top of page

Bertolt Brecht: El teatro como institución deportiva – Más deporte del bueno

  • Foto del escritor: Buchwald
    Buchwald
  • 11 jul
  • 6 min de lectura

Actualizado: 20 jul

El teatro como institución deportiva (1926)

 

Es cierto que –cuando hago el esfuerzo de ir– no disfruto mucho del teatro; con eso no quiero decir que sea malo. Son muchos los que se involucran seriamente para que pueda existir; y muchos los que, incluso ocupados todo el día con asuntos importantes, se esfuerzan por aplaudir en el momento oportuno y compartir la opinión de los diarios que leen; una opinión que no siempre es inteligente, pero generalmente sí formulada a conciencia y con conocimiento de causa. Sólo creo que no disfruto mucho del teatro en la misma medida que esta gente tiene un sentido erróneo de él.

 

Una de nuestras enfermedades más singulares es el hecho de que, una vez que reconocemos que algo sería bueno de tal o cual manera, incurrimos en todo tipo de imbecilidades para hacerlo de esa determinada manera; incluso si el resultado es algo completamente distinto: y ese algo completamente distinto nos resulta lo máximo a lo que podemos aspirar sólo por el hecho de que es lo mejor que podemos lograr –y lo mejor que podemos desear–. Esta es una de nuestras enfermedades más singulares, está por todas partes. Nuestros nuevos redentores, que tomaron el control del teatro (literario) no porque fueran mejores que los anteriores, sino porque eran nuevos, aspiraban a elevar el teatro, de la mera aula de biología o psicología a templo. Construyeron púlpitos y fijaron carteles rojos para que la buena gente acudiera a los templos. Y acudieron. Salían de sus comercios, de sus disputas por huevos, amantes y rangos; se enfundaban en sus mejores galas y se subían a los púlpitos a exclamar que el hombre debía reformarse; que el bien era el bien; y la tiranía, molesta; incluso, abominable. Y algunos de ellos se clavaban cuchillos en los brazos o tragaban ranas o escupían fuego o hacían equilibrio con 800 elefantes o hacían alarde de sus músculos. Y los que estaban abajo se comportaban de manera serena y digna, pues, por suerte, al menos no terminaban de entender lo que decían esos redentores; y abrían tanto sus bocazas que desde arriba se veían hasta sus estómagos vacíos. Pero entonces, cuando la gente entendió que la tiranía era molesta, incluso abominable, y buena, se marcharon tranquilamente y nunca regresaron.

 

Pero estaban equivocados, sin más. Los mismos que escupían fuego y se clavaban cuchillos también podrían haberlos entretenido de maravilla si hubieran actuado en otra parte: en el circo.

 

Los mismos que se marcharon se habrían arremangado y habrían apostado y silbado, y la habrían pasado espectacular.

 

Pero eso en la iglesia no se podía hacer.

 

En la iglesia no disfrutábamos de esas cosas.

 

Los que ideaban los carteles (¡algo que ya era en sí un derroche tremendo de talento!) habían entendido correctamente que la iglesia necesitaba un cambio, pero el cambio que ellos ofrecían no era el correcto. Y que era bueno verse profundamente conmovido por las revelaciones interiores y convertirse en hermano (aunque ser hermano no es ninguna profesión, ¿¡no!?); pero ¿no es cierto que sin revelaciones interiores no se puede estar?, y esas no las podían proporcionar ellos. Así que: ¡descartada la idea del templo! Así que, ¡es mejor que lo reconozcan y que impriman carteles nuevos! ¡Están invitando a la gente al circo! Y ahí pueden estar arremangados y apostar, sin tener que estar pendientes de revelaciones interiores ni compartir la opinión de los diarios que leen. Despreocupados, pueden contemplar cómo a un hombre le va bien o se derrumba, cómo es oprimido o cómo celebra el triunfo; y recordar sus propias luchas de la mañana […].

 


Más deporte del bueno (6 de febrero, 1926)

 

Nuestra esperanza está en los hinchas.

 

Miramos con desdén, no tratemos de negarlo, esos colosales bloques de hormigón en los que se apelotonan 15.000 personas de todas las clases y etnias, el público más inteligente e imparcial del mundo. Allí esas 15.000 personas pagan un alto precio y reciben lo que esperan sobre la base de una regulación sana de oferta y demanda. No se puede esperar un juego limpio de ramas que se caen. La corrupción de nuestro público teatral deriva del hecho de que ni el teatro ni el público tienen idea de lo que debería estar ocurriendo allí. La gente sabe exactamente qué les espera cuando compra una entrada para un evento deportivo, y eso es exactamente lo que ocurre cuando se acomodan en sus asientos: ven gente entrenada que exhibe sus dones con una facilidad asombrosa, aunque con la responsabilidad más absoluta y la sutileza de alguien que consigue que el otro piense que lo hace principalmente para su propio disfrute. El teatro tradicional hoy en día ya no tiene más cabida. No hay ninguna razón para que el teatro no tenga también su “buen deporte”. Si los edificios construidos para albergar teatros, que al fin y al cabo ya están de pie y devoran intereses, se consideraran, en mayor o menor medida, espacios desocupados para el desarrollo del “buen deporte”, sin duda se podrían aprovechar para entretener a un público que hoy gana dinero de hoy y hoy come carne de hoy. Por supuesto que es posible que también haya un público en el teatro que quiera ver algo que no sea “deporte”. Pero la realidad es que actualmente no conocemos  algún público teatral que quiera algo. La sutil reticencia que tiene el público de renunciar a las butacas heredadas de sus abuelos no se debería tratar de maquillar como una renovada manifestación de voluntad.

