©Buchwald Editorial, 2019, Buenos Aires

Palabra e imagen están crucificadas. El lenguaje de Hugo Ball

13/11/2017

 

 

En su diario (la entrada correspondiente al 13 de junio de 1916), Hugo Ball anota: "Imagen y palabra son una. Pintores y escritores son uno. Cristo es palabra e imagen. La palabra y la imagen están crucificadas". Sentencias que se encadenan como un rezo para decretar el apocalipsis del lenguaje en su capacidad representativa, un lenguaje más allá de la lengua, el lenguaje total. Entonces, ¿para qué escribir? Presionar la madera podrida para que el clavo se zafe, quizás tenga que ver, sin embargo, con la formulación de otra pregunta: qué escribir, por ejemplo.

 

Tenderenda, nombre del personaje de la novela homónima (Buchwald, 2017), es un poeta que, como ya no hay nada para decir en la ciudad imaginaria que habita, profetiza. Profetizar es como cantar, como maullar o como un concierto de ruidos atroces. Eso sí tiene sentido. Los tres himnos que aparecen en la novela, el canto "Los cielos rojos" y, por supuesto, el famoso poema fonético "Karawane" o "Jolifanto bambla ô falli bambla" (que fue parte de performances de Hugo Ball en el Cabaret Voltaire), más allá de demostrar un procedimiento estético que quiebra la estructura formal del lenguaje, son un proceso liberador de estas mismas estructuras como fenómeno ético, como un acto de intuición y de fe.

 

Si pensamos al lenguaje desde una perspectiva generativista, su carácter universal –que Chomsky ha llamado Gramática Universal– es un estado inicial que proporciona un sistema fijo de principios y una colección finita de parámetros. Las reglas particulares de una lengua se reducen a la elección de valores para estos parámetros. Lo que sucede en el proceso de generación de una estructura lingüística, entonces, es la interacción de los principios de la GU y los valores fijados en los parámetros. Por lo tanto, en esta interacción se encuentra un punto de fuga del sistema que da lugar a la creatividad del hombre para generar las estructuras.

 

Hay una latencia del sistema que hace de la lengua un gran potencial y supera su cristalización. Y es en ella donde Ball (y Tenderenda) se ha atrincherado con su traje de papel satinado. Sus poemas fonéticos e, incluso, la novela toda son la puesta en marcha de una nueva función del lenguaje: la creatividad por vía intuitiva. Palabra e imagen están crucificadas, pero el aullido aun tiene fuerza, su fuerza natural. La lengua de Ball es un aullido en estado puro. Establece una relación de inmediatez entre el sujeto y su entorno desentendiéndose de cualquier pertenencia e identidad. Es un acto anárquico y una plegaria, un gesto anti-sistema (lingüístico) y una salvación (para la escritura).

 

La desarticulación de los sistemas de actuación –para seguir con la perspectiva chomskiana–, es decir, del sistema conceptual (semántica) con el de competencia pragmática (fonética) en frases como: "Los cielos rojos, mimuli mamai / Los gatos azules, fofolli mamai", no sólo establece una partitura rítmica en la escritura de Ball, si no que trasciende el sistema lingüístico mismo. La fórmula mágica dedicada a los animales de Tenderenda "Baubo sbugininga gloffa", refuerza esta trascendencia: toda la fórmula no está escrita en ninguna lengua reconocible pero, a la vez, se la puede asociar a muchas desde la intuición. Los poemas fonéticos de Ball son una fórmula mágica, que hacen bajar de la cruz a Cristo, a la palabra y a la imagen, solo (y por un instante) para formular una pregunta. 

 

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