©Buchwald Editorial, 2019, Buenos Aires

  • Friedrich Nietzsche

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (primera parte)


“En algún rincón perdido del universo, entre los innumerables y centelleantes sistemas solares que lo anegan, hubo una vez un astro en donde fue inventado por animales inteligentes el conocimiento. Fue el momento más soberbio y falso de la 'historia universal', y, sin embargo, fue solo un instante. La naturaleza respiró un par de veces, el astro se congeló y los animales inteligentes tuvieron que morir”. Cualquiera podría inventar una fábula como ésta y ser incapaz de explicar con precisión lo miserable, lo sombrío y efímero, lo inútil y arbitrario que es el conocimiento humano para la naturaleza. Pasaron eternidades sin que existiera; cuando vuelva a dejar de existir, será como si nunca lo hubiera hecho. Porque para el conocimiento no existe objetivo alguno que trascienda la vida humana. Es estrictamente humano, y solo su portador y creador lo percibe con tanta solemnidad como para pensar que hace girar al mundo. Si pudiéramos comunicarnos con el mosquito, nos enteraríamos de que va volando por ahí con la misma solemnidad, pues se cree el centro alado del mundo. En la naturaleza no existe nada, por reprochable e insignificante que sea, que al más mínimo soplo del poder del conocimiento no se hinche como un globo; y así como cualquiera que carga con un peso quiere ser admirado, el más orgulloso de los seres humanos, el filósofo, cree que el universo tiene puesta la mirada en sus actos y en su pensamiento.

Es curioso que el intelecto sea capaz de generar tal estado; él, que hace poco solo servía como recurso auxiliar para que los seres más desdichados, delicados, efímeros pudieran aferrarse un instante más a su existencia, puesto que sin ese plus tendrían todos los motivos para huir tan rápido de este mundo como el hijo de Lessing [en una carta a Johann Joachim Eschenburg (3/1/1778), Lessing le cuenta de la muerte de su hijo recién nacido, y se pregunta si “¿no fue por inteligencia que aprovechó la primera oportunidad para huir de este mundo?”]. La arrogancia que viene con el conocimiento y la experiencia es una bruma que enceguece los sentidos, es decir, distorsiona en el valor de la existencia, pues trae consigo la más aduladora valoración del conocimiento. Su efecto general es el engaño, aunque sus efectos más particulares también tienen algo falso.

El intelecto como medio para la conservación del individuo despliega su potencia más esencial en la simulación, porque es empleado para sobrevivir por los seres más débiles, menos robustos, los que no disponen de cuernos o dentaduras afiladas para luchar por su existencia. Es en el ser humano donde este arte alcanza su máxima expresión: el fraude, la adulación, la mentira y el engaño, hablar-a-espaldas-de-otro, la hipocresía, distinguirse por mérito ajeno, enmascararse, las convenciones encubridoras, mentirle a los demás y a uno mismo, en pocas palabras, el constante revoloteo en torno a la llama de la vanidad es a tal punto regla y ley que nada es más incomprensible que el hecho de que, entre los seres humanos, haya podido surgir un honesto y puro impulso hacia la verdad. Vive sumergido en ilusiones y ensoñaciones, su mirada se posa solo en la superficie de las cosas y encuentra “formas”, sus sentidos son incapaces de guiarlo hacia la verdad, todo lo contrario, se satisfacen en recibir estímulos y, al mismo tiempo, distraerse acariciando la espalda de las cosas. Por las noches, y durante toda una vida, el ser humano se miente en sueños sin que su sentido moral intente evitarlo alguna vez. Sin embargo, hay seres humanos que supuestamente a pura fuerza de voluntad han podido dejar de roncar. En realidad, ¿¡qué sabe el ser humano de sí mismo!? ¿¡Podría percibirse a sí mismo, aunque solo fuera una sola vez, si estuviera expuesto en una vitrina iluminada!? ¿¡No le oculta 
la naturaleza casi todo, incluso su propio cuerpo, para encerrarlo en una soberbia y falsa conciencia, más allá del movimiento de sus intestinos, de la violenta circulación de la sangre, de las complejas vibraciones de sus fibras nerviosas!? La naturaleza tiró la llave: pobre de la funesta curiosidad que mire por una hendidura a través de la conciencia y vislumbre entonces que está rodeada de falta de compasión, de la codicia, de lo insaciable y asesino en el ser humano; que se alimenta de la indiferencia de su ignorancia, y al mismo tiempo reposa en sueños como sobre el lomo de un tigre. ¿¡De dónde iba a surgir el impulso hacia la verdad!?

