Ödön von Horváth: La leyenda del campo de fútbol (1924)
- Buchwald

- 18 jul
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Actualizado: 20 jul
Érase una vez un pobre pibito que apenas tenía siete años, pero en él ya ardía una ferviente pasión: amaba el fútbol por encima de todo.
No se perdía ni un solo partido: no importaba si jugaba Liberia contra Haidhausen o Beluchistán contra Neukölln; siempre se tiraba en el pasto detrás de un arco (normalmente mucho antes de que comenzara) y vigilaba cada jugada –fuera interesante o no– con sus ojos pueriles abiertos como platos. Y cuando un jugador cometía una falta, sus manitos se cerraban en un puño apretado y su mirada enojada se clavaba en el infractor. Pero cuando el destino, caprichoso como es, quería que este marcara un gol justo después –como si de un acto de venganza se tratara–, bailaba entusiasmado, y radiante buscaba el contacto visual de los otros que vitoreaban a su alrededor. Estos otros que estaban tirados a su lado solían ser uno o dos años mayores que él, por lo que escuchaba con atención cuando hablaban sobre los jugadores y equipos empleando tecnicismos incomprensibles que habían oído sabe Dios dónde. Conmovido, atendía a los lúgubres vaticinios hasta que nuevamente una pelota perfectamente rematada lo arrastraba consigo y hacía que su corazón volase más alto que la propia pelota.
Así pasaba horas sentado en el césped húmedo. El viento de noviembre le acariciaba la estrecha espalda como si buscara el calor corpóreo, y sobre el campo acechaba la bruja de la fiebre describiendo círculos cual ave rapaz.
Y cuando el sonido del silbato final del partido se había desvanecido y ya caía el crepúsculo, el pibito cruzaba, una vez más, el campo y regresaba solo a casa. Algunas veces, en las desiertas calles domingueras, le parecía oír pasos tras de sí, como si alguien lo siguiera para averiguar dónde vivía. Pero no se atrevía a darse vuelta y deseaba tener la amplia zancada del vigilante. Recién cuando llegaba a su casa y se encontraba delante del vasto edificio gris en el que sus padres tenían la verdulería, osaba mirar a su alrededor: ¿puede ser que sea Karl, el gordo, ese muchacho con el que compartía pupitre y que nunca lo dejaba en paz? Pero no era más que una hoja mustia que se arrastraba por el suelo en busca de algún rincón para morir.
Y por la noche, a pesar de las mejillas sonrojadas, tenía frío; y la tos lo sacudía tan fuerte que se incorporaba en su cama, como si Karl, el gordo, le hubiera golpeado la espalda con el puño.
Veía el rostro preocupado de su madre, sentada al borde de la cama, borroso. También oía a alguien vagar por el cuarto: su padre.
El viento del norte silbaba por el caño de la estufa y, a su son, comenzaron a bailar a su alrededor los arcoíris. Cerró los ojos. Quedó sumido en la oscuridad. Y en el silencio.
Pero, después de la medianoche, el sueño lo abandonó súbitamente y unos nudillos menudos golpearon la ventana desde el exterior. Oyó que decían su nombre:
—¡Hansl! —exclamó una dulce voz— ¡Hansl!
Entonces, el pibito se levantó de la cama, colocó una silla frente a la ventana, se subió y la abrió. Afuera reinaba una noche oscura y silenciosa: no se oía ningún tranvía, incluso la farola de gas de la esquina había cerrado ya su ojo, y frente a su ventana en el cuarto piso, flotaba un ángel luminoso que se asemejaba al que aparecía en el broche del devocionario del abuelo, solo que este tenía alas de colores: la izquierda era azul y amarilla –los colores del equipo de fútbol de Oberhaching–, la derecha rosa y verde –los del equipo de Unterhaching–. En los piecitos llevaba botines de fútbol de color púrpura, en el esbelto cuello colgaba, de un hilo de estrella plateado, un silbato de árbitro dorado, y en sus manos transparentes, sujetaba una pelota de fútbol blanco mate.
—Mirá —dijo el ángel—, ¡mirá!
Y cabeceó la pelota con perfecta rectitud hacia el firmamento. Esta voló y voló hasta que desapareció más allá de la calle Milch.
Entonces, el ser celestial le tendió la mano a un Hansl estupefacto y sonrió:
—Vamos al partido de fútbol.
Y Hansl lo acompañó.
Sin decir una sola palabra se subió a la ventana y, en cuanto tomó la mano del ángel, se olvidó de todo, todo desapareció en la oscuridad infinita bajo sus pies, incluso Karl el gordo, como si nunca hubiera existido. Cuando pasaron flotando por la calle Milch, el pibito preguntó:
—¿Falta mucho?
—No —respondió sonriente el ángel—, ya casi llegamos.
Y, puesto que los ángeles nunca mienten, pronto apareció en la oscuridad un luminoso rectángulo blanco hacia el que volaron.
Al principio, Hansl pensó que no se trataba más que de una hoja de papel, pero nada más pensarlo, su guía alcanzó la banda: ¡un último esfuerzo y ya llegan!
¡El pibito no salía de su asombro!
La hoja de papel se había transformado en una gran nube cuya superficie formaba un campo de fútbol magníficamente acondicionado. En las gradas adornadas con banderines de colores había más gente de la que nuestro pequeño había visto jamás en ningún partido. El público entero se levantó para saludarlo y todos lo miraron con infinita bondad; incluso el supervisor, que normalmente siempre lo mandaba detrás del arco, al pasto mojado, lo acompañó con repetidas inclinaciones de cabeza a su asiento: ¡en la grada!, ¡en primera fila!, ¡en el centro!
—¡Qué callados están todos! —dijo el pibito.
—Así es, señor —murmuró con aire servil el supervisor—, no son más que espectadores celestiales.
Abajo, en el campo, los equipos sorteaban cuál jugaría de espaldas al sol.
—Estos son los mejores jugadores celestiales que existen —oyó Hansl decir al que estaba sentado a su lado.
Y cuando lo miró, este lo saludó amablemente con un gesto de cabeza; y entonces lo reconoció: era aquel buen anciano que una vez (cuando Borneo perdió contra Alaska) lo defendió de Karl el gordo; todavía sostenía en la mano la vara con la que lo amenazó. ¡Cómo corría!
Una dicha infinita llenó el corazón del pobre pibito. El partido había comenzado para no terminar jamás, y los veintidós jugaron como nunca había visto jugar a nadie. Bien es cierto que ocasionalmente alguno de ellos volaba detrás de la pelota (al fin y al cabo, eran ángeles), pero entonces el árbitro (un arcángel) pitaba falta por juego desleal.
El tiempo era espléndido. Brillaba el sol y no hacía nada de viento. El tiempo perfecto para jugar al fútbol.
Desde entonces, nadie volvió a ver al pobre pibito en ningún campo de fútbol terrenal.
Traducción de Isabel Hoffmann López
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