 

Estamos acostumbrados a que se nos exija que no produzcamos únicamente en función de la demanda. Pero estoy convencido de que ningún artista, incluso cuando trabaja para las generaciones venideras escondido en un infame altillo, es capaz de producir nada sin un motor que lo impulse. Y ese motor debe ser el de su tiempo, no un motor del futuro. No está para nada predefinido en qué dirección nos impulsará (ya se sabe que, si hay un motor, también se puede emplear para moverse marcha atrás, pero sin él –o con un motor del futuro– es imposible moverse) y es muy probable que un artista esté lejos de explotar hoy su máximo potencial si solo se mueve con el motor de su tiempo. Sería un error garrafal querer justificar a través del impacto actual de alguna obra de teatro su contacto o no contacto. Algo completamente distinto ocurre con los teatros.

 

Un teatro que carece de contacto con el público es un sinsentido. Nuestro teatro es, por tanto, un sinsentido. Que el teatro actual no tenga todavía contacto con el público se debe a que no sabe qué se espera de él. Lo que un día supo hacer, ya no sabe hacerlo; y si todavía supiera hacerlo, ya no le interesaría a nadie.

 

Pero el teatro sigue haciendo aquello que ya no sabe hacer y lo que ya no le interesa a nadie. En todos aquellos majestuosos edificios climatizados e iluminados que cuesta un quintal mantener, y con todo lo que ocurre dentro de ellos, ya no es posible divertirse por cincuenta centavos. Ningún teatro podría invitar, hoy en día, a gente de renombre que disfruta de escribir obras, a ver una representación con la esperanza de que esta gente sienta la necesidad de escribir una obra para este teatro. Enseguida perciben: aquí no hay forma de divertirse. Aquí no hay motor alguno que impulse esto. Aquí no hay “un buen deporte”.  

 

Tomemos como ejemplo al actor. No quiero decir que tengamos menos talento que en épocas anteriores, pero tampoco creo que haya existido nunca una tropa de actores tan estresada, maltratada, empujada por el miedo, artificialmente enardecida como la nuestra. Y nadie que no disfruta de lo que hace puede pretender que otros disfruten de ello. Por supuesto, los de arriba le echan la culpa a los de abajo, y lo que más les gusta es arremeter contra los inofensivos altillos. La ira popular se ensaña con los escritores de altillo: las obras no son nada. Al respecto, cabe mencionar que estas, en el caso de que, por ejemplo, hayan sido escritas por diversión, ya deben ser mejores que el teatro que las representa y que el público que las ve. Es imposible reconocer una obra de teatro después de que haya pasado por esta trituradora. Si venimos diciendo: “tanto nosotros como el público teníamos otra expectativa; a nosotros, por ejemplo, nos gusta la elegancia, la liviandad, la aridez y la objetividad”, el teatro responde ingenuamente: “esas preferencias suyas, estimado señor, no habitan en el corazón de nadie”. ¡Como si no fuera posible cometer un parricidio con elegancia y objetividad, con perfección clásica, podría decirse!  

 

Pero, donde debería haber talento auténtico, solo hay una tensión artificiosa de intensidad fingida. Ya no son capaces de escenificar nada especial, o sea, que merezca la pena ver. El actor tiene, desde el principio, el oscuro anhelo de conseguir que su público no se marche, en un impulso tan antinatural que parece lo más normal del mundo herir a un padre. Pero al mismo tiempo, se hace patente que el hecho de actuar le pesa enormemente. Y alguien que se agota en el escenario, si solo es medianamente bueno, agota también a todos los que están en las butacas. 

 

No comparto la opinión de aquellos que se lamentan de no poder detener la acelerada decadencia de Occidente. Pienso que, si tan solo se despertara un buen espíritu deportivo, dada la cantidad de temáticas que merecen ser vistas, los tantos tipos que merecen ser admirados y los hallazgos que merecen ser encontrados, habría que construir teatros, si es que no los hubiera. Pero lo más esperanzador que tienen los teatros actuales es la gente que sale del teatro, por delante y por detrás, después de la función: no están contentos.

 


Traducción de Isabel Hoffmann López

 
 
 

Comentarios


Ya no es posible comentar esta entrada. Contacta al propietario del sitio para obtener más información.

Buchwald Editorial, 2026, Buenos Aires

bottom of page