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Gertrud Kolmar: Salamandra


Vivíamos distantes el uno del otro

en cuerpos, no en corazones.

Vos eras alquimista.

Yo, la salamandra.


Un pequeño monstruo,

un engendro negro,

embarrado en barro dorado,

me retorcía en fuego.

Se movía con delicados jadeos

entre mis miembros húmedos,

yo, hielo negro –

la gente quería creerlo.


Cree en leyendas,

tan reales como verdades.

Lamió la lengua roja;

sobre ella dejé caer mi amargo llanto.

Se hundió en un delicado abanico

que descansaba enfermizo en el rebaño

sobre madera de pino desecha

y murió en mi oscuridad como una sonrisa.


Entonces dejaste al insensible,

al torpe ser

deslizarse por el frío día de otoño.

Regresó a casa, al pantano.

©Buchwald Editorial, 2020, Buenos Aires