Para que el individuo pueda sobrevivir entre otros individuos, utiliza, generalmente y en condiciones normales, el conocimiento para desfigurar; pero como también quiere vivir en sociedad y en manada por necesidad y aburrimiento, precisa un tratado de paz que, por lo menos, asegure que el bellum omnium contra omnes desaparezca de la faz de la tierra. Este tratado de paz implica algo que promete ser el primer paso para alcanzar aquel misterioso impulso hacia la verdad. Allí se establecerá lo que en adelante ha de ser la “verdad”, es decir, se creará una designación universalmente válida y obligatoria para las cosas; además, la codificación de la lengua suministrará las primeras leyes de la verdad: pues aquí aparece por primera vez la oposición entre verdad y mentira. El mentiroso se vale de las designaciones válidas, las palabras, para que lo no real se muestre como real; dice, por ejemplo, “soy rico", cuando la designación adecuada a su estado sería “pobre”. Abusa de las convenciones con giros arbitrarios, incluso trastornando el significado de las palabras. Si hace esto de manera interesada y perjudicando a otros, perderá la confianza de la sociedad y será expulsado del grupo. Es por eso que evita ser engañado a raíz del daño que podría ocasionarle: en este sentido, no odia al engaño, sino a las consecuencias negativas y hostiles de cierto tipo de engaños. De la misma manera, quiere la verdad solo en un sentido restringido: ansía sus consecuencias favorables, las que contribuyen a conservar la vida; pero es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias, incluso está hostilmente predispuesto a las verdades que podrían tener efectos perjudiciales y destructivos. Y además: ¿qué sucede con esas convenciones de la lengua? ¿Son quizá producto del conocimiento, del impulso hacia la verdad? ¿Corresponde la designación con la palabra? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?

Solo el olvido puede hacer que el ser humano crea alcanzar, alguna vez, la ilusión de poseer una “verdad” como la ya descrita. Si no se contenta con la verdad como tautología, es decir, como una caja vacía, necesitará intercambiar, para siempre, ilusión por verdad. ¿Qué es una palabra? La reproducción acústica de un estímulo nervioso. Pero deducir de un estímulo nervioso una causa externa a nosotros es el resultado del uso equívoco e injustificado del principio de razón suficiente. ¡¿Con qué derecho podríamos decir, en el caso de que el origen del lenguaje estuviera determinado por la verdad y su perspectiva fuera el único criterio para designar las cosas, con qué derecho podríamos decir “la piedra es dura”, como si lo “duro” fuera algo comúnmente conocido y no solo un estímulo completamente subjetivo?! Dividimos las cosas por género, decimos que el árbol es un masculino y la planta un femenino: ¡qué arbitrariedad!, ¡qué lejos del canon de la verdad! Hablamos de una “serpiente”, la designación alude solamente al hecho de serpentear, y podría atribuírsele también al gusano. ¡Qué caprichosa delimitación!, ¡qué subjetividad al elegir las características de una cosa! Al comparar las distintas lenguas queda claro que el objetivo de las palabras nunca es la verdad o la precisión, pues, de lo contrario, no habría tantas lenguas. La “cosa en sí” (precisamente esa verdad pura y sin consecuencias) es también totalmente inaccesible y en absoluto deseable para un lenguaje. Se limita a designar las relaciones de las cosas con los seres humanos y se vale de las metáforas más osadas para expresarlas. ¡La transposición de estímulo nervioso en una imagen! Primera metáfora. ¡Esa imagen vuelta a transponer en un sonido articulado! Segunda metáfora. Además siempre sobrepasan su ámbito, buscan uno completamente distinto y nuevo. Imaginemos un sordo que nunca experimentó un estímulo auditivo o musical mirando las figuras acústicas de Chaldni en la arena; de pronto descubre su origen en la vibración de una cuerda, y entonces queda convencido de que a partir de ese momento conoce aquello que los seres humanos llaman sonido; lo mismo nos sucede con el lenguaje. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores, pero no son más que metáforas de las cosas, que no se corresponden en absoluto con su ser. Así como el sonido se puede representar en la arena, esa enigmática X, la cosa en sí, se presenta primero como estímulo nervioso, luego como imagen, y finalmente como sonido articulado. En cualquier caso, no hay lógica en el origen de una lengua, y todo el material con el que el hombre de la verdad, el científico, el filósofo trabajan y construyen, proviene de Cucópolis de las nubes, pero de ninguna manera del ser de las cosas.

