• Walter Benjamin

El narrador (selección)


I.

Independientemente de lo familiarizados que estemos con el término, hoy en día, el narrador no es una influencia real. Ya de por sí nos es distante y, cada vez, se aleja más. Presentar a Leskov como narrador no significa acercarlo, sino más bien agrandar esa distancia que nos separa de él. Si lo examinamos a cierta distancia, podemos reconocer las grandes y simple cualidades que caracterizan al narrador. Más bien, estas características aparecen en él como cuando, al contemplar un peñasco desde la distancia y el ángulo correctos, surge una cabeza humana o un cuerpo animal. Esas condiciones nos son impuestas por una experiencia que tenemos casi a diario y que nos muestra que el arte narrativo está llegando a su fin. Cada vez es más raro encontrar a alguien capaz de narrar algo con propiedad; cada vez es más frecuente que en un grupo se esparza un silencio incómodo cuando crece la necesidad de escuchar una historia. Es como si una facultad que nos parecía ser inalienable, lo más evidente entre lo evidente, nos haya sido arrebatada. Se trata de la capacidad de intercambiar experiencias.

Una de las razones de esto es obvia: la experiencia se ha desvalorizado. Y parece que sigue en caída libre. Basta con ojear un diario para corroborar que tocó un nuevo fondo, que no solo la imagen del mundo exterior, sino también la imagen del mundo ético sufrieron repentinamente cambios que ni se consideraban posibles. Fue con la guerra que comenzó a evidenciarse un proceso que aún no se ha detenido. ¿No notamos con el fin de la guerra que los soldados regresaban del campo de batalla enmudecidos? No enriquecidos, sino empobrecidos de experiencias comunicables. Lo que diez años después se esparció en la marejada de libros sobre la guerra era cualquier cosa menos experiencia que va de boca en boca. No, no había nada extraño en eso. Pues nunca se había castigado tanto a la experiencia: la estratégica con la guerra de trincheras, la económica con la inflación, la física con el hambre, la moral con los líderes. Una generación que todavía iba al colegio en tranvía tirado por caballos experimentó la intemperie en un paraje en donde todo, menos las nubes, había cambiado; y en el medio, atrapado en un campo de fuerzas y explosiones destructivas, el insignificante y frágil cuerpo humano.

II.

La experiencia de boca en boca es la fuente creadora de todo narrador. Y entre quienes pusieron por escrito sus historias, los grandes son aquellos que menos se apartan de la oralidad de los numerosos narradores anónimos. Entre estos, por cierto, existen dos grupos que convergen de muchas formas. Y la figura del narrador se materializa completamente sólo si se cuenta con ambas. “Cuando alguien hace un viaje, puede contar algo” dice el dicho popular, y hace del narrador alguien que viene de muy lejos. Pero también se disfruta escuchando a quien, ganándose la vida honestamente, nunca viajó y conoce todas las historias y tradiciones del lugar. Si queremos darle forma a estos dos grupos y a sus representantes arcaicos, se puede afirmar que uno está personificado en el campesino sedentario y el otro en el marinero mercante. De hecho, cada ámbito de vida ha generado, por decirlo de alguna manera, su propia tribu de narradores. Cada tribu preserva algunas de sus características incluso siglos después. Así, entre los narradores alemanes del siglo XIX, Hebel y Gotthelf pertenecen a la primera; Sealsfield y Gerstäcker, a la segunda. Como ya se mencionó, solo se trata de clases generales. Pero no se pude conceptualizar el verdadero alcance de la narración en toda su extensión histórica sin la íntima compenetración de ambas clases arcaicas. Particularmente la Edad Media consiguió una compenetración así en su estructura corporativa artesanal. El maestro radicado y los aprendices ambulantes siempre trabajaban juntos en los mismos talleres; cada maestro había sido un aprendiz ambulante antes de establecerse en su lugar de origen o en cualquier otro. Si los campesinos y los marineros fueron maestros de la narración, el taller medieval fue su escuela. En él se encontraban el conocimiento de la lejanía, que el viajero trae consigo, con el conocimiento del pasado, como lo dominan especialmente los nativos arraigados en un lugar. […]

IV.

