• Buchwald

Walter Benjamin: “Cierto-ser-uno” [S 2, 3]

Es notable cómo Hofmannsthal llama a ese “cierto-ser-uno” una existencia en el ámbito de la muerte. De ahí la inmortalidad de su “Priesterzögling” [novicio], aquel personaje de ficción –del que me habló en nuestro último encuentro– que recorrería las distintas religiones a través de los siglos como quien recorre las habitaciones de una casa. Cómo, en el espacio estrechísimo de una sola vida, este “cierto-ser-uno” y lo que fue conducen al ámbito de la muerte, lo comprendí en 1930 en París, durante una conversación sobre Proust. Es cierto que Proust no elevó al ser humano, solo lo analizó. Sin embargo, su grandeza moral reside en un terreno completamente distinto. Se ocupó, con una pasión que ningún otro escritor había conocido antes, de la fidelidad a las cosas que atravesaron nuestra vida. Fidelidad a una tarde, a un árbol, a un rayo de sol sobre la alfombra, fidelidad a los trajes de gala, a los muebles, a los perfumes o a los paisajes. (El descubrimiento que finalmente hace en el camino a Méséglise es la más grande enseigmente moral que Proust nos puede dar: una especie de transposición del semper idem). Admito que Proust, en un sentido más profundo, peut-être se range du côté de la mort. Su cosmos quizá tenga su sol en la muerte, en torno al que giran los momentos vividos, las cosas reunidas. “Más allá del principio del placer” es probablemente el mejor comentario que existe sobre la obra de Proust. Para entender a Proust quizá haya que partir del hecho de que su motivo sea el reverso, le revers, “moins du monde que de la vie même”.


Libro de los Pasajes, [S 2, 3]



©Buchwald Editorial, 2021, Buenos Aires