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  • Buchwald

Walter Benjamin: Colectivo onírico

El siglo XIX, un periodo (un tiempo onírico [Zeit-traum]) en el que la conciencia individual se sostiene cada vez más sobre el reflejo, mientras que la conciencia colectiva se hunde en un sueño cada vez más profundo. Pero tal como el durmiente –en esto igual al loco– inicia el viaje macrocósmico a partir de su cuerpo, los ruidos y sensaciones de su interior –la presión arterial, los movimientos intestinales, el pulso y la sensación muscular (que en la persona sana y despierta se diluyen en el oleaje de la salud) engendran en sus sentidos interiores, increíblemente agudos, locura o imágenes oníricas que las traducen y explican–, así también sucede con el colectivo onírico que, al entrar en los pasajes, se abisman en su propio interior. Es a este colectivo –y a este procedimiento– que tenemos que investigar para interpretar el siglo XIX –en moda y publicidad, en construcciones y en política– como consecuencia de su historia onírica. [K 1, 4]


Así como las rocas del Mioceno o del Eoceno llevan la huella de los monstruos de aquellas épocas, hoy los pasajes de las grandes ciudades contienen, como cavernas, los fósiles de una bestia de la que jamás se volvió a saber algo: el consumidor de la época preimperial del capitalismo, el último dinosaurio de Europa. En las paredes de estas cavernas, prolifera una flora inmemorial, la mercancía, que, como el tejido de una úlcera, tiene una textura sumamente irregular y llena de conexiones. Un mundo de secretas afinidades se abre en ella: palmera y plumero, secador de pelo y Venus de Milo, prótesis y epistolarios. La odalisca espera junto al tintero y las sacerdotisas levantan platos en los que depositamos colillas como si fueran ofrendas humeantes. Estos objetos en las vidrieras son un jeroglífico [Rebus]: uno tiene en la punta de la lengua la clave para leer la comida para pájaros en la cubeta, las semillas de flores junto a los largavistas, el garabato interrumpido en el cuaderno de notas y el revólver sobre la pecera de los goldfish. Después de todo, nada de todo esto es nuevo. Los goldfish provienen quizá de una pileta hace mucho vacía, el revólver fue un corpus delicti, y una vez que se marcharon sus últimos alumnos, esas notas difícilmente pudieron salvar del hambre a su antigua propietaria. Y como el fin de un periodo económico se representa a sí mismo ante el colectivo onírico como el fin del mundo, el poeta Karl Kraus juzgó correctamente a los pasajes, que, por otra parte, debieron haberlo atraído como el molde de un sueño: “En el Pasaje de Berlín no crece el pasto. Parece un espacio posapocalíptico, aunque haya gente que lo transita. La vida orgánica desapareció y eso se manifiesta. El gabinete de figuras de cera de Kastan. Oh, un domingo de verano allí, a las seis de la tarde. Un orquestrión mecánico suena durante la operación de vesícula de Napoleón III. Los adultos pueden ver el chancro de un negro. Los irrecuperables últimos aztecas. Oleografías. Muchachos de manos gruesas se prostituyen. Afuera está la vida: una cervecería-cabaret. El orquestrión toca ‘Emil, du bist eine Pflanze’. Aquí se fabrica a Dios con la máquina”. Karl Kraus: Nachts. Viena-Leipzig, 1924, pp. 201 y 202. [R 2, 3]



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