©Buchwald Editorial, 2019, Buenos Aires

  • Kurd Laßwitz

El fabricante de sueños


Apenas dieron la una de la tarde en Alemania central ya comenzaba a oscurecer, aún cuando el alumbrado público y la nueva hora mundial –ajustada al meridiano de Washington– parecían ignorar que en el horizonte se dibujaba el ocaso. La puesta del sol era algo inevitable, no había ley o tratado internacional que pudiera regularla, cosa muy lamentable, especialmente si se considera el tiempo productivo que se desperdicia por la mala costumbre que tiene de pasar la mitad del año oculto. El descontento se generalizó en la sociedad, y se buscó un nuevo chivo expiatorio. Entonces se formó el partido de los antisomnistas o enemigos del sueño, que acusaba y hostigaba al sueño nocturno de ser el motivo de la decadencia de la civilización. Obviamente no fueron más que efímeros arrebatos de ciertas élites, cuyos rostros demacrados y ojerosos evidenciaban las consecuencias de vivir sin el sueño “corrupto”. En cambio, era innegable que el hábito de dormir estaba en aumento. Se dormía más que antes. Apenas hubo estadísticas oficiales, apareció el Copérnico de la cuestión del sueño, le dio vueltas al problema y le prometió a los pueblos de la Europa envejecida una nueva primavera, si se rendían al sueño.

La Biomística, una nueva ciencia que surgió de la anticuada Biología, descubrió que el verdadero desarrollo humano se inclinaba haciala esfera de la vida onírica. Los realistas se equivocaban al creer que el ser humano sería capaz de adaptarse a las condiciones hostiles de la realidad moderna; su impotencia crecía con el desarrollo cultural y el progreso: el ser humano estaba cada vez menos preparado para enfrentar los nuevos desafíos y problemas sociales. Pero la naturaleza sabe adaptarse. Lo que la cultura no era capaz hacer, fue asumido por el organismo. El ser humano moderno dormía, dormía mucho más que el decimonónico, que, sin duda, dormía aun más que el antiguo.

¡Dormir más, soñar más! Esa fue la solución biológica al gran problema civilizatorio que los filósofos del siglo XIX ignoraron. ¡Si era tan simple!

El progreso moderno se caracterizó por el progresivo traslado del trabajo físico al mental. La labor muscular fue remplazada por la actividad cerebral. La consecuencia natural de ese proceso fue el desarrollo del sistema nervioso. Si antes solo individuos excepcionales padecían de estrés debido al desgaste mental, ahora lo padecía toda la humanidad. Es por eso que la evolución apuntaba a la necesidad de más sueño. Además, mientras se duerme, se ahorran alimentos. Así se redujo la demanda de alimentos en la medida en que aumentaba la necesidad de sueño, provocada por el exceso de actividad mental. Ese fue el principal recurso de la naturaleza para solucionar uno de los problemas más graves de la civilización, el hambre. La humanidad evolucionó de tal forma que la alimentación fue remplazada por el sueño. Todo esto sucedió pese a las protestas de los fisiólogos, pues afirmaban que menos desgaste no podía significar ningún consumo. No comprendían la naturaleza del cerebro. Los metafísicos demostraron con facilidad que el propósito de la evolución era llevar a la humanidad a una etapa de sueño continuo; alcanzada, dejaría de existir el nacimiento y la muerte, la especie sería constante, y la inmortalidad estaría asegurada; además reinaría la felicidad, pues en lugar de la férrea realidad, el ser humano viviría en el mundo onírico, libre de responsabilidades. Esa era la representación teológica del más allá. Los filósofos no necesitaban más argumento que el efecto de beatitud que sus obras más importantes generaban con su efecto somnífero.