Pensemos especialmente en la formación de los conceptos. Una palabra se convierte inmediatamente en concepto en la medida en que no evoca la experiencia original, única y totalmente singular a la que debe su origen, sino que está obligada a adaptarse a una multitud de situaciones más o menos similares, es decir, nunca iguales en un sentido estricto y, por lo tanto, solo diferentes. Todo concepto se forma al equiparar lo equiparable. No existen dos hojas totalmente idénticas, y es evidente que el concepto de “hoja” se formó abstrayendo arbitrariamente rasgos característicos y diferencias individuales. Este instaura la idea de que en la naturaleza existe algo aparte de las hojas, algo que es “la hoja” en sí, es decir, una forma original a partir de la cual se han tejido, diseñado, formado, coloreado, ondulado y pintado todas las hojas, aunque por manos inexpertas, de tal modo que ningún ejemplar es perfecto y fiel a la forma original. Decimos que un ser humano es “honrado”. ¿Por qué lo ha sido?, nos preguntamos. Nuestra respuesta suele ser: por su honradez. ¡La honradez! Si es solo repetir: la hoja es el origen de las hojas. Nada sabemos de esa cualidad original a la que llamamos “honradez”; pero conocemos un sin número de actos individuales, y por tanto diferentes, a los que, al dejar de lado sus desigualdades, las equiparamos y designamos como actos “honrados”; por último, destilamos de todos ellos una qualitas oculta a la que ponemos el nombre de “la honradez”. Omitir lo individual y real nos da el concepto y la forma, pero la naturaleza no sabe de formas ni de conceptos, como tampoco de géneros, sino solo una X inaccesible e indefinible para nosotros. Porque incluso nuestra oposición entre individuo y especie es antropomórfica y no se origina en el ser de las cosas. Sin embargo,no nos aventuramos a afirmar que esa oposición no corresponde a la esencia de las cosas, esa sería una afirmación dogmática y, como tal, tan indemostrable como su opuesta.

¿Qué es, entonces, la verdad? Un dinámico ejército de metáforas, metonimias y antropomorfismos, en síntesis, un conjunto de relaciones humanas que han sido realzadas, transpuestas y adornadas poética y retóricamente, y que tras un largo uso, son consideradas estables, canónicas y obligatorias: las verdades son ilusiones cuyo carácter ficticio ha sido olvidado; desgastadas metáforas cuya fuerza ha desaparecido y carecen de poder efectivo; monedas que han perdido su troquelado y solo son consideradas simple metal.

