otoño en que le hable por primera vez a Redegonda en el bosque, leí sobre nuestro primer beso, sobre nuestros paseos, nuestros viajes al campo, nuestras horas de placer en mi habitación decorada con flores, sobre nuestros planes de huir, de suicidio, sobre nuestra felicidad y desesperación. Todo estaba escrito en esas páginas, todo…lo que no nunca había sucedido en la realidad… pero tal como lo había fantaseado. Y no me pareció en absoluto inexplicable, como seguramente lo es en este momento para usted, querido amigo. Pues de pronto intuí que Redegonda me había amado como yo a ella, y que por eso había tenido la misteriosa capacidad de experimentar mis fantasías. Y por ser mujer estaba más cerca que yo de los abismos de la existencia, allí donde el deseo y su consumación son uno solo, por lo que seguramente estaba profundamente convencida de haber vivido todo lo que estaba escrito en su pequeño libro violeta. También me pareció posible que el diario no fuera más que su venganza. Venganza por mi indecisión, que impidió que mis, nuestros sueños no se cumplieran; sí, que su repentina muerte fue voluntaria, que fue su intención que el diario delator callera en manos del esposo engañado de esa forma. Pero no tenía tiempo para detenerme en la resolución del asunto, pues para el capitán solo podía haber una explicación, la natural; así que hice lo que las circunstancias exigían, di el discurso habitual en esos casos y me puse a su disposición.

 

–Sin haber intentado…

 

–¡¿Negarlo?! –el doctor Wehwald me interrumpió con fuerza–. Incluso si el intento hubiera tenido una mínima posibilidad de éxito, me hubiera parecido deplorable hacerlo. Yo me sentía completamente responsable de las consecuencias de unas aventuras que hubiera querido tener, pero que había sido demasiado cobarde para tener. “Me interesa”, dijo el capitán, “resolver nuestro problema antes de que se haga pública la muerte de Redegonda. Son la una de la mañana, a las tres van a llegar nuestros testigos, a las cinco ya debería de estar todo terminado”. Volví a inclinar la cabeza para mostrarle que estaba de acuerdo. El capitán se retiró con un saludo frío. Ordené mis papeles, salí, saqué de la cama a dos conocidos del gobierno de la ciudad –uno de ellos era un conde–, no les conté más que lo necesario, así podíamos terminar de una vez con el asunto, fui a la plaza principal, iba y venía frente a las negras ventanas, detrás de las cuales sabía que estaba el cadáver de Redegonda, y tuve la impresión de poder escapar a mi destino. A las cinco de la mañana, en un pequeño bosque, muy cerca del lugar donde hubiera podido hablarle por primera vez a Redegonda, frente a frete, las pistolas en la mano, estábamos el capitán y yo.

 

–¿Y usted lo mató?

 

–No. Mi bala pasó muy cerca de su cabeza. En cambio, su disparo me dio directo en el corazón. Morí en el instante, como se dice comúnmente.

 

–¡Oh! –gemí, mirando desconcertado a mi extraño vecino. Pero mi mirada ya no lo encontró. El doctor Wehwald ya no estaba sentado en el banco. Y tengo razones para creer que nunca lo estuvo. Enseguida recordé que el la noche anterior, en el café, se había hablando mucho sobre un duelo en el que nuestro amigo, el doctor Wehwald, había muerto de un tiro. El hecho de que la señora Redegonda haya huido sin dejar rastro con un subteniente el mismo día, generó en el pequeño grupo, a pesar de la seriedad del asunto, algo así como una melancólica serenidad, y alguien expresó la sospecha de que el doctor Wehwald, quien siempre había sido un ejemplo de formalidad, discreción y nobleza, había muerto, un poco queriendo, un poco en contra de su voluntad, por otro, alguien más feliz; algo muy de su estilo.

 

Con respecto a la aparición del doctor Wehwald en el banco del parque, ciertamente hubiera ganado mucha más extrañeza si se me hubiera presentado antes del caballeresco final del original. Y no quiero ocultar que en un principio había pensado en aumentar el impacto de mi historia con ese insignificante desplazamiento. Pero, después de meditarlo, me retuvo el posible reproche de que con ese cambio hubiera jugado a favor de la mística, el espiritismo y otras cosas peligrosas; además se me preguntaría si mi historia era verdadera o inventada, sí, incluso si consideraba posibles acontecimientos de ese tipo; y me hubiera visto ante la vergonzosa situación de ser catalogado, según mi respuesta, como ocultista o charlatán. Por eso preferí contar la historia de mi encuentro nocturno tal como sucedió, consciente del riesgo de que, a pesar de ello, las personas dudaran de su veracidad, con esa desconfianza generalizada que se suele tener en los poetas, aunque con menos razón que en la mayoría de las demás personas.

 

 

Gesammelte Werke. Die erzählenden Schriften, 1961, Band 1, p. 985-991.

 

 

 

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