Dormir se convirtió en el ideal nacional. Todos los partidos políticos estuvieron de acuerdo en que el bien de la patria dependía de la cantidad de tiempo que los ciudadanos pasaran durmiendo. La riqueza de un país dejó de calcularse con indicadores de producción agrícola, minera, industrial, capacidad exportadora, crecimiento demográfico, potencial militar, PIB per cápita;sino únicamente con la cantidad de horas de sueño. La noticia de que Alemania dormía como potencia civilizadora no solo alegró a los patriotas, sino que instaló en la opinión pública la idea de que el estado de somnolencia política del que antes se acusaba a Alemania no era más que un indicio malinterpretado de su condición precursora del progreso cultural europeo. El movimiento antisomnista pasó a ser un grupo minoritario y menospreciado; los demás partidos políticos se enfrentaban sobre cómo fomentar el sueño y, por cierto, lo hacían con extrema enemistad. Los “Bienestar para todos” –así se había denominado un partido– opinaban que la necesidad popular de sueño debía ser fomentada con el uso de narcóticos y fármacos. El Estado tenía la obligación de direccionar con la fuerza el cuidado de los ideales civilizatorios, subvencionar la producción y el desarrollo de narcóticos, prohibir el café, crear bonos al sueño. La oposición, que se denominaba a sí misma “Bien para todos”, aspiraba fomentar el sueño por medio la actividad espiritual. Incentivaba la participación ciudadana a los discursos políticos de ambos partidos y de los ministros, subvencionaban los libros de jóvenes poetas líricos y sus lecturas públicas –que organizaban en auditorios equipados con cómodos sofás–, relanzaba a los grandes filósofos del siglo XIX en ediciones populares, organizaba representaciones de famosas óperas en pianissimo.

El congresista Siebler, un miembro entusiasmado de “Bienestar para todos”, acababa de dar un brillante discurso a favor del monopolio estatal del sueño en la “Sociedad por el aburrimiento”. Afirmaba que la distribución del sueño de cada individuo debería ser controlado por el Estado. Además de la importancia de su contenido, un discurso era más exitoso en la medida en que la audiencia se dormía; además, el orador tenía la ventaja de que nadie haría alguna réplica. El discurso de Siebler fue tan exitoso que hacia el final hasta él mismo se durmió; en épocas pasadas, quienes redactaban la sección cultural de los diarios a veces eran capaces de algo así. Claro que las instalacionesde la “Sociedad por el aburrimiento” estaban adecuadas para tales ocasiones. No existía un salón en donde los miembros se juntaranpara escuchar el discurso, sino que cada uno estaba conectado telefónicamente con el sofá del orador, y escuchaba cómodamente desde su cama. Regresar tarde a casa había dejado de ser razón de discusiones familiares; a veces pasaba que un orador era interrumpido porque alguien le quitaba el aparato; pero cuando algo así sucedía, el público suponía que se había quedado dormido, y se lo alababa por su patriotismo.

Siebler podía haber hablado con toda tranquilidad, pero su voz tenía tal efecto somnífero que hasta él mismo dormitaba. Mientras su público bostezaba de júbilo y emoción, en la habitación contigua, Amalia, su hija, escuchaba con el corazón en vilo el discurso político de su obstinado padre. Sus ojos, grandes y marrones, no descansaban; las ideas políticas de su padre eran incompatibles con la vida amorosa que llevaba hacía meses. ¿Cómo reconciliarlas? Se sabía públicamente que su padre y su secreto amante, Dormio Forbach, eran feroces antagonistas políticos, y por eso Dormio no se había atrevido a pedirle la mano de Amalia. Para empeorar la situación, las intenciones que tenía su padre de estatizar el sueño estaban en contra de los intereses comerciales de su Dormio. Es que Dormio era “fabricante de sueños”.

Apenas se convenció de que su padre estaba profundamente dormido, agarró el aparato y llamó a la fábrica de sueños Forbach. Tiernas palabras, amor electrónico y besos mediatizados celebraron el contacto entre los amantes, hasta que sus preocupaciones se convirtieron en quejas. Forbach manifestó con resolución que al día siguiente iría a hablar con el padre de Amalia, sin importar las consecuencias. ¿Existiría alguna manera de preparar al padre? ¿Quizá… con un sueño? Amalia ya había pensado muchas veces en eso; pero era imposible hacer que su padre se sometiera al tratamiento de Forbach, si era el opositor más tenaz de la fabricación privada de sueños. Quiso conversar a su noviosobre el asunto, pero este se vio obligado a interrumpir la llamada por cuestiones de trabajo. Uno de sus clientes había presentado una queja porque solo soñaba con su suegra; se trataba de una emergencia.

