©Buchwald Editorial, 2019, Buenos Aires

Señor Listo Calisto

Listo Calisto fue por mucho tiempo soldado, pero como la guerra se había acabado y no hacía más que lo mismo todos los días, renunció al ejército y decidió ser lacayo de un gran señor. Allí encontraría ropa adornada con oro, mucho que hacer y siempre algo nuevo.

 

Así que se puso en camino y llegó a un palacio desconocido, donde vio a un señor que caminaba en el jardín. Listo Calisto no lo pensó demasiado, se le acercó decidido y le dijo: “mi señor, estoy buscando trabajo. Si su majestad es un gran señor, sería un placer servirle, no hay nada que no pueda o sepa hacer. El señor respondió: “bien, hijo mío, me parece muy bien, pero antes quiero que me digas qué estoy deseando ahora mismo”. Sin haber respondido, Listo Calisto dio media vuelta, salió corriendo y regresó con una pipa y tabaco en la mano. “Excelente, hijo mío, desde ahora serás mi sirviente, y, como tal, te ordeno que me traigas a la princesa Nomini, la más hermosa de este mundo; quiero que sea mi esposa”. “¡Manos a la obra! –dijo Listo Calisto–, no hay ningún problema; su majestad la tendrá enseguida, sólo necesito un carruaje tirado por seis caballos, un cochero, mercenarios, mensajeros, lacayos, un cocinero y toda una corte; para mí, vestimentas señoriales, y que todos sigan mis órdenes”.

 

No tardaron en partir. El señor sirviente iba en el carruaje, y el convoy real avanzaba en búsqueda de la hermosa princesa. Cuando se les terminó el camino, siguieron por el campo. Pronto se encontraron ante un bosque inmenso con todas sus ramas repletas de pájaros que trinaban al mismo tiempo. “¡Alto! ¡Alto! –gritó Listo Calisto– ¡Nadie moleste a los pájaros! Están alabando a su creador y más adelante me serán útiles. ¡A la izquierda!”, así que el cochero tuvo que girar y bordear el bosque. Poco después llegaron a un campo, donde unos mil millones de cuervos graznaban por comida. “¡Alto! ¡Alto! –gritó Listo Calisto–: tomá uno de los caballos, llevalo al campo y sacrificalo para que los cuervos se alimenten, no quiero que sufran hambre”. Después de que los cuervos comieron, el convoy continuó con el viaje. Pasaron por un estanque, en el que había un pez que se quejaba miserablemente: “¡Por el amor de Dios! En este pantano perdido no hay nada que comer, llévenme a la corriente del río, ¡algún día les devolveré el favor!”. Antes de que el pez terminara de hablar, Listo Calisto gritó: “¡Alto! ¡Alto! ¡Vos,  el cocinero, agarrá al pez con tu delantal; cochero, vamos al río!”. El mismo Listo Calisto se bajó del carruaje y puso al pez en el agua; aleteaba de alegría.

 

Listo Calisto les habló: “pongámonos en marcha, tenemos que llegar antes del anochecer”. Cuando llegaron a la ciudad real, buscaron la mejor posada. El dueño y su personal salieron a recibirlos con todos los honores, porque pensaron que se trataba de un rey de tierras lejanas. Él era solo el sirviente. Más tarde, Listo Calisto fue recibido en la corte real, trató de impresionar a todos y cortejó a la princesa. “Hijo mío –dijo el rey–, muchos pretendientes como tú fueron rechazados, ninguno pudo superar las pruebas necesarias para conquistar a mi hija”. “Adelante –dijo Listo Calisto–, su majestad puede ponerme la prueba que desee”. El rey dijo: “Hice sembrar un cuarto de litro de semillas de amapola. Si puedes reunirlas sin perder una sola, tendrás a la princesa como esposa. “¡Hoho! –pensó Listo Calisto– eso no es nada para mí”. Agarró un vaso de medida, un saco y unas sábanas blancas, salió y extendió las sábanas cerca del campo sembrado. Poco después, llegaron aquellos pájaros que él no había interrumpido en su canto, recogieron semilla por semilla y las pusieron sobre las sábanas blancas. Cuando terminaron, Listo Calisto las guardó en el saco, puso el vaso de medida bajo su brazo, fue a ver al rey, y volvió a contar las semillas pensando que la princesa ya era suya… pero se equivocaba: “una cosa más, hijo mío –dijo el rey–, un día, mi hija perdió su anillo de oro en el río; me lo tenés que traer antes de que ella sea tuya”. Listo Calisto no se preocupó: “si su majestad me muestra en dónde perdió el anillo, enseguida lo recuperaré”. Fue conducido al lugar, bajó la mirada, y vio al pez que había llevado al río; este sacó la cabeza del agua y dijo: “esperá un momento, voy a buscar el anillo en lo más profundo, una ballena lo tiene debajo de una aleta”. Regresó y lanzó el anillo a la orilla. Listo Calisto se lo llevó al rey, pero este dijo: “una cosa más: en un bosque hay un unicornio que ha estado causando grandes daños, si lo matás, la princesa será tuya”. Listo Calisto siguió despreocupado y fue directo al bosque. Los cuervos que había alimentado lo estaban esperando: “tené un poco de paciencia, el unicornio está acostado, durmiendo del lado de su ojo sano; cuando cambie de posición, se lo arrancamos; va a quedar ciego y va a correr por el bosque hasta que su cuerno quede clavado en algún árbol; entonces vas a poder matarlo con facilidad”. Pronto el animal cambió de lado, entonces los cuervos se le lanzaron encima y le arrancaron a picotazos el ojo sano. El unicornio se levantó bruscamente y corrió por el bosque como un loco. Cuando tuvo el cuerno clavado en un gran roble, Listo Calisto salió de su escondite, le cortó la cabeza y se la llevó al rey. Este no pudo seguir negándole a su hija, así que se la entregó. Partió enseguida con toda su corte, la hermosa princesa en la carroza, a su lado, para entregársela a su señor. Fue bien recibido y se celebró una fastuosa boda; Listo Calisto fue nombrado Ministro.

 

Al grupo que escuchó está historia le hubiera gustado participar de la fiesta: a una como doncella; a otra, cuidando los abrigos; a otro, de camarero; a aquél, de cocinero; etc.

 

 

Este relato sólo fue publicado en la primera edición de los Kinder- und Huasmärchen, 1812

 

 

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