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Joseph Roth: Conversión de un pecador en el palacio de la UFA en Berlín

No solo en los diarios, sino también en un centenar de carteles estridentes y de colores vivos se anunciaba la película más hilarante de los Estados Unidos, el mayor éxito del mundo, garantizado. Afuera, frente a los tres portales altos y anchos, donde un portero impecable aguardaba, colgaban anuncios y una muy conocida cara de payaso en rojo y amarillo. Una multitud de personas felices se agolparon frente a las boleterías y compraron entradas. Nada delataba la profunda solemnidad que me esperaba en el cine, y no tenía ni idea de los trastornos a los que iba a ser sometida mi alma impía...


Hacía mucho que había abandonado la costumbre de ver en las mezquitas de Berlín un lugar de culto musulmán. Sabía que en este país las mezquitas eran cines y el Oriente, una película. Sin embargo, antes, hace muchos años, cuando todavía era creyente, solía ir a misa temprano. Una vez entré en una iglesia, pero era una estación de tren. Más tarde supe que la arquitectura no significaba nada y que en los hangares de ladrillo rojo y pararrayos también se escuchaba la palabra de Dios…


Esta vez fue distinto:


Me senté en la tercera fila frente a la cortina de terciopelo verde. De repente, la sala se oscureció, la cortina se abrió lentamente y una luz misteriosa, que Dios no podría haber creado y que la naturaleza sólo podría producir en mil años, atravesó con suaves movimientos las paredes plateadas de la sala y el frente del escenario. Era como si las cascadas hubieran sido domesticadas y adiestradas durante años y las hubieran puesto en las paredes de la sala, de donde fluían delicadas, civilizadas, subordinadas a las necesidades humanas, fuerzas elementales con buenos modales. La iluminación era un amanecer y atardecer al mismo tiempo, cielo despejado y bruma infernal, atmósfera urbana y verde bosque, luz de luna y sol de medianoche. Lo que la naturaleza produce en un lento y aburrido proceso estaba comprimido ahora en un espacio y en un minuto. Queda claro que aquí una deidad desconocida y poderosa participaba en el juego o, mejor dicho, en un hecho muy serio. Era demasiado angosto para arrodillarse, porque estábamos sentados muy juntos. Pero, la imagen era posible: las rodillas se postraron, por así decirlo, sobre sí mismas…

A mi alrededor había, en la medida en que uno puede reconocer la confesión en los rostros, representantes de todo tipo de fe. Disidentes y también malvados. Todos estaban conmovidos. Y cuando un joven negro comenzó a orar en un órgano y los poderosos sonidos del divino instrumento llenaron los corazones abiertos de los presentes, se hizo tanto silencio en el salón que sólo se podía escuchar la respiración de las personas, como en un examen médico a la orden: ¡respira profundamente!...


Entonces sonó una campana de plata y, por costumbre, incliné la cabeza y seguí mirando hacia adelante, como lo hacía cuando era niño. Luego, el telón se abrió a la derecha e izquierda, y hombres negros comenzaron a chorrear por los escalones frente al escenario, uno a uno, hombres con instrumentos musicales. Al final, de prisa y como un maestro entrando a clase, un joven delgado con lentes saltó frente a la orquesta, y su largo cabello, que él mismo había arreglado, ondeaba al viento.


Era el director de la orquesta...


Y fue maravilloso ver cómo movía sus brazos como un gran abanico de plumas de pavo, cómo se batía a duelo, armado de su batuta, con toda la orquesta, incitaba a los violines, hacía protestar al bajo, agitaba las velas del tambor y le arrancaba serpentinas de plata a las flautas… y todo era de Offenbach.


Dependiendo del peso y la ligereza de la melodía, la luz cambiaba de azul a rojo y amarillo, los músicos eran fantasmas y el cabello del director a veces se encendía, una llama sagrada, por la brillantina. Las cascadas seguían fluyendo. Y finalmente nuestra devoción estalló en violentos aplausos, y los disidentes aplaudieron con más fuerza. Todos reconocimos la voluntad de un poder sobrenatural, una dirección de cine metafísica, un oficio celestial…


Luego, el operador del cine comenzó la proyección de la película de Harold Lloyd. Pero, ¿quién podría reír? Ninguna otra diversión llegó a mi diafragma. Pensé en la muerte, en la tumba y en el más allá. Y mientras en la pantalla se estaba desarrollando algo brillante y divertido, decidí dedicar mi vida a Dios y convertirme en ermitaño.

Después de que terminó la función, busqué un bosque amplio y tupido, que no he abandonado desde entonces...


Frankfurter Zeitung, 19 de noviembre de 1925