Si dormir había solucionado el problema material en las sociedades, soñar se encargaría de normalizar la cuestión espiritual. El ser humano no piensa mientras duerme, es decir, no lo hace como en la vigilia, constreñido por la férrea tutela de los principios de identidad, contradicción y razón suficiente. Al dormir solo se sueña, no se verifica ni se comprueba. En sueños, no nos preocupa vernos en harapos por las calles, montados sobre los hombros de algún político y que, al darle unos golpecitos con los pies, este saque de su chaqueta una pipa que inmediatamente reconocemos como una infiel amante y, mientras la abrazamos, nos demos cuenta de que se trata de una tía que falleció en los Estados Unidos, que enseguida se desvanece en una lluvia de brillantes estrellas que son besos luminosos y arcanas monedas de oro… ¿Quién no conoce esas fantasías bizarras? ¿A quién le sorprenden? ¡Bienaventurado el pueblo que, libre del principio de contradicción, de la inflexible lógica de la política y la ciencia, disfruta de su existencia onírica! Nadie se sorprendería al escuchar interpretaciones contradictorias de una misma persona, al presenciar repentinos cambios de ánimo, al escuchar que lo negro es blanco. Pues nadie tiene que asumir responsabilidad alguna. Se sueña y, al despertar, todo lo que se soñó desaparece;pero permanece la dulce sensación de libertad. Durante el día, una pocas horas de vigilia ordenadaen el férreo mecanismo de la existencia burguesa, después, volver a hundirse en los brazos del Morfeo y ser parte del delicado baile de figuras oníricas. Así se solucionó el segundo gran problema civilizatorio: cómo articular la libertad individual con la coerción necesaria del orden estatal. Mientras más se duerme, menos coerción se experimenta, y más se disfruta de la dichosa libertad onírica.

Pero esa libertad necesitaba un propósito. Tenía que aliviarnos, no torturarnos con pesadillas inesperadas. Es por eso que se buscó un medio para, por lo menos, influenciar la forma general de los sueños, determinar aproximadamente el desarrollo de las fantasías, y así, evitar experiencias perturbadoras. Ese problema también lo solucionó la Biomística. Un profesor de Psicología –que había experimentado con el sonambulismo– descubrió, en estado de sueño profundo, el “órgano del sueño”.

Así es, el órgano del sueño existe y se encuentra precisamente donde los acólitos del Mesmerismo lo habían buscado: cerca de la fosa epigástrica, en el plexo solar. Es un conjunto de ganglios nerviosos que segregan un gas con la fórmula química C 632 H 418 N 26 S 8 Fe 2 O 99. Como parte de un experimento, se le extirpó a un asesino atormentado por el cargo de conciencia; nunca más volvió a padecer de insomnio. Un filósofo que practicaba el misticismo perdió el órgano del sueño al tropezar con uno de sus viejos manuscritos; desde entonces, escribe libros claros.

Dormio Forbach era especialista en el órgano del sueño. Había patentado un procedimiento para establecer un vínculo entre este y la corteza cerebral, y así, influenciar el desarrollo de un sueño. Su principal fuente de ingresos era la producción, distribución y venta de un gas para el sueño en almohadas especialmente preparadas. Estaban equipadas con un dispositivo para estimular los sentidos y así guiar la construcción del sueño. Por ejemplo, para que uno soñara con un paisaje de montaña, la almohada susurraba nombres de montañas conocidas, el sonido del campo, de los pastores, y así, poco a poco, dirigía las asociaciones oníricas hacia el sueño deseado.

Forbach ordenó que le despacharan una nueva almohada al cliente que se quejaba de los incesantes sueños con su suegra.

–La subjetividad del cliente es lo más importante en este negocio –le dijo Forbach a su asistente–. Si hubiéramos sabido que estaba casado, podríamos haber hecho algún ajuste. Sabes cómo nos ha ido últimamente con los sueños de paisajes de montañas. El estímulo visual que emite la almohada no está siendo interpretado como un amanecer, sino como un incendio; tuvimos un cliente a quien las campanas de las vacas evocabanuna alarma de incendio. El hombre saltó de la cama y le echóel agua de la pileta. Tuvimos que pagar los daños.

–Seguro inhaló demasiado gas para el sueño.

–No, era bombero.

