©Buchwald Editorial, 2019, Buenos Aires

Un sueño

22/01/2018

Josef K. soñó:

 

Era un día hermoso y K. pensaba salir a caminar. Apenas dio dos pasos, estaba en el cementerio. Allí, los senderos eran artificiales, sinuosos y poco prácticos, pero él se deslizó, sereno, por uno como si flotara sobre un raudo caudal de agua. A lo lejos había divisado una sepultura nueva en la que quería detenerse, como si ejerciera sobre él una irresistible atracción. K., con impaciencia, sólo pensaba en llegar a ella. Apenas podía distinguirla entre las banderas que se agitaban y chocaban entre sí con fuerza; no se veía a los abanderados, pero el ambiente parecía festivo.

 

Con la mirada aún fija en el horizonte, de pronto se percató de que la sepultura estaba a su lado, sí, incluso casi detrás suyo. Apurado, saltó al césped. Como el suelo parecía seguir moviéndose, perdió el equilibrio y cayó de rodillas, justo delante de ella. Dos hombres estaban detrás de la sepultura y levantaban una lápida. Apenas apareció K. la lanzaron al suelo. En seguida, un tercer hombre, que K. reconoció inmediatamente como un artista, salió de un matorral. Solo vestía pantalones y una camisa mal abotonada; en la cabeza llevaba una gorra de terciopelo; en la mano, un lápiz con el que, al ir acercándose, trazaba figuras en el aire.

 

Puso el lápiz sobre la lápida; la piedra era muy grande y no necesitó agacharse, pero sí inclinarse, pues la sepultura, que no quería pisar, lo separaba de la lápida. Así que estaba en puntitas de pie y se apoyaba con la mano izquierda en la piedra. Con ademanes de genialidad trazó letras doradas ; escribió: “Aquí yace –”. Cada letra era nítida y bella, estaba gravada en la piedra y era de oro puro. Cuando terminó de escribir esas dos palabras, miró a K., que ansioso por el progreso del epígrafe no le había prestado atención del artista, solo había estado mirando la piedra. Este, en efecto, se dispuso a seguir escribiendo, pero no pudo, algo se lo impedía; bajó el lápiz y volvió a dirigirle la mirada a K. Esta vez, K. lo miró  y notó que estaba muy nervioso, pero era incapaz de descifrar la causa. Toda su vitalidad anterior había desaparecido. Entonces, también K. se puso nervioso; se miraron con desamparo; había un terrible malentendido que ninguno podía solucionar. Inoportuna, una pequeña campana comenzó a sonar en la capilla sepulcral; el artista hizo un gesto con la mano y el ruido se detuvo. No pasó mucho para que volviera a sonar, esta vez, muy suave; sin necesidad de algún gesto, se detuvo enseguida; fue como si sólo quisiera probar su tono. K. se sintió desconsolado por el dilema del artista, y comenzó a llorar; sollozó con las manos sobre su rostro. El artista esperó a que K. se tranquilizara y decidió, a pesar de todo, pues no encontró otra opción, seguir escribiendo. La primera línea que trazó fue, para K., una liberación, y era evidente que hacía un enorme esfuerzo; la letra ya no era tan bella, sobre todo porque parecía que le faltaba oro; el trazo surgió pálido e inseguro, la letra se hizo más grande. Era una “J”. Estaba casi terminada cuando el artista pisoteó con tanta furia el sepulcro que la tierra a su alrededor se levantó. Por fin K. lo comprendió, pero ya no había tiempo para disculparse; con sus manos cavó en la tierra, que casi no ofrecía resistencia; todo parecía ser un montaje: una delgada capa de tierra había sido esparcida para mantener las apariencias; detrás de ella se abría un gran hoyo de paredes inclinadas, en el que K., puesto de espaldas por una delicada corriente, se hundió. Pero mientras abajo era recibido por la impenetrable profundidad y su cabeza permanecía levantada sobre el cuello, apareció de golpe con imponente floritura su nombre en la lápida.

 

Encantado por esa visión, se despertó.

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