Seguimos sin saber de dónde proviene el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solo hemos escuchado hablar de la obligación que la sociedad impone para garantizar su existencia: la obligación de ser veraz, es decir, de utilizar las metáforas convencionales, dicho en términos morales: de la obligación de mentir según ciertas convenciones, de mentir de una forma generalizada con un estilo obligatorio para todos. Naturalmente, el ser humano lo olvida: tras siglos de mentiras, lo hace inconscientemente; y es a partir esa inconsciencia, de ese olvido, que llega al sentimiento de la verdad. Estar obligados a llamar “roja” a una cosa; “fría”, a otra y “muda”, a una tercera despierta un impulso moral hacia la verdad. A diferencia del mentiroso, en quien nadie confía y al que todos excluyen, una persona comprueba lo honorable, confiable y útil que es la verdad. A partir de ese momento, ese “ser racional” somete sus actos a la abstracción, ya no padece la influencia de las impresiones momentáneas ni de las intuiciones pasajeras, sino las generaliza en conceptos más incoloros y fríos para así enlazarlos a la maquinaria de su vida y de su comportamiento. Todo lo que distingue al ser humano del animal depende de esta capacidad de evaporar en esquemas las metáforas intuitivas, de disolver las imágenes en conceptos. Y es que, en el plano esquemático, es posible hacer cosas que nunca podría haber logrado bajo la influencia de las primitivas impresiones intuitivas: un orden jerárquico de clases y niveles, un nuevo mundo de leyes, privilegios, subordinaciones y fronteras, que a partir de ese momento se oponen al mundo de las primitivas experiencias espontáneas como algo más sólido, más general, más familiar y más humano, y por eso, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que las metáforas intuitivas son individuales y únicas –y por eso escapan a cualquier clasificación–, el gran edificio de los conceptos tiene la férrea regularidad de un columbarium romano y respira el rigor y la frialdad propios de la matemática. Quien experimenta el soplo de esa frialdad apenas creerá que el concepto, óseo y octogonal y con muchas caras como un dado, no es sino el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la expresión artística de una excitación nerviosa en imágenes es, si no la madre, al menos la abuela de todo concepto. Pues bien, en este juego de dados es “verdadero” lo que respeta sus reglas. Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo en líneas matemáticas, y en aquel espacio parcelado confinaban a un dios como si se tratara de un templum. Sobre cada sociedad hay un cielo de conceptos matemáticamente parcelado, y consideran que atender las exigencias de la verdad es buscar a cada dios-concepto solo en su espacio. Ciertamente hay que admirar el notable genio constructor del ser humano, capaz de levantar sobre cimientos tan inestables como el agua que fluye una catedral de conceptos infinitamente compleja: claro que para encontrar apoyo sobre tales cimientos tiene que construirla con hilos de tela de araña, tan flexibles como para adaptarse a las olas, tan resistentes como para que el viento no los destroce. Como genio arquitectónico, es incluso muy superior a las abejas: estas construyen con la cera que recogen de la naturaleza, este lo hace con conceptos, un material mucho más frágil que tiene que fabricarse él mismo. En este aspecto, es admirable… no en su impulso hacia la verdad, al conocimiento puro de las cosas. Si alguien esconde algo detrás de un matorral para luego la buscarlo y encontrarlo en ese mismo sitio, no tiene motivo para celebrar demasiado su búsqueda y descubrimiento; sin embargo, eso es lo que sucede cuando se busca y descubre la “verdad” dentro del campo de la razón. Si defino qué es un mamífero y, tras haber visto un camello, afirmo: “miren, un camello”, habré revelado una verdad de escaso valor, quiero decir, se tratará de una verdad enteramente antropomórfica y no contiene ningún aspecto de “verdadera en sí”, real y universal, autónoma del hombre. En última instancia, un investigador en busca de tales verdades solo pretende encontrar la metamorfosis del mundo en el ser humano, lucha por comprenderlo como algo humano, y, en el mejor de los casos, consigue la sensación de una asimilación. Así como el astrólogo observa las estrellas creyendo que están al servicio del ser humano y en relación directa con su felicidad y desdicha, nuestro investigador considera que el mundo entero está vinculado al ser humano; que es el eco, infinitas veces repetido, de ese sonido original que es el ser humano, la copia, infinitas veces reproducida, de ese arquetipo que es el hombre. Actúa como si el ser humano fuera la medida de todas las cosas, y comete el error de pensar que tiene una experiencia inmediata de la cosas, de objetos puros. Es decir, olvida el carácter metafórico de las intuiciones originales y las toma por las cosas mismas.