[…] El arte de narrar se acerca a su fin porque el lado épico de la verdad, la sabiduría, se está extinguiendo. Pero se trata de un proceso que ya lleva mucho tiempo. Y nada sería más necio que querer ver en él una “manifestación de decadencia”, menos aún de “modernidad”. Más bien se trata de un fenómeno concomitante a las fuerzas de producción seculares de la historia, que apartaron progresivamente la narración del ámbito del habla viva y, al mismo tiempo, hacen experimentar una nueva belleza en lo que se pierde.

V.

La primera señal del proceso, cuyo final es el ocaso de la narración, fue el auge de la novela a principios de la era moderna. Lo que separa a la novela de la narración (y de lo épico en sentido más estricto) es su esencial dependencia del libro. La divulgación de la novela solo es posible a partir de la invención de la imprenta. La tradición oral, la riqueza de lo épico, es de índole diferente a lo que constituye una novela. Lo que distingue a la novela de todas las demás formas de la prosa –el cuento, la leyenda, incluso la nouvelle– es que no proviene de la tradición oral ni se integra a ella. Pero sobre todo, se distancia de narrar. El narrador toma lo que narra de la experiencia propia o narrada por otros. Y al mismo tiempo, lo convierte en experiencia para quienes escuchan la historia. El novelista se ha apartado a sí mismo. El lugar de nacimiento de la novela es el individuo en su soledad, el individuo que ya no puede expresar sus preocupaciones más importantes de forma ejemplar, no sabe qué hacer y no puede dar consejo a nadie. Escribir una novela significa intensificar lo inconmensurable en la representación de la existencia humana. En medio de la plenitud de la vida y por medio de su representación, la novela manifiesta la profunda desorientación del ser humano. El primer libro importante del género, Don Quijote, nos enseña cómo la nobleza de espíritu, la audacia, el altruismo de un ser noble –justamente Don Quijote– son completamente incapaces de dar consejo y carecen en lo más mínimo de sabiduría. […]

VII.

Leskov aprendió de los antiguos. El primer narrador griego fue Herodoto. En el decimocuarto capítulo del tercer libro de sus Historias encontramos una narración de la que podemos aprender mucho. Trata de Psamenito. Cuando Psamenito, rey de Egipto, fue derrotado y capturado por el rey persa Cambises, este quería humillarlo. Ordenó que Psamenito presenciara el desfile triunfal persa. Además dispuso que el prisionero viera pasar a su hija, ahora una sirvienta, cargando una cántaro, camino a la fuente. Mientras que el resto de los egipcios lamentaban y se atormentaban por semejante espectáculo, Psamenito estaba callado e inmóvil, con la mirada dirigida al suelo; incluso cuando vio que en la procesión llevaban a su hijo para ser ejecutado, siguió inmóvil. Pero cuando reconoció entre los prisioneros a uno de sus sirvientes, un viejo miserable, se golpeó con los puños la cabeza y dio señales de profundo dolor.

De esta historia podemos aprender el significado de una verdadera narración. El valor de la información se pierde en el instante que deja de ser nueva. Solo vive en ese instante; tiene que entregársele por completo y, sin perder tiempo, explicarse. Una narración es diferente. No se gasta. Mantiene sus fuerzas y sigue siendo válida mucho tiempo después de desplegarse. Es por eso que Montaigne se preguntó sobre el rey egipcio: ¿por qué mostró sufrimiento al ver a su sirviente y no antes? Él mismo responde: “Estaba lleno de dolor, y solo fue necesario un poco más para que se desbordara”. También se podría decir: “El destino de la nobleza no lo conmueve porque es su propio destino”. O: “Mucho de lo que nos conmueve en el teatro, no lo hace en la vida real; ese sirviente no es más que un actor para el rey”. O: “Un gran dolor se estanca, y solo encuentra salida con la relajación. Ver al sirviente lo fue”. Herodoto no explica nada. Su informe es de lo más árido. Es por eso que esta historia, después de miles de años, es capaz de generar asombro y hacernos reflexionar. Se parece a aquellas semillas que, guardadas herméticamente en las cámaras de las pirámides, todavía conservan su fuerza germinadora.

De esta edición: Gesammelte Schriften, II, 438-465.

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