©Buchwald Editorial, 2019, Buenos Aires

  • Friedrich Nietzsche

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (segunda parte)


Vimos cómo el lenguaje es responsable de la creación de los conceptos, algo de lo que más adelante se encargaría la ciencia. Y así como la abeja construye panales y los llena de miel, la ciencia trabaja incansablemente en ese gran columbario de conceptos, en el cementerio de las intuiciones: cada vez construye nuevos y más elevados niveles, refuerza, limpia y renueva los más viejos, y, sobre todo, se esfuerza en llenar esa monstruosa estructura con toda la realidad empírica, o sea, en clasificar al mundo antropomórfico. Mientras el individuo activo ata su vida a la razón y a sus conceptos para no ser arrastrado y perderse, el investigador construye su choza al pie de la torre de la ciencia para poder ayudar en su construcción y sentirse protegido por esa mole. Y necesita protección: existen terribles fuerzas que constantemente buscan irrumpir en él con otro tipo de verdades, muy distintas a las “científicas” y adornadas con los emblemas más variados.

Aquel instinto a la formación de metáforas, fundamental
en el ser humano e imposible de negar siquiera por un instante –pues se negaría a sí mismo–, nunca pudo ser sometido ni reprimido en esa fortaleza, ese nuevo mundo regular y rígido que se edificó con sus volátiles productos, los conceptos. Siempre busca un nuevo espacio y otro cauce para su productividad, y lo encuentra en el mito, pero especialmente en el arte: constantemente desordena las celdas conceptuales al introducir nuevas transferencias, metáforas y metonimias; constantemente manifiesta el deseo de transformar al mundo de la vigilia en algo confusamente irregular, inconexo, seductor y siempre distinto, como el mundo de los sueños. De hecho, el ser humano es consciente de estar despierto solo por aquel rígido y regular entramado de conceptos, y es por eso que cuando el arte despedaza de golpe ese entramado, el ser humano cree estar soñando. Si todas las noches soñáramos lo mismo, afirma Pascal con certeza, lo onírico nos ocuparía tanto como lo más cotidiano: “Si un artesano soñara que es un rey todas las noches, doce horas seguidas, creo que sería tan dichoso como un rey que soñara todas las noches, doce horas seguidas, ser un artesano”. El estado de vigilia de un pueblo que vive lo mítico, digamos, como los antiguos griegos, está atravesado por la constante presencia de lo prodigioso, y es más afín a lo onírico que la vigilia de un pensador desencantado. Cuando un árbol puede ser una ninfa, cuando un dios en forma de toro puede secuestrar doncellas, cuando la diosa Atenea pasea en compañía de Pisístrato por el mercado de Atenas –y esto es lo que el ateniense creía–, entonces, como en un sueño, todo es posible, y la naturaleza acosa al ser humano como si fuera una máscara de los dioses, que simplemente disfrutan engañándolo.

Sin embargo, el ser humano tiene una inclinación invencible a dejarse engañar, y queda como encantado cuando el rapsoda recita leyendas épicas como si se tratara de verdades, cuando un actor interpreta a un rey con más majestuosidad que cualquier rey existente. El intelecto, ese maestro de la simulación, queda liberado de su habitual esclavitud cuando puede engañar sin hacer daño. Entonces celebra sus saturnales. Nunca es tan exuberante, rico, soberbio, ágil y audaz: lleno de placer desordena metáforas y desplaza los límites de la abstracción, y así, por ejemplo, llama al río, un camino en movimiento que lleva al ser humano a donde habitualmente camina. Es que se quita de encima la marca de la esclavitud: entregado habitualmente, con oscura laboriosidad, a la tarea de proporcionar a un codicioso infeliz los medios y las herramientas necesarios para sus objetivos, como un sirviente que va en busca de un botín por su amo; ahora es señor y puede borrar de su rostro la expresión de necesidad. Ahora, todo lo que hace implica simulación, como su accionar anterior implicaba deformación. Copia la vida, pero la considera algo bueno y parece mostrarse satisfecho con ella. Ese gigantesco andamiaje de conceptos que el ser humano, en su necesidad, usa como protección durante toda su existencia no es para el intelecto liberado más que un armazón y un juguete: cuando lo rompe, desarma y reconstruye, uniendo con ironía las piezas más desiguales y separando las que mejor se ajustan, queda en evidencia que el ser humano no necesita del recurso de la necesidad y que ya no es guiado por conceptos, sino por intuiciones. No hay camino ordinario alguno que lleve de esas intuiciones a la tierra de los fantasmales esquemas, de las abstracciones; no existe palabra alguna para esas intuiciones; en su presencia, el ser humano enmudece o se expresa en metáforas prohibidas e inauditas combinaciones conceptuales para responder de forma creativa a la impresión que la poderosa presencia de la intuición causa en él o, por lo menos, para destruir las viejas barreras conceptuales y burlarse de ella.

Hay épocas en las que el ser humano racional y el intuitivo conviven lado a lado: uno, con miedo a la intuición; el otro, mofándose de la abstracción; este último es tan irracional como el primero, insensible. Ambos pretenden dominar sobre vida: el primero afronta y satisface sus necesidades más imperiosas con previsión, inteligencia y regularidad; el segundo es un “héroe desbordante de alegría” y no ve esas necesidades, para él, solo es real la vida embellecida. Cuando el ser humano intuitivo maneja sus armas con más fuerza y éxito, como en la antigua Grecia, puede formarse una cultura –si las circunstancias son favorables– que instaure el dominio del arte sobre la vida. El disimulo, el rechazo de la necesidad, el esplendor de las intuiciones metafóricas y, en general, la inmediatez del engaño acompañan a todas las manifestaciones de una existencia así. Ni la vivienda, ni el andar, ni la vestimenta, ni la vasija de barro indican ser producto de la necesidad, es como si expresaran una sublime felicidad y una serenidad olímpica y un jugar con la seriedad. Quien es guiado por conceptos y abstracciones no los utiliza más que para protegerse de la desgracia y librarse del sufrimiento, pero sin obtener de esas abstracciones felicidad alguna; en cambio, el ser humano intuitivo, arraigado en una cultura, además de protegerse de la desgracia, cosecha, como fruto de sus intuiciones, una constante iluminación, distracción y consuelo. Es cierto que cuando sufre, lo hace con más violencia, sí, incluso sufre con más frecuencia porque no sabe sacar conclusiones de sus experiencias y siempre vuelve a cometer los mismos errores. Es tan irracional cuando sufre como cuando es feliz, grita con todas sus fuerzas y no encuentra consuelo. ¡Qué distinta es la actitud del estoico, instruido por la experiencia, dueño de sí mismo a través de conceptos, ante la misma desgracia! Él, que normalmente solo busca sinceridad, verdad y protección de los sorpresivos ataques de la seducción, alcanza, ante la desgracia, como aquel ante la alegría, la obra maestra del engaño: no ostenta un rostro humano, conmovido y trastornado, sino una especie de máscara, de rasgos nobles simétricos; no grita, ni siquiera cambia el tono de voz. Cuando una tormenta se desata sobre él, se envuelve en su manto y se aleja a paso lento bajo la lluvia.

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