Solo el olvido de aquel primitivo mundo de metáforas, solo cuando la impetuosa corriente de imágenes surgida de la facultad original de la fantasía se solidifica y estanca, solo en la inamovible creencia de que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en fin, cuando el ser humano olvida que es un sujeto que actúa creativa y artísticamente, es que puede vivir con cierta tranquilidad, seguridad y coherencia. Si pudiera abandonar, aunque fuera solo un instante, los muros de la prisión de su creencia, enseguida perdería su “arrogancia”. Incluso le cuesta reconocer que el insecto y el pájaro perciben un mundo completamente distinto al suyo y que la pregunta sobre cuál de las percepciones del mundo es la más correcta no tiene sentido, pues solo podría resolverse en relación a la “percepción correcta”, es decir, según una medida que no existe. En cualquier caso, hablar de la “percepción correcta” –lo que significaría la expresión adecuada de un objeto en el sujeto– me parece un absurdo lleno de contradicciones, pues entre dos esferas absolutamente distintas, como son las del objeto y el sujeto, no existe ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión; sino, a lo sumo, una relación estética, me refiero a una transcripción alusiva, una traducción balbuceante a una lengua completamente desconocida, para lo que se necesita, en cualquier caso, una esfera intermedia y fuerza mediadora con libertad poética y creadora. La palabra “fenómeno” seduce mucho, y procuro evitarla, pues no es cierto que el ser de las cosas se manifieste en el mundo empírico. Un pintor manco que quisiera expresar cantando el cuadro que tiene en su mente, podría revelarnos mucho más que el mundo empírico sobre el ser de las cosas. Incluso la relación entre un estímulo nervioso y la imagen en que se plasma no es en sí necesaria: pero si la misma imagen es producida millones de veces, es transmitida como herencia por muchas generaciones, y finalmente se da en toda la humanidad como si se tratara de una única y necesaria imagen, entonces adquiere finalmente el mismo significado para el ser humano que si aquella relación entre el estímulo nervioso original y la imagen producida fuera causal; tal como un sueño que se repite eternamente sería considerado, percibido y juzgado como una realidad absoluta. Sin embargo, el endurecimiento y estancamiento de una metáfora no garantiza su uso y justificación.

Cualquiera que esté familiarizado con estas consideraciones habrá experimentado una profunda desconfianza hacia toda forma de idealismo y, a la
 vez, estará firmemente convencido de lo consecuente, universal e infalible de las leyes naturales; ha llegado a la conclusión de que todo aquello en donde el ser humano pueda penetrar, desde las alturas que alcanza el telescopio hasta las profundidades del microscopio, es tan seguro, completo, infinito, regular e indefectible que la ciencia podrá explotar eternamente esas minas, y todos sus descubrimientos serán coherentes en sí y no contradictorios. Qué poco se parece a un producto de la imaginación; si lo fuera, en algún lugar tendría que mostrarse su carácter ilusorio e irreal. En su contra, se puede decir: si cada uno de nosotros percibiera el mundo de forma distinta –como pájaros, como gusanos, como plantas, o si percibiéramos un estímulo visual como rojo, otro como azul, un tercero como auditivo–, entonces nadie hablaría de la regularidad de la naturaleza, sino solo de una construcción extremadamente subjetiva. Así, ¿qué es para nosotros una ley de la naturaleza? Algo que no conocemos en sí mismo, sino solo en sus efectos, es decir, en sus relaciones con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, solo conocemos como suma de relaciones. Entonces, todas las relaciones solo vuelven a remitir a otras relaciones, mientras que su ser nos resulta totalmente incomprensible; únicamente conocemos lo que nosotros aportamos: el tiempo, el espacio, es decir, las relaciones de sucesión y numéricas. Sin embargo, todo lo maravilloso, todo lo que nos asombra de las leyes de la naturaleza y exige una explicación y podría seducirnos a desconfiar del idealismo, no radica más que en el rigor matemático y en
lo inviolable de las representaciones del tiempo y del espacio. No obstante, producimos esas representaciones en nosotros con la misma necesidad con que la araña teje su tela; y si estamos obligados a aprehender todo bajo esas formas, el hecho de que solo aprehendamos dichas formas en las cosas deja de asombrarnos, pues todas tienen que llevar en sí las leyes del número, y es precisamente el número lo que más admiramos en las cosas. La regularidad del curso de los astros y de los procesos químicos que tanto nos impresionan coincide en el fondo con esas propiedades que nosotros mismos le aportamos a las cosas, así que somos nosotros mismos quienes nos impresionamos. Por lo tanto, aquella formación artística de metáforas, que marca en nosotros el principio de toda percepción, presupone esas formas, esto es, se consuma en ellas; solo la persistencia de esas formas originales se puede explicar cómo después se pudo construir un edificio conceptual a partir de las metáforas. Este edificio no es más que una réplica de las relaciones temporales, espaciales y numéricas en el ámbito de las metáforas.

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