Forbach abrió una carta; enseguida la tiró contra el escritorio.

– ¡Más quejas! –gritó–. El Dr. Mieringer, ¡que cómo se nos ocurre hacerlo soñar con una epidemia de cólera! ¿Pero qué le enviaste?

–Quería menos sueños de trabajo, así que le envié la almohada Nr. 6, la que emite un ligero aroma a carbazol y sonidos de marcha fúnebre. Pensé que para un médico sería “ameno” que la salud pública empeorara…

–El Dr. Mieringer no es médico.

–¿Y a qué se dedica?

–Es director de una aseguradora.

Tocaron a la puerta. Entró un hombre vestido con elegancia, aunque algo cursi.

–Buenas tardes –dijo–, me gustaría saber si la signoraMuratori está conectada a la “línea onírica”.

–Sí, lo está –respondió Forbach.

–En ese caso, quisiera que esta noche le susurraran mi nombre: Alboin von Warzheim.

–¿Tiene usted autorización de la señora?

–No, esto lo hago por cuenta propia.

–Lo siento, pero no puedo ayudarlo. Según la Ley del sueño, cualquier trámite tiene que realizarlo la persona interesada o un tercero con un poder legalizado.

–Por favor, hagan una excepción. ¡Estoy perdidamente enamorado de ella! Ponga un precio, el dinero no me importa.

–Caballero –dijo Forbach–, no voy a discutir más. Cualquier irregularidad, cualquier incumplimiento a mis obligaciones como funcionario del sueño, sería un agravio a la comunidad y una deshonra. Por ninguna razón haré excepción alguna a la ley.

Apenas el señor von Warzheim se había retirado –no sin manifestar su indignación–, Forbach buscó el teléfono para hablar con su amor,Amalia. Ella, entre tanto, había pensado en pedirle una almohada especialmente preparada para su padre. Esperaba complacer sus gustos en sueños; no sería complicado implantar en su conciencia onírica una cacería, una buena cena, una conversación entretenida; luego, cuando estuviera de buen humor, le susurraría el nombre de Dormio Forbach para que este quedara relacionado con aquellas situaciones placenteras. Creía que era la mejor manera de preparar la petición de mano.

Pero quedó decepcionada cuando Forbach rechazó terminantemente su plan. No tenía autorización alguna para hacer lo que le pedía. En vano Amalia le hizo cumplidos, lo aduló, le regó; Dormio se mantuvo firme,le contó sobre el señor von Warzheim, sobre las constantes adulaciones y ruegos que recibía a diario en la oficina. Además, hizo hincapié en las consecuencias si Siebler descubría la almohada. ¡Sería el pretexto perfecto para desacreditar a las instituciones privadas del sueño! Finalmente, como Amalia no quería escucharlo y seguía obstinaba en su plan, le explicó que ni siquiera era seguro que tuviera éxito. Nadie podía saber si su nombre, Forbach, quedaría relacionado con los sueños placenteros o generaría uno desagradable, que se fijaría en la conciencia del padre como advertencia y, por lo tanto, tendría un efecto completamente opuesto al que ella esperaba.

Amalia estaba evidentemente molesta. Ya que insistía en ser tan caprichoso, entonces que se preocupara él mismo del encuentro con su padre; le dio la espalda y, con la voz algo entrecortada, le dijo “buenas noches”.

El idolatrado sueño, celebrado por todos como el emisario de la paz –y por eso objeto de constantes enfrentamientos–, acompañante fiel de los discursos de su padre, parecía indiferente a las preocupaciones de Amalia, que, después de meditarlo, decidió utilizar la almohada que Forbach le había regalado en secreto. Dormio no merecía que ella lo ayudara, pero ¿qué pasaría si su padre no lo escuchaba? ¿no sería ella la más perjudicada? Hija de su tiempo, no podía pensar en otra cosa que en la influencia del sueño. Pero lo único que tenía era su almohada, llena de gas para el sueño y equipada para emitir las palabras que desde siempre y en todo lugar han despertado amor en el corazón humano:

Lleno de alegría y de dolor,

Lleno de pensamientos.

Con el alma en un hilo,

La pena viene y va:

Elevado júbilo,

Y mortal aflicción.

Dichosa es solo,

el alma que ama.

