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  • Buchwald

Kazimir Malévich: El suprematismo

Por suprematismo entiendo la supremacía de la sensibilidad pura en las artes plásticas.


Desde el punto de vista de los suprematistas, los fenómenos de la naturaleza figurativa carecen, en sí mismos, de significado. Lo esencial es la sensibilidad como tal, independiente del entorno en el que surja.


La llamada “concretización” de la sensibilidad en la conciencia significa, en el fondo, una concretización del reflejo de la sensación mediante una representación real. Una representación así no tiene valor en el arte del suprematismo… Y no solo en el arte del suprematismo, sino en el arte en general. Es que el valor permanente, real de una obra de arte (sea cual sea la “escuela” a la que pertenezca) se encuentra exclusivamente en la sensación que se expresa.


El naturalismo académico, el naturalismo de los impresionistas, el cézannismo, el cubismo, etc., hasta cierto punto, no son nada más que métodos dialécticos que, por sí mismos, no determinan el verdadero valor de la obra de arte.


Una representación objetiva es, en sí misma (lo objetivo como único fin de la representación), algo que nada tiene que ver con el arte; sin embargo, el uso de lo objetivo en una obra de arte no excluye la posibilidad de que tenga un alto valor artístico.


Por lo tanto, para el suprematista, el medio de representación apropiado será siempre el que dé la máxima expresión posible a la sensibilidad y el que ignore la objetividad habitual de los objetos.


Para él, lo objetivo, en sí, no tiene significado; las representaciones de la conciencia no tienen valor.

La sensibilidad es el factor determinante... así es como el arte llega a la representación no objetiva, al suprematismo.


Llega a un “desierto” donde no se puede conocer nada más que la sensibilidad.


Todo lo que determinaba la estructura objetivo-ideal de la vida y del “arte”: ideas, conceptos y representaciones… todo lo ha rechazado el artista, para atender la sensibilidad pura.


El arte del pasado, que se encontraba al servicio (por lo menos, hacia afuera) de la religión y el Estado, debe renacer en el arte puro (no aplicado) del suprematismo, y construir un mundo nuevo: el mundo de la sensibilidad.


Cuando en el año 1913, en mi desesperado intento por liberar al arte del lastre de la figuración, me refugié en la forma cuadrada y expuse un cuadro que no consistía más que en un cuadrado negro sobre un fondo blanco, la crítica, y con ella el público, se quejó: “Todo lo que amamos está perdido. Estamos en un desierto… ¡Ante nosotros, no hay nada más que un cuadrado negro sobre un fondo blanco!”.


Se buscaron palabras “aplastantes” para ahuyentar el símbolo del “desierto” y ver, en el cuadrado muerto, el tan querido y fiel retrato de la realidad (la “objetividad” real y la sensibilidad espiritual).


La crítica y el público consideraron al cuadrado incomprensible y peligroso... y no era de esperarse otra cosa.



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