[Freudvoll und leidvoll, Gedankenvoll sein, Hangen und bangen In schwebender Pein, Himmelhoch jauchzend, Zum Tode betrübt, Glücklich allein Ist die Seele, die liebt!]

Era exquisito soñar con esa almohada, perderse en ese sublime vaivén de estados de ánimo, siempre con la seguridad de estar en posesión de una felicidad infinita. Todos los deseos y afectos egoístas se mezclaban con los sentimientos arraigados en la más profunda simpatía… era el amor. El orgullo y la arrogancia se entregan a la pasión incondicional; el placer y la privación disfrutan juntos, y el dolor es alegría… ¡Qué efecto tendría la almohada en su padre! ¿No evocaría en él recuerdos felices de su juventud, no llenaría su corazón de generosidad y comprensión hacia las emociones más delicadas? Despertaría en paz y alegre.

Amalia entró a escondidas en la habitación de su padre y con cuidado le puso la almohada bajo la cabeza.

A la mañana siguiente, entre gemidos y quejas, el parlamentario Siebler despertó de un sueño pesado; no fue hasta que estuvo seguro de que solo se había tratado de un sueño, que pudo respirar aliviado y recuperó su gesto habitual. Durante el desayuno, Amalia observaba a su padre con interés y preocupación, esperando identificar los efectos de la almohada. Estaba taciturno, visiblemente preocupado. Casi ni miró el diario, al que normalmente le dedicaba algunas horas; iba y venía por la habitación. No fue sino por coincidencia que vio en el diario una publicidad de Forbach; recordó que su hija le había hecho algunos cometarios, insinuaciones, incluso la había escuchado suspirar por él. Llamó a Amalia y, para su sorpresa, le dijo: “Túconoces a ese fabricante de sueños, Forbach. Sabes, quisiera hablar con él. ¿Conoces a alguien de confianza que lo pueda recomendar?”.

Naturalmente que Amalia conocía a más de una familia de su círculo de conocidos que estaría dispuesta a recomendar a Forbach y a su admirable oficio, y le contó un sinnúmero de historias. Como notó que su padre estaba inesperadamente tratable, se animó y habló con tanta astucia de Forbach y el negocio privado de los sueños, que los resentimientos de su padre parecieron desaparecer; entonces, estuvo segura de poderle contar sobre la petición de mano. Cuando Forbach llegó, ya todo estaba arreglado.

–No puedo negar la realidad ni el valor de sus negocios –dijo Siebler–; y para demostrarle mi confianza, voy a comenzar a utilizar su almohada para el sueño.

Juntó las manos de la feliz pareja en un gesto de aprobación, y, mientras los tres disfrutaban de una botella de vino guardada para una ocasión especial –año 1999–, dijo:

–Quiero decirles que he decidido retirarme de la política, por lo menos, hasta que la cuestión del sueño esté en debate. Sé que les sorprende mi decisión, pero todo se debe a un infame sueño que tuve anoche. Querido Dormio, ahora será responsabilidad suya que algo así nunca me vuelva a suceder.

–¿Pero, qué soñó? –preguntó preocupado Forbach; Amalia enrojecía por la culpa.

–Primero me invadió una profunda sensación de paz que no podría describir, como si fuera la sensación de haber alcanzado algo que se ansiaba con vehemencia; siempre desagarrada por luchas internas, pero acompañada de la seguridad de prevalecer; un constante cambio de estados de ánimo, junto a la seguridad de una felicidad inminente; escuchaba una y otra vez la voz del poeta:

Lleno de alegría y de dolor,

Lleno de pensamientos.

Con el alma en un hilo

La pena viene y va:

Elevado júbilo,

Y mortal aflicción.

Pero siempre faltaban los últimos versos.

Forbach le lanzó una mirada inquisitiva a Amalia. Le preguntó a Siebler:

–¿Y de qué forma se manifestó ese estado de ánimo en el sueño? Usted sabe, los sueños solo se manifiestan en imágenes.

–Tiene razón, pero no las recuerdo bien; por eso me limito a transmitirles las impresión que dejaron en mí. Aunque algo retuve de lo que considero como el momento clave del sueño. En el parlamento se estaba llevando a cabo la votación sobre el monopolio estatal del sueño. Mi voto determinaría el resultado. Voté, se hizo el conteo, y enseguida fuinombrado “Ministro del sueño”. Sí, era el responsable de administrar el colosal aparato estatal del sueño. De pronto, estaba rodeado de burbujas. Comencé a soplarlas; salían volando, pero enseguida aparecían nuevas. Todos los habitantes de Alemania estaban sentados a mi alrededor, en un enorme anfiteatro. Las burbujas que yo soplaba volaban hacia el pueblo, y, al chocar con sus cabezas, explotaban; se despedazaban en fragmentosde vidrio que la multitud furiosa me lanzaba; estaba cubierto de vidrio. “Ese no es mi sueño”, “quiero otro”, “hoy no quiero soñar”, “qué porquería”, gritaban; y así cada uno de los presentes. No paraban de caer pedazos de vidrio sobre mi cabeza. Enseguida me di cuenta de que no era el pueblo el que se quejaba, sino letras enormes que estaban entre la multitud. Un signo de admiración me grito: “Vamos a reformar del presupuesto estatal del sueño, y usted, su excelencia Siebler, tendrá que volver a soñar toda la historia, de principio a fin”. La montaña de vidrios rotos seguía creciendo, pero yo también comencé a crecer; y crecí tanto que la pisé. Sentí dolor, pero me llené de orgullo, pues era como si ante mí estuvieran todos esos furiosos caracteres que esperaban que les aspirara nueva vida. Con todas mis fuerzas soplé y soplé burbujas hacia la multitud. Comencé a quedarme sin aliento, sentía que los pulmones me iban a estallar ¡con tanta fuerza soplaba! Estaba seguro de que todos estarían agradecidos. Pero los pedazos de vidrio volvieron a caer, las tribunas del anfiteatro se hicieron enormes y, desde lo alto, se escuchó como un rugido: “¡No queremos tu ideas universales y uniformadas! ¡Abajo con el sueño estandarizado!”. Yo les respondía a gritos: “¡Acepten lo que les ofrezco, más no puedo darles!”. Con mis últimas fuerzas soplé nubes enteras de burbujas, mientras sentía que me desgarraba por dentro. Las personas agarraban las burbujas, las miraban y las volvían a abandonar, molestas. “¡Todas las burbujas tienen su imagen!” gritaban. “¡Queremos soñar por nosotros mismos!”. Entonces, pedazos de vidrio cayeron en mis ojos; fue como si a mi alrededor se abriera una luz; horrorizado, vi que las burbujas llevaban la imagen de mi rostro; no pude soplar más; no dejaban de aparecer nuevas burbujas con mi imagen; había tantas que comencé a ahogarme; los gritos se perdieron en la lejanía, traté de agarrarme de algo… y desperté bañado en sudor”.

Nervioso por el recuerdo, iba y venía por la habitación. En silencio, Forbach le dijo a su prometida:

–Tu almohada…

Amalia hizo un gesto afirmativo.

–Por favor, no diga nada.

–No. ¿Entiendes ahora lo que te decía sobre la producción de sueños? Solo podemos producir indicios, señales; el sueño en sí es producto de la subjetividad del usuario en una asociación libre a partir de las imágenes y experiencias que acumula en su conciencia. En ese proceso el yo se separa del yo, y nadie es capaz de entender, mucho menos de controlar, el alcance de esa nueva realidad. Tu almohada produce amor propio y altruismo; pero lo que se transforma en delicada armonía para quien está enamorado, es para un político una lucha angustiante. La felicidad de quienes aman crece con la entrega total, la de los pueblos depende de su desarrollo individual.

–Pero entonces –Amalia interrumpió–, la producción de sueños es algo cuestionable.

–No es ni mejor ni peor que cualquier otro avance científico. La vida es tan compleja, dichosa es solo el alma...

–Brindemos –dijo Siebler al acercarse a la mesa– por el triunfo del espíritu humano sobre el destino, por el sueño artificial, el infalible guía del progreso.

Las copas sonaron, los amantes se tomaron de las manos. En sus ojos pudieron leer algo que era más real que cualquier sueño; naturalmente, guardaron silencio. Uno nunca se opone al progreso.

Seifenblaßen. Moderne Märchen. 1890.

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